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TRIBUNA

Ucrania: la “Independencia” y la guerra por defenderla

miércoles 18 de septiembre de 2024, 19:47h

El pasado día 24 de agosto, Ucrania había celebrado 33 años desde la proclamación de su “Independencia” y lo hizo en plena guerra contra Rusia que está intentando privar al pueblo ucraniano de su legítimo derecho a ser una nación libre e independiente como cualquier otro país en la palestra internacional. La peculiar historia de la independencia ucraniana la conoce poca gente. Y yo, siendo un testigo presencial de cómo estaba sucediendo aquello, quisiera contarlo en este artículo, aprovechando esta fecha conmemorativa.

Ucrania “debe” su Independencia a los dos personajes principales y a los cuatro acontecimientos claves.

Los personajes son: Leonid Kravchuk, el entonces Presidente del Soviet Supremo de Ucrania (Parlamento), que era una de las 15 Repúblicas Soviéticas que formaban (entonces) la URSS, y Boris Yeltsin, el entonces Presidente del Soviet Supremo de la Federación Rusa (otra de las 15 repúblicas, la más importante), siendo en aquel momento el Presidente de la URSS, Mijail Gorbachov, el Jefe Supremo de estos y de los demás líderes de las Repúblicas integrantes de la Unión Soviética.

Los acontecimientos fueron: la intentona del Golpe de Estado contra Gorbachov; la proclamación por parte del Soviet Supremo de Ucrania de la “Independencia” de ésta de la URSS; el referéndum en Ucrania para la confirmación de la “Declaración de la Independencia” (aprobada anteriormente por el Soviet Supremo); la disolución de la URSS como un Estado, efectuada por los tres presidentes, ruso, ucraniano y bielorruso en una reunión trilateral en la ciudad bielorrusa de Visculí.

Pues vamos por partes, respetando la cronología de los acontecimientos.

EL INTENTO DEL GOLPE DE ESTADO.

Se produjo el día 19 de agosto de 1991 por los adversarios del entonces Presidente de la URSS, Mijail Gorbachov, contrarios a sus reformas de la liberalización política en el país destinadas a la descentralización de la gestión económica y administrativa (concertada hasta entonces en las manos del Gobierno central en Moscú), para darles más autonomía a los gobiernos de las Repúblicas que formaban la Unión Soviética en la toma de las decisiones del índole económico, político, social y cultural, que afectaban directamente el funcionamiento de estas administraciones regionales.

Según golpistas, el nuevo sistema que pretendía introducir Gorbachov en la dirección de la URSS estaba llevando peligrosamente a una desintegración del país, construido y forjado durante 74 años por el Partido Comunista de la URSS, a base de una férrea centralización y el control por parte del “Centro” de cualquier posible movimiento “nacionalista” en las Repúblicas que integraban la Unión Soviética. Para ellos, Gorbachov estaba cediendo demasiado a las exigencias de los líderes regionales quienes procuraban obtener mucho más poder en sus “feudos” que el que tenían, en detrimento del poder “central” del Kremlin.

Hay que reconocer que los sublevados tenían cierta razón, porque, finalmente, así lo ha sucedido. Pero no por la culpa de las gestiones de Gorbachov, sino por los efectos de las actuaciones de los propios golpistas, como vamos a ver más adelante.

La fecha del 19 de agosto de 1991 fue elegida por los golpistas no casualmente. Es que para el día 20 del mismo mes estaba prevista la firma de un nuevo “Tratado de la Unión” que Gorbachov había conseguido consensuar con la mayoría de los líderes de las Repúblicas Soviéticas de la URSS.

Fue el resultado de unos cuantos meses de arduas negociaciones entre Gorbachov (el poder “central”) y los líderes “republicanos” (los poderes regionales). Todos tuvieron que ceder en sus exigencias de más poderes posibles para cada parte implicada, hasta que, finalmente, fuera elaborado un acuerdo bien equilibrado referente a la división de poderes entre Kremlin y las Repúblicas. A base de este acuerdo multilateral se estaba constituyendo un “nuevo” Estado, que en lugar de la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) se llamaría la Unión de los Estados Soberanos (UES).

No todas las Repúblicas de la URSS se han unido al Tratado. Sólo 9, las principales, Ucrania incluida. Tres Repúblicas bálticas han rechazado desde el principio cualquier participación en un nuevo Estado “comunitario”, llamase éste como llamase, prefiriendo una independencia total y absoluta de cualquier estructura supranacional. Georgia, Armenia y Moldavia aplazaban su posible participación para otros tiempos, encontrándose estas tres Repúblicas en aquel momento en unos serios conflictos políticos internos.

