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ESCRITO AL RASO

De la Metroteca al Rastro: lo que los cacos se llevaron

David Felipe Arranz
lunes 07 de octubre de 2024, 19:34h

No es la Biblioteca Nacional ni las librerías de ocasión de la cuesta de Moyano, lo que ha salido a la palestra, sino las Metrotecas del Metro de Madrid que algún día había que describir, conocer y redescubrir, y no ha dado tiempo. Porque hace tres meses a alguien se le ocurrió animar a que los pasajeros intercambiaran los libros en pequeños estantes al alcance de la mano, en distintas estaciones, y hoy están todos en El Rastro y Wallapop. La idea era muy sencilla: coger un libro en dichas repisas para dejar otro, pero de lo segundo, nada de nada. Que la cosa está muy achuchada, aunque desde el Gobierno nos digan que la economía está boyante.

El programa de intercambio de la lectura arrancó en mayo en tres estaciones y había llegado a doce más, con los improvisados anaqueles repletos de libros; hoy sus huecos solo lo ocupan algunos diccionarios, revistas viejas y otras vetusteces. Otra idea colaborativa y filantrópica echada a perder, porque si le echan mano a la cartera de uno en el susodicho transporte público en cuanto se descuida, qué no le harán a unas Mujercitas, a una Pepita Jiménez o a una Regenta en la soledad de su banco, esperando recibir el amor y el cariño de unas manos y unos ojos generosos. Porque entre los usos y consumos que todavía disfruta una clase urbana en sus desplazamientos apretados no figura el del intercambio lector, como ocurría en aquellos quioscos en los que nuestros padres intercambiaban novelitas, cuentos y tebeos, tratando siempre de cuidarlos y conservarlos lo mejor posible. La Metroteca, pues, ha sido desvalijada y sus anaqueles desprovistos de los clásicos y modernos, de don Quijote, Fortunata y Jacinta y de Tartarín de Tarascón, que yacen tendidos al sol en los suelos de la Puerta de Toledo los domingos, donde alguien los comprará.

En el Metro de Madrid han dicho que el invento funciona bien, y podría ser si la intención no fuese otra que destinar los ejemplares al mercadillo online y el dominguero, pero parece que la culpa la echan a los pasajeros, que para los responsables de la empresa son “los que tienen que hacer que funcione”. Una de las libreras donantes, Berta de León, que dio dos mil libros al invento, piensa que la ciudadanía española no está preparada para esto, porque la gente no suele ser responsable y se llevan más libros de los que necesitan. Normal, estando el Metro como está, que es el museo imaginario de Darwin, algo selvático y, en todo caso, hasta peligroso dependiendo de los horarios. Porque hace años que ya no se ve a un vigilante por allí, aquellos guardias que iban para funcionarios, máxima aspiración laboral en este país, pero que se quedaron en el Metro porque no les daba la nota. Porque un “segurata” del Metro no es sino un espejismo, un agente fracasado. El ciudadano que baja al Metro como una exhalación, dando trompicones, mientras aspira esa nube de aire caliente y respirado por miles de pulmones, se va transformando en un ser adherido a los vagones y a otros seres (como la sábana se adhiere al cuerpo una noche de agosto), en la España que fracasa y se queda solamente en clase baja, sociológicamente. El Metro es el rompeolas económico, el fracaso del transporte de postín, con el chófer y la limusina, el abrigo de visón y la chica que, en el asiento de atrás, le mete el zapato de tacón al presidente en la entrepierna, porque quiere una alta dirección de baja alcurnia. El Metro nos recuerda que Taylor Swift no pasará por allí, pero que en cualquier momento un chalado nos puede empujar a las vías. Así, el club de la lectura filantrópica de la Metroteca ha sido una utopía breve, como todas las utopías que aquí se quedan en película, salvo la de los políticos. La Metroteca madrileña es el fracaso de la cultura literaria bajo el subsuelo, tan cerca como estamos del Farenheit 451 de Ray Bradbury. Al menos, siempre nos quedarán las gambas con gabardina del finde y los libros “a dos leuros, señora”, tirados por el suelo de la Ribera de Curtidores, a ritmo de organillo. Del suministro import/export de los chorizos y sablistas del Metro de Madrid, claro está.

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