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TRIBUNA

Argentinos contra argentinos, alguien quiere apostar

jueves 03 de octubre de 2024, 19:50h

Para Aristóteles, la democracia y la política no eran tan solo un paradigma de los Estados ideales en forma abstracta, sino más bien un examen del modo en que las ideas, las leyes, las costumbres y las propiedades se interrelacionan con la realidad para establecer gobiernos distributivos en beneficio de la polis, atribuyendo la titularidad del poder al conjunto de la gente. Una de sus principales obras lleva como título El Estado y analiza su manejo. El propio Aristóteles escribió la “Constitución de Atenas” como parte de su colaboración a la comunidad, obra que estuvo perdida hasta el año 1890, cuando fue recuperada. Los historiadores han encontrado en este valioso texto datos para reconstruir algunas etapas de la historia ateniense, que siguen vigentes y se podrían aplicar en nuestra época. Pero el partidismo en beneficio de un sector que busca excluir a los demás llevó al decepcionado escritor español Azorín a que calificara en el siglo XX a la política como “un juego sucio entre matones”. Otros, más decepcionados, no dejan de expresar que “los pueblos tienen los gobernantes que merecen”.

Dentro de ese clima hostil y deplorable, en medio de una desigualdad social que aterra, transita hoy la empobrecida Argentina, una Argentina que lo tiene todo para brindar bienestar a sus habitantes, y hasta se conjetura que puede ofrecer alimentos a 400 millones de habitantes; sin embargo, lo insólito e inexplicable es que hay poco menos de 50 millones y registra un vergonzoso índice de pobreza que alcanza el 52 por ciento, en medio de una grotesca “grieta”, que no beneficia a nadie y, por el contrario, cada día se profundiza más y perjudica a todos. Y en los últimos meses, como si fuera poco, se impulsa desde el propio Gobierno con burlas y sarcasmos que son indignantes y agravian a la prensa con la ofensa improbable de llamarlos “periodistas ensobrados”.

En ese contexto de ofensas a granel se celebra una cena con 87 cómplices para festejar un recorte a pobres jubilados, que el Presidente califica “como viejos meados”; en tanto que un Ministro, con dudoso apellido, esgrimiendo palabras macabras, que son menos en broma que repudiables por su tono horrible, dispara a quemarropa que se deberían habilitar cámaras de gas para ir eliminando a 2 o 3 millones de jubilados que están demás y desequilibran el presupuesto de la macro economía. A la vez que se niega un justo aumento a los docentes universitarios, llevando cada vez más al filo de un puñal la intolerancia entre poderes, privilegios y desequilibrios, desentendiéndose de la realidad de un país que parece negar perversamente la democracia representativa, y buscar amparo en una cruenta dictadura por la ya pasó y dejó heridas aterradoras en la ciudadanía.

Sin embargo, ni el veto a los aumentos dignos que necesitan los jubilados ni el conflicto con Aerolíneas Argentinas ha tenido tanta repercusión como el ataque a la salud y a la educación pública, con un altísimo riesgo para las estructuras republicanas. Hay que ser muy necio para atacar desde el poder a la universidad pública cuando el costo de las mismas en la ley de financiamiento es solo del 0,14 por ciento del PBI; y en especial porque la educación es un mecanismo de superación social que genera una sociedad mejor. Pruebas a la vista, la gente que fue a la primera marcha se calcula en más de 500 mil personas (una de las más masivas que hubo y abarcó todo el país), y apenas pasados unos meses, se reitera con más o menos la misma cantidad, que llevada al nivel de las encuestas no encuentra a nadie que las cuestione.

El degradante calificativo “casta”, usado por el frenético Presidente Javier Milei, sin ninguna cordura ni respeto por el otro (vale decir, por sus opositores), va cambiando de personajes, no de hábitos y abarca hoy lo más insólito y demencial del manejo del Estado, que, como repite su jefe ha venido para destruirlo desde adentro.

Por supuesto que lo que menos parece importarle a este gobernante es el bienestar social, ya que ni la pobreza ni la extrema indigencia de la gente parecen conmoverlo; tampoco a sus funcionarios que solo ven números fiscales y hacen que actos aberrantes e inconcebibles se sumen cada día a este descontrol que abarca ya a casi todos los ámbitos. Repetimos, parece mentira que en el país de la abundancia (algunos dicen “tocados por el dedo de Dios”) todo se desperdicie, sin tener en cuenta que las naciones evolucionan y crecen cuando hay coincidencias colectivas y políticas de Estado destinadas al bienestar de las mayorías. Aquello de “esto se arregla entre todos o no lo arregla nadie”, está en labios de muchos, pero lejos de ser llevado a la práctica. Y con el agravante de, la división se impulsa desde un Gobierno que hace alarde de prescindir de los intereses comunes y sacrificarlos en aras de números fiscales. Lo demás son frases desilusionantes.

