Me río yo de las polémicas competiciones televisivas en prime time. Puedo presumir y presumo de que jamás he visto ni el programa de las hormigas ni el otro ni el antecesor del otro que ponían en un canal de pago. La vida es muy corta para desperdiciarla así.
Nunca he tenido televisión en la habitación. No he visto Gran Hermano ni ningún programa en el que canten o muestren su talento personajes anónimos. No consumo mass media aunque, lo confieso, veo vídeos de un italiano que se ríe raro y de otro tío extrañísimo que hace una especie de serpiente reptando a voces en los bares y en el transporte público. A este último incluso le doy corazones o me gusta o lo que sea; no voy de cultureta ni de snob, solo soy un situacionista algo gamberrete. La extrañeza en la convención social es mi caldo de cultivo, y en la televisión de estos tiempos líquidos ya no hay transgresión ni aprendizaje. El medio me aburre, me atonta y me adormece; más ahora, que el minuto de oro puede ser un cantante de los ochenta haciendo apnea en Honduras o el hermano de no sé qué famoso diciendo que sus padres son mala gente. Para mí la televisión es un monitor, sin más.
Sin embargo, confieso, utilizo el móvil mucho como centro multimedia. El pasado verano, en plenas vacaciones portuguesas mi lector de libros electrónicos dejó de funcionar y me leí un par de ebooks desde la pantalla del móvil. La experiencia fue buena. Estoy terminando la serie argentina El encargado, la cual les recomiendo sin paliativos, y sí, la veo desde la pantalla de mi terminal móvil. Escucho la radio y los podcasts desde el mismo aparatito. Pongo música en el coche desde una de sus aplicaciones y, aquí es donde quería llegar, me dejo acunar por los mejores, por los más notables, gracias al dispositivo y a su legado grabado. Ya en la cama, con los auriculares, escucho un vídeo que me haga descubrir, conocer, aprender algo hasta que caigo dormido. Les cuento:
En esto del internet de las cosas me encontré en la pantalla de la cinta de correr del gimnasio con el programa A fondo, presentado por Joaquín Soler y me hice cinco o seis kilómetros escuchando a Cela hablar de la literatura y de que un cura le había prometido regalarle un jilguero. A partir de ahí me he hecho adicto a ese programa y llevo varios días poniéndome una entrevista para dormir.
Emitido entre 1976 y 1981, A fondo, programa de diálogos en blanco y negro, austero y filmado con dos o tres cámaras nada más, me acuna a la hora de dormir con Victoria Kent clamando todos sus años de compromiso con la justicia social, de cárceles y de que hay que leerse las leyes siempre. Bertolucci me contó de El último tango en París y del cine como controversia y censura. Borges me habló del tiempo y el infinito y de su biblioteca soñada. Dalí me susurró en pleno sueño hipnopómpico sobre la paranoia crítica y la cuarta dimensión, García Márquez me explicó cómo se inventó Macondo, o Josep Plá, que me habló de su vida, obra y forma de ejercer el periodismo que, por lo visto “se puede hacer de muchas maneras”. Una joya. Mejor dicho: todo un tesoro.
Piensen en un programa así hoy en día. Entrevistas a los más notables de nuestro tiempo, entrevistas serias con las que aprender, rigurosas y que dentro de cuarenta o cincuenta años puedan seguir viéndose con admiración. Pues seguramente no lo vería nadie si en otro canal ponen a un perrito haciendo malabares o a un niño de Tomelloso tocar la guitarra. Yo corría a casa a ver El Coche Fantástico con un trozo de pan y chocolate, pero creo que hemos empeorado. Ahora somos así y así seguimos contrayéndonos como sociedad cultural.
También he visto, en la misma aplicación, a Bueno dándome una clase sobre la teoría del cierre categorial, o a García Trevijano explicándome lo que es la democracia o a Escohotado contándome como vendió el piso de sus padres en pleno centro de Madrid por cuatro duros para montar Amnesia en Ibiza.
Conocí en una ocasión a una pareja que me confesó que tenía un audímetro y que cada vez que aparecía lo de las hormigas cambiaban de canal. Yo haría lo mismo quizás con otros programas. Les admito que me puse en contacto en su día con la empresa que los reparte para solicitar uno y me contestaron muy amablemente que no se podían solicitar, que ellos elegían al azar. Quizás así me hubiera obligado a ver más la televisión, así que no hay mal que por bien no venga, ya que me parecería una tortura tener que dedicarle tiempo a ese páramo del aprendizaje, a esa tierra yerma de interés para mí.
A mí déjenme seguir soñando, que aún hay mucho vídeo culturalmente atractivo para que me acune en el tiempo en el que otros, sencillamente, siguen haciendo apnea.