Los encantos herméticos de la precisión fascinaban a Beckett. Quizá hasta el punto de emocionarle. Sus pasatiempos favoritos eran el ajedrez y las matemáticas. Endgame hace referencia a la fase final de la partida. Murphy, el héroe de la novela homónima, lleva casi el mismo nombre que el campeón estadounidense Morphy. Fue un talentoso jugador del siglo XIX que enloqueció de misantropía. Acabó su vida en Nueva Orleans, recorriendo murallas imaginarias al servicio del Rey de España.
La atracción de Beckett por la exactitud abarca naturalmente la palabra y la frase. Los caminos absurdos y fatales del arte de escribir le deleitaban. Las versiones francesas de textos escritos directamente en inglés suponían abismos interminables para el autor, convertido en traductor. Reflexiones cargadas de incertidumbres y escrúpulos.
Valoraba mucho el francés, pero chocaba con el majestuoso cartesianismo de una lengua tan sutil como rica. ¿Cómo trasladar al francés la concisión y la sustancia de Lessness? Nunca se sintió plenamente satisfecho ni con Fin de partie ni con Sans. Hasta el último día, se devaneó los sesos para encontrar la solución a estos problemas de geometría casi fractal. El «¡Oh!» de ¡Oh! les beaux jours fue el fruto de días de meditación. El título Krapp' Last Tape se deslizó metafísicamente al francés como La Dernière Bande. Así, la escatología se convirtió en erotismo.
Beckett me escribió cien cartas. La mayoría de ellas con la concisión de lo imprescindible. Sus dedicatorias escritas a pluma contenían lo esencial. Naturalmente, escribía sus cartas a mano. Respondía a vuelta de correo con una caligrafía cada vez más sesgada, hasta casi hundirse en la melancolía horizontal de quien no espera nada. Todo le predisponía a hundirse en su clarividencia.
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« ...el jugador de baloncesto de Las Hurdes es tan alto que todo lo que está en el suelo ¿está lejos?»
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