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TRIBUNA

El espíritu, mucho más que una idea hipostasiada (2)

miércoles 04 de septiembre de 2024, 19:40h
Una idea hipostasiada es aquélla que tomamos como objeto conocido por el entendimiento cuando no es más que una idea o pensamiento. Para muchos racionalistas el espíritu es una idea hipostasiada; no hablemos de Dios o el Espíritu Santo...
El mayor escollo para reconocer el valor de una existencia real del espíritu en la confrontación del hombre y el mundo está en la idea misma de confrontación. La tendencia negativa del comportamiento humano desprestigia al espíritu como alentador de las acciones positivas en nuestro desenvolvimiento natural. Si las buenas acciones fueran parte del espíritu -alegan-, las malas lo serían también, lo cual resulta contradictorio.
El espíritu está al servicio del mundo, y nada que sirva al mundo puede tener una voluntad negativa excepto el hombre, que tiene una parte natural, salvaje; no así el espíritu. El espíritu es solo positivo, por ser ajeno a lo animal. Para el espíritu no hay confrontación; sirve y nada más.
Para un científico de la fenomenología, esta metafísica es nadería, debilidad irracional; no se sostiene. Somos sólo racionales; estamos solos. Pero esta debilidad, que nos sensibiliza tanto, parece ser necesaria en el cómputo de voluntades, surge como dialéctica racional. Incluso si solo fuéramos racionales, tendríamos, entonces, una 'razón' espiritual, porque la identificamos... No sé cuántos.
No se adulteraría la voluntad racional por el hecho de darse una voluntad espiritual, ni viceversa, pues lo relativo al comportamiento no puede actuar en lo que es dominio del espíritu, ni al revés. El espíritu no es sancionable; sólo lo son los hechos del comportamiento, como dijo Russell. Se colige que tendríamos una 'zona franca', espiritualmente hablando, en el tejido de nuestra voluntad.
El espíritu y la razón juegan distintas cartas. Ambos dan distintos poderes al hombre sobre la materia; metafísicos el primero, cargados de mayor misterio poético. Todo lo que es ir en contra de la naturaleza es irracional e incompatible con toda espiritualidad, porque es irracional y negativo en sí mismo y para con nosotros mismos. Esto significa que los dominios y respetos están claros.
El ser -la sustancia- queda intacto de toda deformación, ensuciamiento o desgate vital procurado a la materia por el discurrir del tiempo y la experiencia, y debe esta excepcionalidad al espíritu, que carga con todo, que sirve. Cuando alguien que ha sufrido demasiado no es capaz de soportar la vida, no es su ser lo que se ha deteriorado, sino su espíritu y, con él, su voluntad. Su ser será inmutable hasta el final.
Lo que, a mi entender, deja el espíritu al margen de la hipóstasis, es que no es una idea o pensamiento, sino un mecanismo profundo de conocimiento intuitivo y, a la vez, hipersensible a los actos y cosas recreadas con una voluntad trascendente, emocional y lírica, de la cual disponemos porque el espíritu la reconoce: un recurso humano de sublimación conectado a la razón y a los sentidos, en un extremo, y a un misterio, en el otro.
Bertrand Russell se negó a aceptar razones forzadas -tautológicas- que demostraran la existencia de un Ser necesario (Dios). Para Russell lo necesario sólo tendría un valor proposicional. Pero el padre Copleston no defendía la existencia necesaria de Dios mediante una formulación tautológica, sino por el hecho de que existiese realmente un ser contingente -el hombre-, lo que daba cobertura 'lógica' a la existencia del Ser necesario; aunque no exactamente infiriéndolo mediante la lógica formal contemporánea, según dijo.
Otro matemático genial, de los más grandes, Kurt Gödel, había guardado hasta el final de su vida una prueba lógica de la existencia de Dios con estas cuatro proposiciones encadenadas de un razonamiento deductivo: 1) los rasgos positivos son necesariamente positivos; 2) el Ser de Dios es inherentemente positivo; 3) existir es un rasgo positivo; y 4) Dios contiene en sí todos los rasgos positivos. De estas proposiciones Gödel dedujo no sólo que había la posibilidad de que Dios existiera sino que, más allá de esto, concluyó que Dios debía existir.
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