La clave para los golpistas estaba en la definición “soberanas” que, según ellos, atentaba a la integridad y la soberanía del propio Imperio Soviético heredado del Imperio de los Zares. Por tanto, dando el golpe un día antes, los conspiradores pretendían impedir la firma de este “infame acuerdo” y proteger a la Patria soviética de la destrucción por parte de la “banda reformista de Gorbachov”.

Pero el Golpe había fracasado. Boris Yeltsin, como Presidente de la Federación Rusa, aprovechando su máxima autoridad dentro del territorio que presidía, dado que el núcleo principal golpista se encontraba en Moscú (que era tanto la capital de la URSS como de la Federación Ruso), supo organizar una resistencia civil a los golpistas y convencer a varios jefes militares, que participaban en el Golpe, de deponer las armas y de no manchar sus manos de sangre en el enfrentamiento con los ciudadanos que se manifestaban masivamente contra el Golpe Militar.

El día 22 de agosto las tropas “rebeldes” se marcharon de Moscú a sus cuarteles y los cabecillas del complot fueron detenidos por las unidades de la policía armada “rusa”, bajo las órdenes del Presidente Boris Yeltsin. El Presidente de la URSS, Mijail Gorbachov, que fue rescatado de su cautiverio en la residencia presidencial en el Mar Negro donde fue retenido y aislado por los golpistas, había regresado a Moscú y se volvió a ejercer de Presidente de la URSS.

Pero todo había cambiado. Para los líderes “republicanos” resultó evidente que no debían formar parte de una “nueva unión” (UES), que pretendía constituir Gorbachov, ya que no estarían exentos de un nuevo Golpe de las fuerzas anti-reformistas dentro de la nueva estructura comunitaria. Con lo cual, los jefes regionales empezaron a tomar urgentemente las medidas de “protección” y una de ellas fue la proclamación de la independencia total de las estructuras de la todavía existente URSS.

LA DECLARACIÓN DE LA INDEPENDENCIA DE UCRANIA

Y una de estas repúblicas fue Ucrania, que el día 24 de agosto (dos días después del fracaso del Golpe) en la extraordinaria sesión de su máximo órgano legislativo, el Soviet Supremo, aprobó con una abrumadora mayoría de los votos la “Independencia de Ucrania”. (Que desde entonces se celebra cada año como una fiesta nacional).

El gran promotor de la aprobación de esta histórica declaración fue el entonces Presidente del Soviet Supremo de Ucrania, Leonid Kravchuk, antiguo líder del Partido Comunista de Ucrania (dentro del PCUS), quien, como Boris Yeltsin y otros miembros de la cúpula del PCUS, apostó, en su momento, por las reformas del propio Partido y del país entero, alejándose de la mayoría conservadora “estalinista-leninista”, que se oponía radicalmente a las reformas aperturistas iniciadas por el líder del PCUS, Mijail Gorbachov.

En esta misma sesión del Soviet Supremo fue aprobada una modificación de la Constitución ucraniana, que sustituía el máximo cargo en la estructura del poder – Presidente del Soviet Supremo de Ucrania – por el Presidente de Ucrania, que sería elegido por el sufragio universal en unas elecciones directas y no cómo se elegía al anterior cargo del Presidente del Soviet Supremo, que lo hacía un selecto grupo (450 diputados) de los propios miembros del Soviet.

Kravchuk se presentaría a las elecciones del Presidente de Ucrania – entre otros candidatos (seis en total), que representaban todo el abanico de las corrientes políticas en el país –, fijadas para el 1 de diciembre de 1991, coincidiendo con el “referéndum”, que debería haber confirmado en una consulta política popular la “Declaración de la Independencia”, aprobada por el parlamento el día 24 de agosto.

La idea del “referéndum” pertenecía al mismo Kravchuk, un político hábil y astuto, que era un firme partidario de la separación de Ucrania de la Unión Soviética y de cualquier otra estructura que podría haber sido acordada por las demás Republicas integrantes de la URSS bajo las enormes presiones del Presidente Gorbachov.

