Cuando uno sobrevive a la prensa de su época es que se ha hecho mayor. El efímero diario El Sol, de Madrid, publica el sábado 29 de febrero de 1992 esta nota: “Carlos Díaz, profesor de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid, ha ganado el primer concurso literario sobre Ética Política. El jurado, compuesto por José Luis Alegre Cudos, Javier Sádaba, Rafael Conte, Dámaso Santos e Ignacio Amestoy otorgó las 400.000 pesetas al primer premio, por su alta calidad literaria, al trabajo de Carlos Díaz titulado Logos, elogio y apología de la política como justicia y como pudor. El segundo premio dotado con 100.000 pesetas fue para el ensayo La quiebra de la ética política: corrupción y desconfianza, de Amando de Miguel. Para resaltar la calidad media de los 50 textos presentados, el jurado concedió un tercer premio honorífico, no previsto en las bases, a José Antonio Pérez Tapias por Virtud cívica y apuesta moral de una ciudadanía politizada”.
¡Tantas pesetas, hoy consideradas reales de vellón en nuestros días tras haber quedado reducidas a unos pocos euros, y que al paso que vamos no tendrá el valor de los sestercios!
¡Y un premio sobre la bonhomía sociopolítica y la ética de las virtudes, qué puntazo! La convocatoria rezaba así de solemnemente: “se tratará de un ensayo corto en torno a 20 páginas y hablará de cómo debería ser el comportamiento y rectitud de los políticos españoles resaltando aquellas virtudes que sobresalen en la clase política, y que por su ecuanimidad y honradez, maneras parlamentarias, brillantez y sutileza gozan del grado, admiración y respeto popular”. ¿De qué país estamos hablando, de la Unión Europea de nuestras calendas, de la España de hoy?
Poco queda de aquello en general, pero las secuencias históricas no acontecen por casualidad, sino que van gestándose poco a poco y al final los polvos se convierten en lodos. Por no ensañarme, y sin pretender una lista demasiado exhaustiva, traigo a presencia tan sólo a los grandes “héroes” y maestros europeos cuyos textos arrasaban y aún gozan de cierto predicamento en las universidades de nuestros días: ¿son estos los héroes, los grandes filósofos? Roland Barthes (1915-1980), dependiente de su madre, le ocultó siempre su propia homosexualidad; Louis Althusser (1918-1990) estranguló a su propia esposa; Gilles Deleuze (1925-1995) se suicidó arrojándose por la ventana de su apartamento de París; G. Debord (1931-1994) se pegó un tiro en el corazón después de haber escrito en su autobiografía Panegírico (1989): “entre las pocas cosas que me han gustado y que sé hacer, lo que sin duda he sabido hace mejor es beber. Aunque he leído mucho, he bebido todavía más. He escrito mucho menos que la mayoría de los que escriben, pero he bebido mucho más que la mayoría de los que beben”. Michel Foucault (1926-1984) murió de Sida, pero antes afirmó en un seminario en la Universidad de New York en 1980 que la diferencia entre la antigüedad tardía y el cristianismo temprano es que el patricio pagano pregunta: “dado que yo soy quien soy, ¿a quién me puedo ‘coger’?, y en cambio el cristiano pregunta: “dado que no puedo ‘cogerme’ a nadie, ¿quién soy yo?”(1). Esto era, en suma, el último detritus de la ilustración que todos bebían como si fuera néctar olímpico. Jacques Lacan: “nunca se habló de luz en el siglo de las Luces, ‘¡traiga una lamparita, por favor!”. Perfectus detritus. El título de un libro de mi lacrimógeno alumno Gabriel Albiac, Todos los héroes han muerto lo decía todo. Todos los héroes han muerto menos yo. ¿Dónde ha quedado la ínfula nihilista de una de las vacas sagradas de España, Fernando Savater, cuyo Panfleto contra el todo a terminado en lloriqueo por los amores perdidos?
