Seymour T Baumgartner, Sy, protagonista de la última novela de Paul Auster (Newark, Nueva Jersey, 1947), cuyo nombre da título a la obra, es un prestigioso profesor de Filosofía la Universidad de Princeton y autor de un buen número de reconocidos trabajos. En su interior bulle un libro “un proyecto estrafalario, descabellado, nada parecido a lo que ha intentado anteriormente, un discurso entre serio y cómico, casi imaginario, sobre el yo en relación con otros yoes titulado Misterios de la rueda, y quiere dedicarle el mayor tiempo posible porque ahora el tiempo es esencial y no sabe cuánto le queda. No solo cuántos años antes de estirar la pata, sino, más en concreto, cuántos años de vida activa, productiva, antes de que su intelecto o su cuerpo o los dos empiecen a fallarle [...] Ahora los días y los meses pasan con mayor rapidez, y sea cual sea el tiempo que le quede, desaparecerá en un abrir y cerrar de ojos”.
En efecto, Baumgartner es muy consciente de lo que supone el inclemente paso del tiempo y la finitud de la vida, sobre todo en estos momentos, en los que está a punto de jubilarse, y ha traspasado los setenta años. Al comienzo de la novela Baumgartner sufre dos accidentes domésticos: retira sin protección un cacillo donde había hervido unos huevos y se quema la mano, y poco después se cae por las escaleras de bajada al sótano: “Por segunda vez esta mañana, Baumgartner grita de dolor”.
También es muy consciente del azar que, en buena medida, rige la existencia -un azar, recordemos, muy presente en la cosmovisión austeriana-, de que algo imprevisible puede trastocar todo nuestro más o menos tranquilo discurrir. Le ha sucedido a Sy Baumgartner. Nada hacía presagiar que una década antes iba a quedarse viudo. Su esposa, Anna, en una tarde de calor y viento de agosto de 2008, es arrastrada por una ola gigante y mortal. Baumgartner se queda destrozado, pero, ante le insistencia de su psicoterapeuta de si tiene sentido de culpa, le confiesa: “Seguiría viva de no haber vuelto al agua, pero si yo hubiera hecho alguna vez algo como impedirle que se bañara cuando quisiera, entonces no habríamos durado treinta y tantos años juntos”. Anna, cuyo carácter se va perfilando en la novela, era una mujer independiente, poeta y traductora, algunos de cuyos poemas –que su marido descubre y quiere publicar-, y escritos autobiográficos se insertan en la obra.
La sorpresiva muerte de Anna es el centro de Baumgartner, que nos evoca obras sobre el dolor ante la pérdida del ser más querido, por muerte o abandono, o que de una u otra manera abordan el ocaso vital y creador como El año del pensamiento mágico, de Joan Didion; ¡Oh, esto parece el paraíso!, de John Cheever; Una pena en observación, de C. S. Lewis; Elegía, de Philip Roth; El viejo y el mar, de Ernest Hemingway; Lecciones, de Ian McEwan, Qué hacer con estos pedazos, de Piedad Bonnett; Las gratitudes, de Delphine DeVigan; La edad de hierro, de J. M. Coetzze; Retrato del artista adolescente, viejo, de Joseph Heller; y Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, entre otras. Pero, naturalmente, Baumgartner lleva indeleble el sello Auster, desplegado en una de las producciones más brillantes e imprescindibles de las letras, no solo norteamericanas, de finales del siglo XX y siglo XXI.
Baumgartner recuerda a Anna y su convivencia, a veces piensa que no ha muerto y oirá el teclear de su máquina de escribir, y hasta en un sueño cree que le llama por teléfono, y también episodios de cuando era niño y adolescente y de su familia. Aunque nunca olvidará a su esposa, se embarca en otras relaciones, sobre todo con Judith, compañera de trabajo, pues no quiere permanecer petrificado en el ayer. Ha de aceptar que “vivir es sentir dolor, y vivir con miedo al dolor es negarse a vivir”. Esta y otras reflexiones –también sobre la labor creadora, por ejemplo, al señalar que “ciertos acontecimientos imaginarios pueden cambiar a una persona cuando se narran en una obra de ficción”, o “¿qué escritor o artista no vive en ese territorio cambiante entre la autoestima y el desprecio de sí mismo?”-, va desgranando Baumgartner en medio de lo cotidiano. A veces con cierta ironía, como cuando Ed Papadopoulos, el empleado de la compañía de luz que le ayuda cuando se cae por la escalera del sótano, le pregunta para comprobar que no se encuentra desubicado: ¿Dónde estamos?”. Le responde: “¿Dónde? Bueno, pues estamos aquí, desde luego, donde siempre estamos: cada uno encerrado en su aquí desde el nacimiento hasta el día de su muerte”. Junto a guiños metaliterarios –se incluye Los lobos de Stanislav, crónica de un viaje que realizó y contó el propio Auster a Ivano-Frankivski, en Ucrania, atribuido aquí a su personaje-, y en ocasiones fórmulas del gusto del estilo novelesco decimonónico: “prescindiremos de un relato detallado de esos meses”; “nuestro héroe se dirige en busca de ayuda”...
Tras recientes y monumentales títulos: 4 3 2 1 y La llama inmortal de Stephen Crane –ambas en torno a las mil páginas-, ahora Auster, en poco más de doscientas nos ofrece una gran historia crepuscular y crea un maravilloso personaje, con no poco del propio Auster, que hoy se encuentra en una complicada situación. Recientemente, la esposa de Paul Auster, la también escritora Siri Hustvedt, reveló que su marido vivía en “el confuso y traidor terreno de Cancerland”. Baumgartner le dice a su psicoterapeuta: “La vida es peligrosa, Marion, y en cualquier momento nos puede pasar cualquier cosa”. Pese a todo, Baumgartner, que Auster terminó cuando ya estaba enfermo, tiene un final abierto, y, creemos, esperanzado. Ojalá el terrible territorio de Cancerland le dé a Paul Auster por lo menos una tregua.