Málaga asume su expansión internacional tratando de parecerse a capitales mundialmente conocidas, con la promoción de media docena de museos que la han colocado en el centro del turismo enamorado del arte, que suele ser gente que se gasta muchísimo dinero, y que, además, come y bebe muy bien. Que de su aeropuerto despeguen vuelos directos a Nueva York o Doha, ha convertido al malagueño en un ser aún más orgulloso de su ciudad. Pero a mí lo que más me fascina, y que tiene que ver con eso de parecerse cada vez más a una ciudad internacional, es que la capital de la Costa del Sol disponga de dos líneas de metro con la tercera ya en fase de construcción. Para que se entienda correctamente mi pasión, me introduzco en su suburbano a menudo cuando en Madrid o Barcelona los desecho porque me agarro demasiados momentos claustrofóbicos dadas sus obsoletas construcciones, con numerosas escaleras que te inyectan muy adentro de la tierra cuando algunas veces, sus trenes se detienen sin previo aviso dentro de los túneles.
Todo esto que acabo de contarles era sólo para explicarles que hoy, viernes 23 de agosto de 2024, cabalgaba a lomos de los convoyes de la línea 2 de metro cuando una dama de buen ver y vestida con poca ropa –una cosa no quita la otra–, se introdujo en el mismo vagón que en el que yo viajaba. Aunque suene esnob, leía Palabra y objeto, de Quine, aunque debo reconocer que dejé de hacerlo por espacio de cuatro o cinco segundos para alegrarme la vista ante tamaña belleza, asuntos por los que aún no te cobran impuestos o directamente te prohíben hacerlo. Luego seguí con la filosofía.
El vagón, sin ir atestado, sí que no había dejado asiento alguno libre. Acabábamos de salir de la estación de El Perchel, y nos restaban sólo dos paradas más para que el metro terminara su recorrido en Atarazanas para luego comenzar a trasladar pasajeros en sentido contrario. Antes de comenzar con el jaleo, la dama a la que ya hemos tanto halagado como introducido en esta historia real, hizo un extraño aspaviento gritando un claro y rotundo, ¡qué asco!, mientras se pasaba su mano izquierda por su gemelo ídem. Todos nos miramos sin entender bien su reacción.
Y sí, volví a cederle mi mirada, asumiendo que aquello no podía ser nada más que un rozamiento con la puerta del tren o yo qué sé, porque allí nadie había movido un dedo desde que la susodicha accedió a nuestro vagón, que ya era también el suyo. Pero aquel grito sonó extraño. De hecho, pensé que, a lo mejor, en realidad estaba regresando a casa tras una buena juerga: era viernes y la ciudad de Málaga celebra sus fiestas.
Cuando se abrieron las puertas y salimos todos, unos más rápidos que otros en busca de la salida hacia la superficie, la mujer volvió a gritar; y esta vez con más fuerza. Y esta vez iba sola y a mucha velocidad. Detrás, un hombre; a continuación de este, una señora; y luego yo, que seguía –sobre todo durante el trayecto sobre las escaleras mecánicas– leyendo a Quine.
Pero al traspasar la salida a través de esa máquina donde debes pegar tu tarjeta que certifica que no te colaste, esa mujer estaba junto a los miembros de seguridad a los que dijo, voz en grito y señalando al que iba detrás, lo siguiente: “¡Ese hombre me está persiguiendo; me siento acosada!”. A continuación, los de seguridad fueron a por él.
Mientras la tercera en discordia –menos mal que era mujer y adulta– trataba de explicarle a los seguratas que aquella extraña denunciante gritaba mucho y hablaba sola, yo, algo rezagado, ofrecí también mi versión de los hechos: “Yo creo que está loca. Y no se puede acusar así a la gente, y más en los tiempos que corren, para luego seguir tu camino, como si nada”. Porque desapareció. Como la resaca tras dos ibuprofenos.
El hombre acusado era hispanoamericano. Estaba jodido, la verdad. Yo me solidaricé con él. Y tras ascender a la calle, nos despedimos. Y claro, estuve pensando todo el día en lo fácil que puede ser joderle la vida, o al menos unas semanas, a alguien que no conoces de manera aleatoria. Ojalá algún día un buen control antidopaje para las que se creen perseguidas.