El referéndum era un gesto y un truco a la vez. Un gesto para dar a la “Declaración de la Independencia” la máxima legitimidad democrática posible. Por otro lado, el referéndum era una especie de trampa, ya que hasta que no se realizara – todavía faltaban más de dos meses para su celebración – permitía a Kravchuk ir “boicoteando” los nuevos intentos de Gorbachov de reanimar las negociaciones y la firma del “Nuevo Tratado de la Unión”, interrumpidas por la intentona golpista.

Dos meses hasta el referéndum daban a Kravchuk un tiempo muy valioso para maniobrar en las turbias aguas del caos político, producido en el país después de la fracasada intentona golpista, acompañado de la caída en picado del prestigio del propio Gorbachov y de las declaraciones en cadena de la Independencia por parte de otras repúblicas de la URSS. Todo indicaba, y un intuitivo político como Kravchuk lo comprendía claramente, que a la vida de la Unión Soviética se la estaba quedando muy poco tiempo.

Pero la “Declaración de la Independencia”, al día 24 de agosto, sólo fue un documento político sin ningún efecto práctico de momento. Tuvieron que haber sucedido más acontecimientos decisivos para que esta “Independencia” se convirtiera en una realidad.

EL REFERÉNDUM DE KRAVCHUK

Por fin llegó el día 1 de diciembre y se celebró tan esperado referéndum. Su resultado fue abrumador y asombró a muchos. Por el “si” votaron el 90% del 84% del total de ucranianos llamados a las urnas. En algunas regiones, como Galitsia (en el oeste ucraniano), la participación fue del 97% y por la independencia votaron el 99%; en la región de Lugansk-Donbás, con gran porcentaje de los ruso-parlantes, votaron por el “sí” el 84%; en Crimea, con la mayoría de la población “rusa”, la Independencia de Ucrania fue aprobada por más del 54%, y en Savastópol, la base naval de la flota soviética en el Mar Negro, el 57%.

El pueblo ucraniano en su inmensa mayoría, incluidos los ruso-parlantes, han dicho clara y rotundamente que querían vivir en un país fuera de la URSS, en un país libre e independiente. Que querían tomar sus propias decisiones y seguir su propio camino sin presiones e intervenciones de nadie.

Hoy, cuando la guerra en Ucrania contra el agresor ruso que pretende arrebatarla esta independencia va durando ya más de dos años, quisiera recordar, con especial énfasis, estos clamorosos porcentajes de los ucranianos que dijeron “sí” a la separación de la URSS, que desmienten rotundamente las falsedades de la propaganda putinista que asegura que los ucranianos no existen como nación, que son los “mismos” rusos, que la independencia es un invento de los nacionalistas “nazis” ucranianos o emplea otros argumentos-basura por el estilo.

Y, precisamente hoy en día, los más duros combates se están librando en las regiones de Lugansk y Donbás, a las que los rusos putinoides intentan conquistar a toda costa mientras los “rusos” ucranianos, quienes votaron masivamente por la Independencia (el 84%), se están defendiendo heroicamente la integridad territorial de su país contra brutal agresión del vecino ruso.

Cuando al día siguiente de la celebración del referéndum, Kravchuk llamó a Gorbachov para comunicarle el resultado, éste no se lo podía creer. También Yeltsin estaba asombrado con los porcentajes en la zona “rusa”. Con esta legitimidad de las urnas, nadie, ni Gorbachov ni Yeltsin, podía parar a Kravchuk en su empeño de separar a Ucrania de la URSS. Y esta circunstancia cambió totalmente la surte del nuevo “Tratado de la Unión” que Gorbachov y algunos otros líderes de las “Repúblicas” intentaban configurar en sustitución de la ya obsoleta Unión Soviética. Faltó otro acontecimiento, prácticamente decisivo, que abrió el paso definitivo a la Independencia ucraniana.

EL ACUERDO DE BELAVEZHA

Como se estaba previsto, Gorbachov proseguía en su intento de reactivar las negociaciones sobre el nuevo “Tratado de la Unión” con los líderes “republicanos”, quienes estaban dispuestos a firmarlo el día 20 de agosto, antes de la intentona del Golpe de Estado. El presidente de la URSS alegaba a que todas las Repúblicas soviéticas, aunque hubiesen proclamado su Independencia, al mismo tiempo necesitaban estar “unidos” de alguna forma, ya que a lo largo de los 70 años del siglo XX vivían y actuaban en un espacio económico, financiero, social y cultural común. Por lo cual romper todos estos lazos sería perjudicado para todas las Repúblicas y especialmente para sus ciudadanos que tenían familiares e intereses económicos dispersados por todo el territorio de la Unión Soviética.