Obviamente nadie es como le hubiera gustado ser, excepto aquellos que cifran su máximo orgullo en haberse conocido a sí mismos y en enterrarse a sí mismos, lo que me resulta ininteligible es que los que van por la vida de exceso y de tumbo en tumbo presuman de ello con la apostilla “quienes no cambian son tontos de piñón fijo. Es así que yo cambio, luego soy un muchacho excelente”. No niego que cada uno sea cada uno y sus cadaunadas, ni siento irritación especial por el frufrú de sus sábanas aterciopeladas, lo que sí me indigna es que las masas lo aplaudan y canonicen, por la razón sencilla de que ellas, las masas, son las que consumen el puré de los necios convirtiéndolo en leyenda.
El bobo de Coria, pues, somos todos los bobos de Coria que tragamos, cuanto más cerradas las mentes, tanto más abiertas las bocas, junto a la voluntad de no querer aprender. En la obra de Brandt Narrenschift, Nave de los locos (1494), influyente en el Elogio de la locura de Erasmo, un personaje aficionado a la cocina prepara con una mano el puré de los necios, y con la otra sostiene un espejo en el que se recrea mirándose embelesado pensando que “no tiene absolutamente ningún defecto, pues su hacer y su dejar de hacer le gusta en todo momento”(2), más que el rey Jaime: “porque lo mejor que se ha hecho en cien años a esta parte quiso Dios que lo hiciésemos Nos al tomar Mallorca en 1229”, y sobre todo “porque lo mejor que he hecho en toda mi vida ha sido conocerme a mí mismo”. La Nueva Cocina y el “dónde se cómo bien en China” me recuerda al puré de los necios. Frecuentemente se cae en la corrupción del corazón por extravío de la inteligencia, pero más frecuente es caer en el error de la inteligencia por corrupción del estómago.
¿A dónde ir con la “murga” de las virtudes? También Dante fracasaría al denostar como lo hizo a los “cubiertos con plumas de cuero que se jactan de ser blancas ovejas del rebaño de Dios y son los hijos de la impiedad que para dar satisfacción a sus ruindades prostituyen a la madre, expulsan a los hermanos, y finalmente no quieren tener juez”(3). Estoy pensando en el PSOE, claro está, pero también en los papistas de derechas que repiten más o menos de boquilla aquello del papa Bonifacio VIII: “someterse al Romano Pontífice lo declaramos, lo decimos, definimos y pronunciamos como de total necesidad para la salvación de toda humana criatura”(4). Es el sentimiento apotropaico, mágico y dispensador de protección que se salda con unas perrillas votivas encendiendo unas velitas.
Tal como van las cosas, de esta solamente nos salva de la quema San Francisco de Sales, que dijo a un rival: “si me arrancaras un ojo, no dejaría con el otro de mirarte como hermano”. Mohamed Bhar murió por las dentelladas de un perro adiestrado para el combate del ejército israelí. Era un joven con síndrome de Down de 25 años, obeso y con la capacidad intelectual de un niño de dos años, que “amaba la tranquilidad, la música y reía cuando le acariciaban los cabellos”, según ha escrito Louis Imbert, el corresponsal de Le Monde. Cuando el perro le mordió, intentó acariciarle mientras le decía “vete, vete, querido”, su respuesta a los niños que le molestaban, según lo contaba Nabila, su madre, en conversación telefónica con el corresponsal de guerra francés. A pesar de los lamentos del muchacho y de sus heridas, su madre fue obligada a desalojar la casa a empujones y a punta de fusil. El niño se quedó solo, llorando y malherido. Cuando pudo regresar, encontraron el cadáver en descomposición.
1. Critchley, S: El libro de los filósofos muertos. Ed. Taurus, Madrid, 2008, p. 332.
2. Brant, S: Die Narrenschift, Basel, 1494, p. 76.
3. Dante: De la monarquía, libro III
4. Mitre, E: Hipocresía. Vicio y doble moral a través de la Edad Media. Ediciones de la Ergástula, Madrid, 2022, p. 59.