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TRIBUNA

La izquierda no cree en las elecciones

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 30 de agosto de 2024, 18:05h

El método de elegir el poder o tomar decisiones mediante el voto es propio del liberalismo político, y para Aristóteles era el método ideal para una sociedad aristocrática. Y aunque la Democracia es otra cosa, más cosas y mayores garantías de los ciudadanos frente al poder, toda Democracia como mínimo debe creer y respaldar ese mismo método de elegir el poder o tomar decisiones mediante el voto ( o el sorteo, ojo ). La izquierda cree en las elecciones no como la forma más ética y civilizada de conseguir el poder, sino sólo como medio y coartada para conquistarlo, y si no lo puede conquistar así hace fraude o derriba de mil maneras lo que en su día instauraron los ciudadanos mediante el voto. La cosa viene de muy lejos. Lo vemos ya en la Revolución Francesa y, sobre todo, de forma harto palmaria en la Revolución Rusa. Así, nos es preciso enfatizar que jamás las amplias masas populares rusas asociaron su futuro histórico con el discurso bolchevique. Lo demostraron palmariamente las elecciones libres a la Asamblea Constituyente, celebradas el 23 de Noviembre de 1917. El 72% de los rusos votaron a los socialistas democráticos, a los liberales ( los llamados kadetes por sus siglas ) y a otros partidos políticos que defendían el camino democrático burgués. Los bolcheviques de Lenin obtuvieron el 22,5% de los votos; sólo uno de cada cinco rusos votó a los bolcheviques. Más o menos el mismo porcentaje que votó a Maduro, sólo que entonces los bolcheviques, como aún no tenían todos los resortes del poder, no pudieron cometer fraude. Pero supieron con la violencia política despreciar la voluntad soberana del pueblo ruso. Así, el 30 de noviembre de 1917, el Consejo de Comisarios del Pueblo aprobó un decreto que declaraba a los kadetes “el partido de los enemigos del pueblo”. De este modo los escaños obtenidos por los liberales en las elecciones de la Asamblea Constituyente, cuyo número era mayor que el de los bolcheviques, y que representaban en gran medida la intelectualidad rusa, quedaron anulados. A mismo tiempo otro decreto clausuró la Prensa, porque “estaba envenenando las mentes y llevando a la confusión la conciencia de clases”. Se cerraron unos 150 periódicos y revistas de la oposición. Como los socialistas democráticos se opusieron a la prohibición del partido liberal y tuvieron el valor de proclamar la liquidación del régimen bolchevique como “la próxima y urgente tarea de la joven democracia”, en la tarde del 6 de enero de 1918 Lenin emitió un decreto para la disolución de la Asamblea Constituyente, acusada de ser incompatible con las tareas de instauración del socialismo. Es lo mismo que decía el amigo Maduro cuando en sus mítines “subvencionados”, arengas demagógicas y criminales, declaraba que no permitiría que ningún resultado electoral pusiera en peligro la Revolución. Y aunque Maduro no tiene el mismo cerebro que Lenin, padece la misma devoción hacia la nueva iglesia – el maestro Agustín García Calvo llamaba a la izquierda “la otra iglesia”-. Y es que la experiencia histórica atestigua, de manera concluyente, que en los países donde se abandonan los principios de la democracia representativa clásica ( Hamilton/Bentham ) en aras de objetivos doctrinarios cuasi-religiosos, las masas populares son inevitablemente rechazadas del ejercicio de cualquier forma de participación en el Gobierno, creándose las condiciones para una concentración del poder estatal en manos de cualquier grupo mesiánico o estrato de personas, fuera del control de la sociedad. Y una vez que en julio de 1918 los socialdemócratas fueron expulsados, con gran ruido propagandístico, del Comité Ejecutivo Central Panruso y de todos los soviets locales, podemos hablar de la instauración de un sistema de partido único en el Estado soviético, porque la representación de otros partidos-comparsa en los sóviets, que se mantuvo hasta 1923 como pura farsa democrática, era extremadamente insignificante y ya no jugaba un papel significativo. Cuando hoy el mundo democrático parece indiferente o muy poco beligerante ante la desfachatez colosal del pucherazo madurista, estamos obligados a preguntarnos si no estamos ya inmersos en Occidente en el proceso leninista que llevó a la instauración de la Unión Soviética. Curiosa y paradójicamente Simón Bolívar creía haber inventado lo que él llamaba “el cuarto poder”, después del legislativo, ejecutivo y judicial (“branches”), en lo que él bautizó como “el poder electoral”, el último poder hoy asesinado después de haberse cargado Nicolás Maduro los otros tres. Bolívar finalmente enterrado por el bolivarismo hodierno de Diosdado Cabello, el único que aporta algo de materia gris al régimen, el intelectual orgánico por antonomasia en la Venezuela construida por Chaves, y que nunca sabremos por qué el amigo Hugo decidió que fuera su sucesor Nicolás y no Diosdado. Dicho esto, la República Romana crucificaba a los soldados que no habían defendido la libertad de los ciudadanos. Si no aceptar la dinámica electoral que pone en el poder la voluntad soberana del pueblo, supone claramente la ruptura del pacto de la modernidad, y nos devuelve al estado de barbarie en que la pura fuerza bruta es el único criterio para obtener el poder, el que nos encontremos hoy a un expresidente del gobierno de España, el sr. Zapatero, que no tiene especialmente cara de hijo de puta ni la tiene pintada de minio, apoyando al tirano Maduro, sencillamente porque es de izquierdas, nos confirma una vez más que la izquierda sigue siendo doctrinaria, que no ha sido domesticada ni civilizada por la democracia, y que el mencionado decreto de Lenin sacando del poder a la Asamblea Constituyente, por no representar ésta los ideales del paraíso socialista, sigue siendo un expediente defendible. Es verdad que también en Democracia la política es siempre hija de la coyuntura histórica, y que nunca permanecen iguales los significados de sus palabras, y que hijas casi del momento nos obligan a una impleción del momento que las explique, pero aunque cambien los contenidos de las palabras, voces siempre de un contexto de muy corta duración, la gran regla de juego de las sociedades abiertas ( gobierno de la mayoría ) debe permanecer. Sin esa regla, además, no existe la política “sensu stricto”, ni puede existir. Es la regla de oro de la memoria colectiva de las sociedades libres. Decía Saint-Just, y tenía razón, que de pueblo a tirano no existe ninguna relación natural, porque el tirano está fuera del contrato social que une entre sí a los ciudadanos. Los hombres hemos recibido de la naturaleza la secreta misión de exterminar la tiranía, y no se puede tiranizar al pueblo impunemente, aunque se tenga la bendición del mamporrero Zapatero, porque todo tirano es un rebelde. La paraínesis de María Corina Machado al mundo es una exhortación a la política civilizada; si el mundo no oye a esta heroína, galardonada con la corona mural de la libertad, y la soslaya, es que el mundo camina hacia el fraude universal de la democracia.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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