Luis Emilio Calvo Sotelo ganó el Premio Lope de Vega en 1970 con su obra Proceso a un régimen, y ello se debió a la expresa llamada al Jurado de Doña Carmen Franco y Polo. Debido a esa presión de la familia Franco quedó entonces sin ese galardón la obra presentada por Francisco Nieva, Tórtolas, crepúsculo y telón, que era precisamente la que había propuesto el Jurado, y que había encantado muy especialmente a Vicente Aleixandre y Carlos Bousoño. Años después Tórtolas se publicó y recabó grandes elogios, hasta que se planteó públicamente como lectura escenificada en la sede central de la SGAE, en Madrid, en el año 1997. Es una obra fundamental para conocer la compleja trama de estímulos que nutren el teatro que Nieva designaba como de “farsa y calamidad”. Hoy la mujer o las hijas de Pedro Sánchez no tendrían que llamar al Presidente del Jurado para pedir que se cumplieran sus deseos, porque todas las instituciones del país están ya enhebradas hasta los tuétanos de lacayos sanchistas con doctrina sanchista. Por eso se premia a la mierda dramática que se premia – sin ser la estercolaria Paz de Aristófanes, claro -, una vez hebetados los ciudadanos-súbditos por nuestro infame y represor sistema educativo. Este pueblo de condenados ya no pide justicia ( Buero Vallejo ), sino la juerga social. Un silencio pleno de crepúsculo triste. Aquel gris régimen de Franco no pasó de ser un “toleracato” autoritario y cristianamente castigador. A pesar de sus reconocimientos venecianos, vacíos de globalismo cultural, el hoy premiado, Pedro Almodóvar, imitó al genial Nieva en su artificio carioca, poliparódico, de teatro barroco, del llamado teatro de farsa y calamidad, pero no teniendo ni la cultura ni la imaginación colosal del inmortal valdepeñero que recordamos con tanto cariño, se quedó en la cáscara técnica, y su universo de caracteres planos con muchos grititos se agotó. Otro fraude exitoso del cine, por pertenecer el galardonado a la estructura del agitprop del partido gobernante. Decía el maestro Nieva que el mejor modo de endemoniar el teatro era crear situaciones liminares, llegar a extremos de conflicto sin posible solución racional, que lleven al espectador sensible sumiso hasta las fronteras del embeleco, en donde se forjan los minotauros. Almodóvar imitó esta máquina troqueladora, pero con argumentos carentes de significado, historias de niebla y cerveza. Las representaciones poéticamente alucinadas en Nieva, en el garbancero Almodóvar son groseras salidas de pata de banco, en donde todas las vidas están descarriladas. Venecia se desfelliniza, y si Fellini resucitara abominaría del festival veneciano. En las casas de los poderosos el crimen no está totalmente mal visto. Hay creadores muertos que se mueven y parecen vivos por la sangre que se vampiriza a los ciudadanos en forma de impuestos, muertos vivientes y en activo, que van por ahí fugitivos y haciendo de las suyas. No debieran ustedes ( v. gr. el culto Luis Ventoso lo compara con una máquina que funciona por la fuerza motriz del despecho y del rencor ) dar tanta conversación a un muerto porque lo pueden agotar y, a lo peor, resucitar. La violencia de un muerto no pasa de ser un estertor. Se han dado casos. Si tanto se enamoró de lo que fue, tanto más le puede confundir lo que ahora es. El hecho de considerar el clasicismo grecorromano en todas las artes como “reaccionario” se presta a interpretar a los mancebos dóricos de Delfos como neofascistas actuales. Hoy ya todos somos gente suelta y progresista. Pero, siendo ya progresistas, ¿para qué necesitamos el progreso? Pero en España no hay otro progreso que correr en la calle La Estafeta, sufriendo en esa loca carrera del progreso encontronazos a diestro y siniestro. Como en el Mundo Clásico, los personajes de Nieva son zarandeados despiadadamente por fuerzas transmundanas, y marchan entre atolondrados y obnubilados. Aunque es verdad que algunas propuestas del teatro nievano nos pueden resultar absurdas – aunque la pluma de águila sobrevuela todas las críticas -, la acción dramática va cobrando siempre una misteriosa emoción poética, que nunca es ordinaria y de baja estofa. Nieva, alta literatura siempre, prefiere la síntesis mítica a la escrupulosa y zafia copia de la realidad, y sus obras rematan en tracas grandiosas, a veces con un viento de cenizas frías. La obra dramática es una burbuja en el tiempo, un objeto contenedor de sueños y un caleidoscopio visionario, en la que la tradición artística es la amarra que la hace posible e inteligible en tanto que obra de arte. Sin tradición todo es plagio vano, que diría D´Ors, y rancia modernidad, además. A la obra de arte verdadera se le pueden perdonar todas sus carencias y sus excesos, salvo su falta de intención de ser arte. Es verdad que la educación y el conocimiento entrañan sus riegos, pero el verdadero artista debe pasar por ellos. A menudo el artista supera viejas experiencias traumáticas, a veces muy dolorosas, con el juguete del arte, pero siempre debe tomar cierto distanciamiento y perspectiva para poder representar su propia intimidad. Sólo la forma del auto sacramental puede ser la caja con la que se juegue y se zarandee la ficción de la España negra, pues la España negra sólo es un concepto, como la Culpa, el Engaño, el Deleite, la Envidia o el Desengaño. “¿A qué vienen esos reproches y esa forma de masticar la gramática discursiva?” Es que algunos muestran su genio con pelos eléctricos que les sale de la cabeza. Busquemos todavía lo poco de tierra española que se disimula en este punto del planeta. Estamos pereciendo de tan poquísima patria, y, sin embargo, todavía los hijos de nuestras antiguas colonias vienen a acogerse a nosotros, como a sagrado, perseguidos sin piedad por la peor herencia que España dejó en América. Vivimos sumidos en una ola de tenebrosis. El teatro español es un calavernario, aunque de vez en cuando vuelve Nieva, con la mirada rebelde y aún aprendiz de Rakel Camacho. En su día una altísima grúa en el Teatro de Mérida hacía planear al escarabajo pelotero por encima de los espectadores, casi invisible por la oscuridad. Pero las instituciones públicas están para subvencionar la escuela almodovariana. Una cosa o la otra, que quien todo lo quiere conciliar, lo mismo puede ser un bobo que un sinvergüenza.