La obligación, el esfuerzo, la meta. El horizonte que, una vez alcanzado, vuelve a expandirse indolente al buen ánimo del caminante. ¿Cuál es el sentido de la vida? Como es bien sabido por los innumerables lectores de todo el mundo, Franz Kafka reflejó esta pregunta, también el tormento que le supuso el ritmo de vida en sociedad y el trabajo repetitivo al que le abocó la necesidad de obtener un salario. Su padre, severo y arrogante con su prole, supuso un tormento constante que impulsó buena parte de la literatura del escritor checo, como es el caso de Carta al padre. El otro leitmotiv de su obra fue el profundo cuestionamiento de los procesos vitales, sobre todo los que están vinculados con la sociedad. Kafka fue ante todo un hombre inteligente atrapado en una naturaleza extraordinariamente sensible y por una salud precaria.
Las observaciones reflexivas de Kafka quedaron manifiestas a lo largo de la amplia obra que, en buena medida, fue publicada post mortem. En 1917, el genio austrohúngaro sufrió un primer brote de tuberculosis. Durante ocho meses se mudó al pueblo de su hermana más querida, Ottla, donde escribió ciento nueve aforismos, de profundo calado existencialista y filosófico. Los Aforismos de Zürau, como los denominó su amigo y confidente Max Brod, acaban de ser publicados en una nueva edición en castellano por Acantilado bajo el más que adecuado título de «Tú eres la tarea». Aforismos.
La tarea, como espina dorsal que agobió al escritor en vida, fue uno de las constantes que se manifiestan en estos aforismos. También la esperanza, la idea de pecado, el sufrimiento y el sentido final de la vida esbozan cada una de esta centena larga de breves piezas, exquisitas en su pulcritud literaria y sumamente animadas por un sincero planteamiento existencial. Aunque el ánimo lacónico prevalece en esta obra, las piezas ofrecen lecturas divergentes dentro de su significado concreto.
Por ejemplo: «Todos los errores humanos son impaciencia, una interrupción anticipada de lo metódico, un aparente cercar con estacas las cosas aparentes». Cada uno de los aforismos, que originalmente fueron escritos en tarjetitas y papeles dispersos, no se escribieron para ser leídos por el gran público. A diferencia de títulos como La metamorfosis, cuya escasa acogida afligió sobremanera al escritor, la idea de estos aforismos era, quizá, poner en orden sus propias ideas. Kafka tenía claro que la tuberculosis acabaría con su vida. Su único consuelo, la literatura, nunca podrían rellenar la ausencia de esta evidente continuidad.
Tanto la edición como el prólogo y los comentarios que acompañan a cada aforismo son piezas del literato y matemático Reiner Stach, quien aplicando el método kafkiano (paciencia, quietud, decisión), dota de un contexto e interpretación sumamente esclarecedores para cada aforismo. A lo largo de este libro los hay más profusos y breves, profundos y livianos. Un caso de cuanto digo es cuando Kafka escribió en uno de ellos que «el bien es en cierto sentido desconsolador». Otros están colmados del brillante sentido del humor del checo: «Su cansancio es el del gladiador después de la lucha, su trabajo fue blanquear un rincón en la oficina de un funcionario». Leer este libro pule la inteligencia y ofrece un deleite despierto, cuando no agitado y en última instancia, luminoso.
Al reeditar esta obra en nuestra lengua, una de las que más amó Kafka, Acantilado ha dotado de una edición de gran calidad, con el cuidado habitual con el que miman los libros que acoge en su catálogo, al Franz Kafka más filosófico, el que nos ofrece una mirada atemporal hacia la profundidad de su visión de las cosas. Cuenta, además, con la traducción del alemán de Luis Fernando Moreno. Les invito a asomarse, la curiosidad despejada, a esta recopilación de enriquecedora lectura.