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TRIBUNA

El otoño de los criminales

domingo 22 de septiembre de 2024, 19:52h

Es el tiempo de la luz vibrante y el viento nuevo. En estas latitudes – tras el verano abrasador – el otoño se presenta como una promesa de renovación más que como precursor de un invierno interminable. El frío, aunque intenso, no es duradero y las hojas doradas anuncian el fragor de un nacimiento. El otoño es la promesa que cumplirá la primavera.

Las lluvias, que rompen un manto de nubes y se derraman como una bendición lustral sobre la tierra, enseñan la potencia de los elementos y dejan un acento sutil de redención. Septiembre, se secan los ríos o se lleva las puentes, es el escenario de un cambio de ciclo, el índice de un nuevo inicio.

Nos asalta el otoño alejados del mundo, desde nuestras cápsulas virtuales y su brillo radiante, encadenados al ritmo trepidante del “scroll” de las pantallas, tan alejado de las volutas que traza el humo o de las vivas filigranas de las nubes. La atención cautiva del dogal de una actualidad sin porvenir, no vemos el mundo de la luz y de las sombras, sino el espectáculo homogéneo de las novedades a través de una luz eléctrica y exánime.

Pero están ahí: el ocaso asombroso con la potencia primordial de las tardes de otoño, el tinte que cubre paulatinamente las hojas y la gravedad que las vence, el olor de la tierra agradecida por el agua reciente.

Defender la realidad exige, sin embargo, hundirse hasta el cuello en el espacio insalubre de las pantallas y resistir el hedor pestilente del presente que diseñan impostores y farsantes. Son los inventores del tiempo fantástico e irreal con el que abruman a las multitudes: el tiempo de la catástrofe.

El primer efecto de su soberbia es el ocultamiento del mundo común y nuestro alejamiento del prójimo. Sólo la lucha por la verdad ofrece una vía de salida del orden educativo o del cepo de una información que nos retiene en su indecente paraíso artificial. Sólo la educación real y el afán de perseguir la verdad. No hay otra vía.

Dominar la atención y sostenerla sobre el mundo requiere de disciplina. Requiere de una tensión sostenida que nos lleve a los lugares de la verdad, en páginas escondidas, en imágenes olvidadas, en voces eclipsadas por el cotidiano croar de la charca. Esos lugares son ya hoy prácticamente clandestinos y aproximarnos a sus custodios envuelve un riesgo indudable. Ocultos, unas veces por presión directa, pero otras por una insoportable inflación de sugestiones vanas, esos lugares pueden pasar inadvertidos. A veces es una milagrosa personalidad, la lectura directa de un autor despreciado, la visión sin mediación de un acto de caridad o de defensa, pero otras veces es un rostro capaz de redimir esta humanidad caída, el hallazgo inesperado de una voz inocente en este lupanar cotidiano.

Evitar la caída en el agujero de la desesperación nos exige amarrarnos a la verdad y la realidad, contra la que se ha levantado la mascarada moderna en la que el lobo dulcifica su voz ante la masa. Pero llega también el otoño del criminal y, aunque vendrá el dolor de un invierno más o menos crudo, nos anuncia una magnífica primavera. Su audacia amenazante es un efecto del miedo. Cuanto más alzan la voz más les tiembla, su odio es proporcional a su impotencia. Sus amenazas animan nuestra esperanza.

Nos falta sólo la comunicación, establecer puentes que salven la distancia que nos separa. No somos mayoría, acaso no seamos muchos, pero pocos bastan si pesa en su voz la verdad. Y la verdad es que está hermoso el otoño y bajo el pasto seco palpita ya la semilla del mañana.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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