Está a la vista, que el frenético Javier Milei limó las jubilaciones al aumentarlas por debajo de la inflación y, luego, vetó la movilidad que concedió el Congreso, con el sadismo de un festejo posterior a modo de provocación. También desfinanció las coberturas médicas de los jubilados en beneficio de las cuentas públicas. Se sigue diciendo, como excusa que el desequilibrio fue provocado por el kirchnerismo, al incorporar beneficiarios sin aportes. Esto es verdad, pero qué menos se podía, sin concretar esa cobertura. Claro, siempre la culpa la tiene el que se fue, pero no se arregla nada y, lo que es peor, todo se agrava. Lo que más irrita es que el Presidente se saque fotos ataviado con su campera de cuero al firmar el veto y, peor aún, que la difunda, como si esgrimiera el trofeo de una guerra ganada, mostrando un regodeo perverso ante ese acto deplorable que linda con lo patológico.

En declaraciones recientes “el frenético” sostuvo que las jubilaciones volaron, para lo cual las calculó al dólar blue, como si los bienes que necesitaran los pobres ancianos (sobre todo en lo que hace a medicamentos) no se midieran en moneda local. “No les doy nada y además los verdugueo para que aprendan”, se jactó con una risotada detestable. No fue suficiente escarnio, sino que, como señalamos, brindó con sus cómplices en una cena para festejarlo. De inmediato, los despiadados divulgadores digitales, que ya durante la campaña habían mancillado a los ancianos como “viejos meados”, se ensañaron con ellos cuando se movilizaron para protestar, y los rociaron con gas pimienta, hiriendo a una niña e infligiéndoles nuevos comentarios escatológicos y manifestando una inhumana emoción cuando los reprimían.

No fue todo, en un programa radial, el Ministro Sturzenegger deslizó con menos imprudencia que broma que hay 3 millones de jubilados que están de más y se creyó gracioso al agregar que “no vendrían mal las cámaras de gas” para achicar la cifra; al tiempo que otro funcionario estatal le atribuyó carácter punitorio al veto: ¿no se trataba, al fin y al cabo, de la generación que durante años había votado mal? Es decir, que desplazó el eje de la argumentación, y a la restricción vetada como escarmiento para “los viejo meados”. Es sabido que las excusas y reconsideraciones posteriores son como pasar un resaltador a las odiosas palabras del Frenético y sus cómplices.

Ahora bien, quién puede discutir que el kirchnerismo no despilfarró con sus “planes platita” y sumó empleados públicos innecesarios, y que se debían depurar esos planteles desbordados. Por cierto, en más de un caso se había detectado que no iban nunca a trabajar, que le hacían fichar a un compañero y hasta que vivían en otra ciudad. Pero los despidos se produjeron bajo criterios opacos y en el peor momento. Así, la mancillada y humilde gente con veinte o treinta años de antigüedad recibieron la noticia a través un helado correo electrónico el miércoles anterior a Semana Santa, y a las ocho de la noche nada menos. En fin, y para hablar sin tapujos, eran pobres empleados que fueron echados como perros. No medió tampoco en el llamado de “el jefe (como la apodan a la hermana presidencial), una explicación, ni siquiera hubo un telegrama. Solo el tiro de gracia de un e-mail para matar al condenado. La mayoría gente muy calificada en sus quehaceres, y que no eran ñoquis como se les dice.

Para el oficialismo todo está bien y el ataque a quienes defienden democráticamente sus derechos es delito, como lo confiesa la propia Ministra de Seguridad, un personaje que antes de su triunfo electoral el frenético la acusaba de “montonera terrorista” y de asesinar niños poniendo bombas en los colegios. Un colega, decía que “en la Argentina todos tenemos un pasado espantoso y nadie soporta un prontuario”.

Después de sus discursos (con una sala casi vacía en el Congreso y con un acto de campaña en un parque público que no mostró tampoco una gran movilización, poco más de 5 mil personas se calculan) donde El Frenético agitando las manos volvió a gritar “¡Viva la libertad carajo!” Y a despacharse ofensivamente contra “la casta política, la prensa en general (a los que llama “periodismo ensobrado”), sin distinción de medios y siempre con desprecio hacia cualquier opositor, y con la más ofensiva agresión verbal, repleta de groseros descalificativos hacia los sectores más vulnerables.

Como está demostrado, el menosprecio hacia la “justicia social”, es uno de los principales objetivos de un Presidente que no tiene escrúpulos en falsificar números de la economía ni descalificar a quienes están en la vereda de enfrente (verbigracia cuando viajó a una provincia arrasada por los incendios y despachó alegremente que habían sido provocados por 16 terroristas montoneros que ya estaban presos; una mentira insostenible ya que, al parecer había solo un detenido por sospechoso).

Por último, la política financiera de este Gobierno, favorece a un sector privilegiado de la economía, que no suma más del 2 por ciento y el Frenético lo pregona jactándose de su “desprecio” hacia los sectores más populares, e ironizando sobre sus requerimientos más básico. Y hasta con desprecio de la Constitución. En suma, no le falta nada del rechazo para que cada vez más ciudadanos deseen que “le vaya mal a un gobierno que quiere imponer una forma de vivir en el pasado; es decir, todo lo contrapuesto a vivir en el futuro”.