Los líderes “republicanos” que redactaron el nuevo “Tratado de la Unión” lo comprendían y apoyaban a Gorbachov en su intento de crear un nuevo Estado en las ruinas de la URSS, pero después del frustrado Golpe de Estado querían introducir unos cambios en el texto, anteriormente pactado, a favor de más poderes y potestades para las regiones, con mínimas estructuras coordinadoras a nivel supranacional.

Gorbachov estaba dispuesto a admitir estos cambios. Pero Ucrania ya no estaba dispuesta firmar ningún nuevo acuerdo que la obligaría a coordinar, aunque fuese mínimamente, sus actuaciones y sus políticas “soberanas”. Kravchuk boicoteaba las reuniones que organizaba Gorbachov y hasta no contestaba a sus llamadas directas desde Moscú. Ante tanta “osadía” del Presidente ucraniano cara al “de iure” todavía su máximo jefe en la estructura de la URSS, el Presidente de la URSS se dirigió a Yeltsin para que él, como el Presidente de la Federación Rusa, la más grande y la más importante dentro de la URSS, le ayudara a convencer a Kravchuk de unirse al Tratado.

Tanto Yeltsin como Gorbachov, entendían que sin Ucrania, con su peso económico-industrial, territorial y poblacional, la “nueva Unión” sería un “pato cojo”, desequilibrado políticamente a favor de la parte asiática de la Unión (con 5 repúblicas) en detrimento de la componente europea (3 en total: Rusia, Ucrania y Bielorrusia, que se quedaría en 2). El propio Yeltsin comentaba a Gorbachov que si Ucrania no firmaba el Tratado, la Federación Rusa tampoco lo haría.

Yeltsin prometió a Gorbachov que hablaría “tete-a-tete” con Kravchuk. El Presidente ruso tenía previsto realizar un breve viaje, el 7 de diciembre (1991), a Bielorrusia por invitación de su Presidente, Stanislav Shushkevich, para discutir los temas de las relaciones económicas bilaterales. El viaje coincidía con la estancia en Bielorrusia también del Presidente ucraniano. Yeltsin pidió a Shushkevich que organizara una entrevista con el Presidente Kravchuk para cumplir la promesa dada a Gorbachov de intentar a convencer al líder ucraniano para que se firmara el “Tratado de la Unión”.

Y así fue. La reunión se celebró el día 8 de diciembre, en un pueblecito bielorruso llamado Visculí, una de las residencias de caza de los líderes soviéticos, construida en la época de Nikita Jrushchov en la zona vedada de Belavezhskaya Pushcha (Belavezha), a 350 kilómetros de la capital bielorrusa Minsk. No fue una entrevista sólo entre Yeltsin y Kravchuk, también estaba presente Shushkevich. Yeltsin presentó a Kravchuk la última variante del Tratado, con la introducción de algunos cambios propuestos por otros líderes “republicanos” como consecuencia del fracasado Golpe de Estado, diciendo a Kravchuk que él podía introducir sus propios cambios y que Gorbachov estaría dispuesto de aceptarlos.

Pero el Presidente ucraniano se había negado rotundamente a discutir cualquier cosa relacionada con el “Tratado de Gorbachov”, aludiendo a que después del pronunciamiento del pueblo ucraniano en el referéndum por la Independencia, él, como máxima autoridad en el país, no podía negociar nada que pudiera limitar la soberanía y la independencia de Ucrania, justo lo que pretendía Gorbachov con su nueva reedición de la URSS. Kravchuk, con cierta ironía, se refirió a que la Nueva Unión ahora tenía el mismo nombre (¡qué casualidad!) – “URSS” (Unión de las Repúblicas Soberanas Soviéticas) – al haberse cambiado sólo la denominación “soviéticas” por la de “soberanas”.

Viendo que el Presidente ucraniano estaba rechazando cualquier participación de su país en el Tratado que estaba promoviendo el Presidente de la URSS, Yeltsin ha decidido dar una vuelta maestra al asunto y propuso a Kravchuk una “Unión” tipo confederación entre tres repúblicas eslavas de la URSS: Rusia, Ucrania y Bielorrusia, que no obligaría a ninguna de ellas a someterse a ningún órgano “comunitario” superior, manteniendo solamente unas estructuras de coordinación en temas económicos, políticos, relaciones exteriores y militares.

