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TRIBUNA

¿Nueva normalidad, nuevos valores?

jueves 29 de agosto de 2024, 18:28h

1. No todo lo normal es moral, ni a la inversa. La normalidad o anormalidad estadística ofrece cuatro posibilidades: a) que lo bueno moralmente sea normal sociológicamente b) que lo bueno moralmente sea anormal sociológicamente, c) que lo malo moralmente sea normal sociológicamente, d) que lo malo moralmente sea anormal sociológicamente.

2. Cuando la población discrepa en sus valores, creencias y conductas, hay que dar buenas razones para justificar las propias preferencias; si a defiende lo que b impugna, o a la inversa, hay que dialogar sobre ello. Sin embargo, no faltan quienes afirman no necesitar diálogos, pues se han instalado en la convicción de que ellos son seres modélicos. Fracasada cualquier aspiración universalista razonable, la ley del garrotazo se instaura de este modo como arquetipo de convivencia.

Otros discurren así: soy un hombre normal en mi entorno, luego mi conducta axiológica es razonable, justa y buena. Si los chinos somos mil quinientos millones pero los americanos trescientos, los chinos llevamos cinco veces más razón que los americanos, Esta ética estadística o ley del número se acidifica con vuelos cada vez más totalitarios reduciendo la cantidad a la cualidad, y la cualidad a la nada. A partir de tales presupuestos la brutalidad mayoritaria queda estatuido como el gusto más exquisito.

¿Y si contagio a los demás? Poco se pierde cuando el perdedor contagiado es un perro. ¿Y si no llevo razón? Bueno, pero no me lo diga tan golpeado, pues el último tribunal de la razón soy yo.

  1. Si del resbaloso terreno de la sociología pasamos al de la psicología, a una mente negada para la simpatía emocional le falta, como dijera Ortega, el filósofo chulapo, el rudimento del tercer párpado moral. Al sociópata nada le turba, y si le apuras te dirá que la normalidad está en los genes, conforme al genetismo moral.

Otros, de corte más psicoanalítico, encuentran en la rebeldía frente al padre el origen de toda morigeración sin disformismo. Desnormativizada la cultura “patriarcal”, quien impone las normas es la moralidad femenil sin sujeto, el sujeto-calle. La nueva mujer es dueña y señora de la calle, el sujeto del gozo está en los restaurantes, en las playas, en los gimnasios, en los escaparates, en sacar a pasear al perrito, en los botellones, en las manadas de dioses Manes, en el juicio del gusto pero no en la razón moral pura práctica.

Y, cuando la calle no es suficiente argumento, arrecian las patologías de la subjetividad: las crisis de pánico, la angustia, las neurosis endógenas por miedo a la muerte, los horizontes planos sin sentido, la paranoia social de quienes se sienten perjudicados por todo, pues todo es maligno Mister Covid, excelente caldo de cultivo para los vaciados de vida interior, manipulada por gurús de plástico dueños de las llaves del hedonismo barato con el que todos somos muy muy muy felices.

La gente ignara de sí misma consume yo/y/tú y bate records estadísticos de felicidad en los macroconciertos haciendo “perreo”. Una vez me confesó un colega que llegó a marcar tendencia pese a ser un petimetre, que él era Menschenfresser, devorador de hombres. Y, como la sociedad no está preparada para ninguna identidad narrativa personalista/comunitaria, de ahí la exaltación de la respiración biorrítmica, aunque es cosa bien sabida que quien no piensa bien respira con dificultad, dado que se le atraviesan las ideas sin garantía de ningún nosotros respiratorio.

En estas circunstancias de pérdida de masa antropológica están las personas que comen pegadas al ubicuo teléfono móvil que llama a terceros implorando “sácame de aquí, que me estoy aburriendo en esta cena”. Lo mismo pasa con la gracia barata ritual de las iglesias, la banalidad de las escuelas y de las familias, todo ello sacrificado en el Altar Electrónico de una sociedad que muere comunicada sin tener nada que decir.

  1. En pleno caos político-social, el Estado, haciendo de la ley espada y de la espada ley tras las huellas de Robespierre, resignifica su mensaje: lo normal y lo moral soy yo, el rey sol, y fuera de mi hora solar toda hora es a deshora. Este uso abolicionista de los husos horarios objetivos –donde cada uno de los veinticuatro partidos políticos en que se divide el Parlamento es incapaz de acoplarse al mismo horario- define el uso bananero de la indecencia. El Estado, a lomos de sus elefantes, se cree Anibal, y el precio de la sangre de los mártires aplastados está barato, dame dos.
  2. Falta por determinar cómo es esa nueva normalidad a la que aspiramos. Si no se trata de algo sociológico, ni psicológico, ni biológico, ¿de quién depende la buena praxis? Cuando el asno y la persona comparten normalidad, cuando lo mismo que es normal para el burro lo es también para la persona, ¿será la persona en última determinación un burro y el burro una persona, aunque esta última relinche?

¿O acaso lo normal no existe como punto de partida, sino como heurístico punto de llegada después de haber machacado muchas veces en los mismos clavos sobre el ataúd hasta convertirnos en fabricantes de ataúdes? Ahora bien, si lo normal fuese lo adquirido, ¿cómo explicar las disidencias?

¿O serán las obligaciones a que somos constreñidos por la vida lo que convierte en normal lo anormal, siquiera sea de forma inconsciente?

¿O quizá el común hacer sin saber por qué ni por qué no es lo deseable, liberadas las carnes de los corsés, viento en popa a toda bola?

¿O tal vez cabe esperar de la invisible sabiduría de la especie la eliminación de los menos aptos para la supervivencia?

¿O tendremos que instalarnos en la mentira de la posverdad mientras esperamos que los serafines y querubines vengan a salvarnos, una vez que la mentira ha acampado sobre la faz de la tierra?

¿O se prefiere ahorcar a quien dice la verdad, tan sólo por haberse adelantado a descubrirla antes que nosotros mismos?

¿O resulta preferible aferrarse a la mentira que uno mismo dice haber descubierto, antes que adherirse gozosamente a la verdad o las verdades descubiertas por otros?

Me responden que esté tranquilo, pues ya no vale el tiempo real, sino el virtual. Les digo que estoy dispuesto al encuentro interpersonal, aunque vengan pocos a la charla, pero eso tampoco cuela, pues hay que pagar a los trabajadores, y eso no compensa. Añado que aún puedo llevar yo mismo alguna silla de mi casa, pero tampoco cuela. Que tampoco necesito de micrófono porque conservo un chorro de voz como el de Raphael y que mi plectro canoro no ha disminuido tanto como mi potencia de micción, pero comienzan a empujarme suavecito hacia la puerta de salida. Invito a los cuatro fieles a per/orarles o per/rogarles en mi modesta casa con unas birras, y vienen tres el primer día, dos el segundo, y uno el tercero, que además me reclama algún dinero en compensación por el tiempo perdido en el trayecto, amenazando con irse a otra tertulia mejor pagada luego de haber llamado a la guardia civil.

Harto ya, me echo a la calle presto a gritar mi evangelio en cualquier esquina con el viejo megáfono y el instructivo de Juan el Bautista para predicar en el desierto. Algunos se detienen por la curiosidad, pero pronto, conmovidos por el espectáculo, ponen sus pies en polvorosa echándome antes unos céntimos a la boina. Va a resultar todo un negocio. ¿Qué quieren que les cante, el Only you?

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