La misión principal de la Fiscalía General del Estado se basa en apoyar al Gobierno y, ahora en concreto, en salvar a Pedro Sánchez de los tejemanejes de su mujer, acusada de presunta corrupción en los negocios y tráfico de influencias. En un escrito dirigido al Tribunal Superior de Justicia de Madrid, la Fiscalía considera que procede la admisión a trámite de la querella puesta por la Abogacía del Estado en nombre del propio presidente al interpretar que el juez Juan Carlos Peinado pudo incurrir en prevaricación al citar a Sánchez como testigo el pasado 30 de julio.
Pero, aunque intente taparlo con la querella al magistrado, Pedro Sánchez ha sido el primer presidente del Gobierno en ser interrogado por un juez en el palacio de La Moncloa. El único, cuya mujer ha sido investigada por cometer presuntamente los delitos de corrupción en los negocios y tráfico de influencias. El único que ha empleado a la Abogacía del Estado para defenderse de su presunta complicidad en esos negocios. Pero no ha sido capaz de demostrar su inocencia. Al más puro estilo totalitario, sólo intenta que el juez sea apartado para que se archive la causa e intentar que se olvide el escándalo que le salpica.
Porque, aunque esté por determinar la legalidad o ilegalidad de los chanchullos de su mujer, al menos hay que admitir que resulta inmoral que Begoña Gómez aproveche su condición de ser la mujer del presidente del Gobierno para reunirse con sus “socios” en La Moncloa, la sede de la Presidencia del Gobierno, y que sus cartas de recomendación fueran esenciales para que el Consejo de Ministros concediera las subvenciones solicitadas por esos empresarios.
Pedro Sánchez, en lugar de dar alguna explicación en el Congreso de los Diputados, ha preferido callar. Y, en un nuevo desprecio a la separación de poderes, ha optado por lanzar la entera artillería del Estado contra el juez que se ha atrevido a investigar a su mujer y a plantarse en La Moncloa para interrogarlo. La querella contra el juez no parece tener recorrido. Pero Sánchez se ha blindado por un tiempo. O eso cree él. Porque, de momento, su maniobra de distracción sólo acrecienta las sospechas sobre las actuaciones de su mujer y sobre su posible complicidad.