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LETRAS, CEROS Y UNOS

Yo también soy buenista

domingo 06 de octubre de 2024, 19:25h

Sí, soy buenista pero no de esa clase que ustedes creen, sino de los de Gustavo Bueno, que con sus luces y sus sombras afirma que todo lo que existe tiene una base material y que el idealismo o el espiritualismo no son más que invenciones humanas que conviven con nosotros desde la antigüedad. Sí, soy hincha del filósofo más importante de España en los últimos cien años.

Gustavo Bueno ha sido para mi siempre un nombre conocido y reconocido. Mi familia y la suya eran amigos. Tengo su Metafísica presocrática dedicada con cariño a mi abuelo. Mi abuela vio con sus propios ojos como le llenaban con pintura roja los asientos del Land Rover que aparcaba en frente de su domicilio. Era frecuente encontrarles a él y a su señora paseando cerca de donde hoy está el edificio de su fundación. Yo, que a mis doce años ya estaba cerca del metro setenta de altura, me sorprendí mucho cuando el filósofo, a ojo, me dijo que estaba altísimo y que ya medía metro y medio. Así, en mi extrañeza, por muchos años asocié la filosofía con los errores de cálculo, ya que por aquel entonces ya andaba cerca del metro setenta y mucho, y orgulloso de ello. Otra anécdota que contaba mi abuela era que muchas veces iba despeinado porque no tenía tiempo ni para cortarse el pelo. No concebía, por aquel entonces, que eso pudiera ser cierto, pero tampoco que alguien pudiera crear un sistema filosófico complejo como es el del Cierre categorial de quince tomos. Ahí es cuando entiendo lo del pelo.

Luego llegó el librito amarillo del instituto, Qué es la filosofía y un profesor que nos contaba que, ante el dolor de muelas lo mejor era emborrachar la pieza dental con coñac y un Ducados negro; eso sí; de filosofía más bien poco. El librito había que bebérselo a pelo y así, sin explicación, sabía a cazalla. Mi experiencia más cercana a la muerte fue a causa de la filosofía y de la intoxicación a bebida energética y café negro de textura petrolífera que me metí una noche para estudiar lógica. Aprobé, pero sentí que el corazón me salía por la boca. No he vuelto a probar una bebida de ese tipo hasta el día de hoy: Premisa mayor: Si algo me sienta mal, no debería consumirlo. Premisa menor: Sé que el café me sienta mal. Conclusión: No debería consumir café.

Digamos que mi relación con la filosofía siempre ha sido complicada. Ahora de pureta me da por empezar con ella y ya me he metido entre pecho y espalda El mito de la cultura y El sentido de la vida. Allí dice que la literatura y las artes forman parte de procesos materiales y no de inspiración divina o formas de acceso a una realidad trascendental. La literatura se formaría a partir del contexto de quien escribe, y si yo te escribo a lomos de un centauro camino de la galaxia de Estia-Serpímenes, que me acabo de inventar, pues resulta que ese mundo y ese nombre los he dicho porque estaban ya en mi propio contexto y experiencia previa.

Reconozco que estas lecturas están rompiendo mis esquemas platónicos. El mundo ideal de Platón sería metafísicamente inválido. La realidad trascendental solo sería una trasposición de experiencias adquiridas y estas palabras que escribo ahora bajo la dulce melodía de mi hija ensayando con su flauta dulce se hace realidad solo a la vez que lo voy tecleando. Aquello de que también era escritor el que tenía un libro en mente desaparece. No hay un mundo ininteligible ni una realidad dual; sin embargo, y pese a la distancia, Platón era el filósofo que más admiraba Bueno. Por ello sigo leyendo para poder entender por qué.

Todo esto viene a cuento de que han pasado cien años y un mes del nacimiento de Bueno, de que la filosofía ha de introducirse en la enseñanza secundaria de tal forma que proporcione respuestas a los estudiantes de secundaria y no sea mera materia memorística. De que el pensamiento es flexible y variable según los inputs que le introduzcamos en forma de material cultural. De que hay que ponerse frente al espejo y dudar y que eso lo sabe hacer muy bien la filosofía, y que, entre los filósofos hubo uno muy polémico, muy criticado y a la vez muy alabado que, casualmente era amigo de mis abuelos y que, sin él sospecharlo, creo yo, ya de niño me hizo dudar: nunca nadie me había llamado enano de una forma tan sutil a pesar de que siempre he sido el más alto de mi clase y de que cuando hice la comunión algún gracioso de la familia dijo algo así como “¡viva el novio!”. Bueno me hizo dudar, y ahora, que abro por primera vez otra de sus obras cumbre, El animal divino, disfruto sabiendo que volveré a plantearme muchas cosas gracias a ese señor tan peculiar amigo de mis abuelos y solo pienso: ¿qué diría Bueno sobre la inteligencia artificial?

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