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ESCRITO AL RASO

Vuelta al cole... o al kole

David Felipe Arranz
lunes 02 de septiembre de 2024, 19:57h

Después del abanicazo de ferragosto, llega la vuelta al cole. Ya se sabe que los vendedores de material escolar y de libros de texto mutantes y “lomloes” se están frotando las manos todo el verano, aunque las familias anden de prestado vacacional y playero con los bancos (la banca gana). Porque antes los hermanitos heredaban los libros del hermano mayor, ya que el conocimiento básico y fundamental para conocer el funcionamiento del orbe sigue siendo el mismo, y valían de un año para otro. Pero en el lobby feroz del ministerio de Educación hay unos señores que negocian la renovación del temario, las unidades didácticas de moda y la crema de la educación general de los infantes, que depende de la programación de la nueva temporada, como en los grandes almacenes de ropa y otros suvenires. Vean si no la alianza perversa e inveterada de la traumatizante campaña de “la vuelta al cole” entre tiendas y proveedores de cosas y uniformes para la escuela, que no son tantas, pero sí muy caras.

Igual que hay cuesta de enero, la cuesta de septiembre se hace muy empinada: hasta 300 euros de gasto medio –tirando por la bajo– calculan varios indicadores que supone a los sufridos progenitores el desembolso de sus hijos en edad escolar, que se prolonga mentalmente a la programación infantilizada de la radio y televisión, los debates en las Cortes y las conversaciones en la parada del autobús. El niño, en cualquier otro sitio del mundo, hubiera pasado por adulto en este viaje permanente del adulto a la niñez: anteayer en el metro una madre invitó a su niña a que jugara con el teléfono móvil, la nueva droga que calla y otorga inquietudes infantiles. El impulso anhelado de los educadores en el área de conocimiento STEM ya lo dan los pequeños con el enganchón a la IA del smartphone y la OCDE advierte cada año de que vamos de cráneo en matemáticas, que provoca incluso ansiedad entre las alumnas, comentan en el último informe. El Gobierno había anunciado en enero unas medidas de refuerzo en matemáticas y comprensión lectora, con un presupuesto de 500 millones de euros que se ha quedado en 95 porque no se han aprobado los presupuestos de este año, ante la vergüenza de los resultados educativos de España, a la cola de Europa; y mis colegas docentes todavía no han recibido ninguna noticia al respecto, salvo el reventón de los horarios, el escaso tiempo para la calma y la sucesión de materias de dudosa importancia. La tabla de multiplicar está pendiente de la próxima aparición farandulera de Puigdemont, lo cual no está mal teniendo en cuenta que el retroceso en Cataluña recogido por PISA duplica la media estatal.

Atrás quedaron los vendedores a voz en grito de tortas de chocolate, las barcas a pedales, los chanquetes y los pulpos apalizados ensartados en el humeante espeto, los pingüinos hinchables que como tentetiesos se bambolean al ritmo del oleaje. La didáctica de las materias adornan ya las reuniones de esta semana, mientras los padres están deseando perder de vista a los niños, a los que depositan literalmente en el cole como una guardería cuando ya no pueden más, porque no se imaginaban lo que era ser padres, Jacinto, y yo con estos pelos y la cena con los Martínez para cuándo; la vuelta al cole es ese trauma leve, pero decisivo, que sentencia y levanta certificado del difunto verano, pues esa es la señal de que los profesores se han encargado de los críos y podemos disfrutar un poco más del trabajo, del ocio y de los almuerzos. En las tiendas de ropa y papelerías hay que tener mucho cuidado con lo que se compra. Por eso hablan tanto los informativos de versiones y adaptaciones infantiles, la historia de España según quién y cómo descubrí mi sexualidad gracias al cole; porque es importante que sepamos cómo intuir la influencia psicológica de unos y de otros centros en el tierno cacumen de los pequeños. La disputa de todos los días de papás y mamás se agravan más estos días de prisas, gastos, reuniones, tutorías, regresos y sacarle punta al lápiz. Y algún matrimonio que andaba caminando por la cuerda floja se rompió en el camino de las aulas. El inacabable trasponedor de la molicie estival es la docencia, la señal del final que más vivamente impresa ha quedado en las almas. ¡La alegría de la ruptura, con su disgusto liberador y su olor a nuevo! ¡Cuando el cole se convirtió, al fin, en kole!

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