De esa manera se conservaría el espacio común económico, territorial (sin fronteras y aduanas), social y cultural, muy beneficioso para todos los ciudadanos de esta unión “eslava”. Más aún, Yeltsin ofreció a proponer a las demás Repúblicas soviéticas, las que lo quisieran, unirse a esa Unión trilateral, en condiciones que el trío pactaría entre sí y para los nuevos miembros. Con todo esto se conservaría mucho más el espacio común entre los antiguos integrantes de la URSS, cosa que el Presidente ruso quería mantener para el bien de todos en este radical cambio político que se estaba produciendo en la URSS.

El Presidente bielorruso apoyó enseguida la idea de su homólogo ruso, y el Presidente ucraniano, aunque no con muchas ganas, tuvo que aceptar la propuesta de Yeltsin. Los miembros de los equipos de los tres presidentes durante la noche del 7 a 8 de diciembre redactaron un Acuerdo sobre la fundación de la Comunidad de los Estados Democráticos. Sonaba bien, como la Comunidad Europea. El nombre final adoptado fue la Comunidad de los Estados Independientes (la CEI). El documento tenía 14 capítulos. Y uno de los más importantes para el tema de este artículo fue el de “Respetar la integridad territorial y la no violación de las fronteras de cada Estado soberano”.

Pero el punto crucial del documento final firmado por los tres presidentes, fue el preámbulo que proclamaba: “Nosotros, la República Bielorrusia, la Federación Rusa y Ucrania, como Estados fundadores de la Unión Soviética, firmantes del Acuerdo de 1922, constatamos que la URSS como sujeto de Derecho Internacional y realidad geopolítica ha dejado de existir”.

Este fue una auténtica Acta de Defunción de un Estado soviético a la edad de 69 años. Lo que significaba que todas las Repúblicas, que formaban parte de él, se quedaban libres de sus estructuras, “de iure” y “de facto”. Y entre ellas Ucrania. Con que, a mi juicio, se puede considerar el día 8 de diciembre de 1991 como la fecha de una “verdadera” independencia de Ucrania a todos los efectos jurídicos y, lo que es más importante, también a los efectos “prácticos”.

POST BELOVEZHA

Esto también significaba que Gorbachov se quedaba como el Presidente de un país que ya no existía, lo que produjo su dimisión el día 25 de diciembre, cuando el mundo occidental estaba celebrando la Navidad.

La Independencia de Ucrania fue reconocida por todos los países del mundo. En 1993, la Rusia de Yeltsin firmó un documento que reconocía las fronteras ruso-ucranianas, existentes en aquel momento, como las fronteras oficiales entre los dos países. En 1994, en reconocimiento de la entrega por parte de Ucrania de su arsenal nuclear (el tercer mayor arsenal nuclear del mundo), heredado de la extinta URSS, a la Federación Rusa y la proclamación de Ucrania de un Estado no nuclear, en Budapest fue firmado un Memorándum por tres Estados nucleares: Rusia, Estados Unidos y Gran Bretaña, que proporcionaban a Ucrania garantías de seguridad frente a las amenazas o el uso de fuerza contra su integridad territorial o su independencia política.

Los 28 años más tarde, cuando la Rusia de Putin empezó una brutal guerra contra Ucrania, con el objetivo de liquidarla como Estado y como una nación, hemos visto qué garantías reales – ¡ningunas! – recibió Ucrania por parte de los signatarios de aquel “histórico” memorándum, siendo incluso el agresor Rusia uno de sus garantes. Hoy en día Ucrania está obligada a solas defender su Independencia contra la invasión de un enemigo mucho más poderoso que ella. Y lo está haciendo con un heroísmo asombroso y con un patriotismo envidiable.

La Independencia la merecen no sólo los que la proclaman, sino los que están dispuestos a defenderla con “sangre, sudor y lágrimas”, como lo está haciendo el pueblo ucraniano ante la brutal y despiadada agresión de la Rusia de Putin. Dando un vivo ejemplo a los pueblos que todavía siguen viviendo bajo la esclavitud y la tiranía de su “propios” dictadores.

Con esto termino el breve “historial” de la Independencia que había protagonizado Ucrania. Los lectores que se han interesado por el tema abordado en este artículo podrán encontrar más detalles y la profundidad del análisis en mi libro LA CAÍDA DEL IMPERIO SOVIÉTICO, publicado por la editorial ACTAS, en mayo de 2021.

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