Otra perla fue el elemento digno de destacarse fue el argumento ante las Naciones Unidas con el que el Frenético manifestó su desprecio por los organismos multilaterales, y donde para nada fue una reivindicación del mercado, sino la exaltación de una disparatada soberanía ultranacional, donde anunció que “nos disociamos del Pacto para el Futuro ya que la Argentina quiere tener alas para un desarrollo propio, sin estar sujeta a un peso indebido de decisiones ajenas a nuestras metas”. El Pacto dicho para el Futuro es un acuerdo suscripto por 143 países para promover soluciones a problemas complejos como el cambio climático, las innovaciones tecnológicas, la igualdad de género, el trabajo digno, etcétera; algo que una torpeza gramatical, sorprende por su encubierto nacionalismo. La cuestión, se sabe, no es parte de una intervención estatal, la cuestión es si la intervención es local o foránea. Contradictorio chauvinismo, tan alejado de una concepción liberal, que explica por qué los países más opacos del planeta tampoco quieren abrirse a regulaciones internacional. Pero lo grotesco es que la Argentina votó igual que Corea del Norte, Venezuela, Nicaragua y Rusia. Vale decir que el frenético Presidente se ubicó en la vereda de enfrente de países como los Estados Unidos, Alemania, Uruguay, Israel, Irlanda, España, Australia, Chile, Brasil, Paraguay, Ecuador e Italia y algunos más. Una locura bajo todo punto de vista.

Este contradictorio alineamiento, por demás disparatado expresa, como es obvio, que el oficialismo no se disoció de la ONU, sino de su propia plataforma ideológica, que quizá es peor. Enojosos asuntos que comete todo el tiempo nuestro anarquista liberal, “topo” que desde dentro del propio Estado pretende destruirlo; eso sí, alineado con líderes tan lejanos a Milei (como Vladimir Putin, o tan cercanos como el húngaro Viktor Orbán y Donald Trump, pero acaso con la misma intención que reveló el frenético, cuando deslizó entre bambalinas que Luis Caputo “el mejor Ministro de Economía del mundo y que yo estoy para ayudar a ese monumental amigo, el mejor samaritano, que conozco, dispuesto a sacrificar todo por la Patria”.

Mientras tanto las cosas siguen peor y el número de pobres e indigentes aumenta en el día a día. Muchos analistas, creo que equivocadamente, comparan a Milei con Menem y quizá haya algunos puntos de contacto. Desde un punto de vista conceptual, Menem era completamente distinto a Milei. Menem tenía sobre sus espaldas una tradición política, y una vida militante muy intensa; además de pertenecer al Partido Justicialista, mayoritario en el Congreso. Es probable que se parezcan un poco en la toma de medidas abruptas o disruptivas que no son populares, pero que en algunos casos pasan por populares. Los contextos, en otros (en demasiados casos) por consiguiente difieren casi diametralmente.

En fin, para la mayoría de la gente; es decir, para la numerosa “clase media”, que en muchos casos apenas sobrevive, las cosas van de mal en peor. ¿Es que se puede entender que un gobernante considere mejor producir un dolor en el presente para evitar uno mayor en el futuro y hasta aun si se equivocara en la medida, siempre que actuara de buena fe y con honestidad intelectual? Esto no se compadece con el goce, el disfrute y el regodeo con que se anuncian malas noticias para algún colectivo, mortificando doblemente a quienes van a sufrir la medida. ¿Para qué? Una hipótesis sostiene que la debilidad política del gobierno de Milei requiere una sobreactuación de poder confundiendo en este caso poder con agresividad y violencia. Repito en un Gobierno Militar quizá fuera posible; nunca en la democracia.

Pero la risa burlona que emerge en el rostro del Frenetico en varias de estas ocasiones pareciera surgir espontáneamente de sus emociones (¿o alteraciones?). Como si sintiera placer al humillar a su elegido destinatario violando su dignidad sádicamente. Es probable que Javier Milei fue electo por una parte de los ciudadanos casualmente por su capacidad de humillar a quienes creían responsables de haber humillado antes a esos votantes: los políticos, la “casta” (palabra que aburre) en su decir arrabalero a quienes esos ciudadanos asignaban la responsabilidad del empobrecimiento general tan solo ha cambiado de manos. El horror de la miseria para muchos se agudiza de un modo implacable.

El rictus sádico de su dentrificada risa incontrolable bien pueda no representar su verdadera voluntad, sino responder a cuestiones de índole personal (psiquiátricas) tramitadas a través de antecedentes de una descarga violenta. Problema que de existir está relacionado con lo “egosintónico”, un término psicológico que se refiere a los comportamientos, valores y sentimientos que están en armonía o son aceptables para la propia enfermedad mental, expresión profesional que sintoniza con la necesidad de quienes se sienten humillados por alguien y precisan tal vez transformarse en humillador serial de humilladores.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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