Es propio de los pueblos cobardes, sin honor y con doblez linchar al líder cuya estrella comienza a caer, y que cuando estaba en su cénit mil flabelíferos lacayos lamían sus pies, a fin de que el poder hodierno criminal pueda escapar del cadalso gracias a aquel príncipe, caído en desgracia, que hizo una fechoría menor, utilizándolo como chivo expiatorio. No tiene sombras el sol cuando está en la mayor altura; pero al paso que va declinando crecen; así la servidumbre de un pueblo esclavo gobernado siempre por el crimen persigue con mayor fuerza al que empieza a caer, y, como hija de ánimos cobardes, siempre teme que podrá el viejo poder volver a levantarse.
Hace treinta años, en su columna de El Mundo, Antonio García-Trevijano, antiguo amigo del Rey, con quien rompió por traicionar el mecanismo biológico de la Monarquía, cuyo poder se transfiere de padres a hijos, dijo del Rey lo que ahora todos los medios propalan hasta la náusea, obedientes al poder como buenos españoles. Trevijano entonces ya trató al Rey de mujeriego y codicioso – “si tuviera que elegir entre las dos cosas, preferiría la riqueza a la Corona” – pero lo describía como una pieza más del sistema, su acrotera, bajo la cual se perpetraban los verdaderos horrores del sistema del 78, el Gal, Filesa, Roldán, Gürtel, los ERE, el Proces, Palma Arena, Caja España, Bankia, caso Puyol, caso Sogegable, caso Palau, caso Púnica, etc., etc. etc., etc. Entonces a Trevijano, diciendo la verdad como el caballero que siempre fue, se le expulsó de todos los grandes medios, por extremoso, cuando un espíritu grande mira lo extremo – pequeño campo es el pecho de un corazón ardiente -, y ahora los mismos medios, obedientes lacayos como siempre han sido, pedísecuos mamporreros, lapidan al viejo rey en su debilidad con saña de sirviente cumplidor.
Más reyes hizo malos la adulación que la malicia. El comportamiento incorrecto que tuvo el rey Don Juan Carlos I en su vida conyugal es una auténtica bobada – no para su familia, claro - en comparación de los centenares de crímenes que ha cometido y sigue cometiendo con frenesí la oligarquía política que se ha apoderado del Estado, desde 1978, representada principalmente por el PSOE, PP, PNV y el nacionalismo catalán, que roban y prevarican a España sin ningún freno. Es un hecho que muchos príncipes supieron gobernar sus estados; pocos sus casas. Siempre ha resultado en las monarquías que todos los vicios de los cortesanos se atribuyen al Rey, lo cual es injusto. Todos nuestros partidos, todos, son leninistas, en donde reina el centralismo democrático más imperial. Que el horror del Régimen se quiera adumbrar con los picos pardos del viejo Rey supone un desprecio más a la ya muy escasa inteligencia, sin duda, del pueblo español, un pueblo sin duda bellaco para aguantar sin mirada recelosa al poder, sus amos, toda esta infamia. Ni un solo político hoy se levanta para decir la verdad, y analizar el caso del anciano Rey, en el contexto del régimen y en la relación proporcionada que se debe establecer entre un comportamiento incorrecto del rey y el comportamiento criminal sistemático de los políticos que se salvan de la cárcel sólo por una amnistía ad hoc, como ocurre con el nauseabundo Griñán y otros nababes socialistas y peperos.
El político que se levantase entre los demás para hacer esa tarea por honor, pondría en peligro por completo su carrera. El celo de un político por el honor público acusa el deshonor de los demás; su moral descubriría la mierda moral de la casta política. La partidocracia no temía los vicios de Don Juan Carlos, porque lo hacía esclavo; la posible virtud de su hijo Don Felipe sí, porque la puede desnudar cuando transgreda las leyes, el decoro y la verdad. Sobre las piedras de las leyes, no del interés criminal, se funda la verdadera política de la libertad. Suave le parece al pueblo la ley a la que obedece el mismo autor de ella. Ahora los amos tienen la desaprensión de vestirse de la virtud para ejercitar mejor su malicia constitutiva. Cometer los vicios es fragilidad; pero que los malvados disimulen virtudes públicas ya es la leche. El vasallaje al Rey actual sólo puede justificarse si al fin entiende que no nacen los ciudadanos para el rey, sino el rey para los ciudadanos ordinarios. Y no merece el Rey la corona si no fuera también escudo de los vasallos que sufrimos la ignominia y el desprecio de todo el poder político incrustado en los mismos tuétanos del Estado, tranquilos con la flema de saber que éste ha convertido los tribunales en bosques de forajidos.
Felipe VI es rey porque es hijo de Juan Carlos I, y como hijo y como rey se le exige la defensa de su padre en todo aquello que entendemos como superchería y maloliente exceso de fariseísmo. Si cumple esta exigencia tendrá problemas con la mafia política, pero ganará para siempre el respeto de su pueblo, que lo podrá necesitar si esta “democracia” putrefacta muere un día. Si Felipe VI no se opone a la bárbara algarabía y este obsceno linchamiento de su padre, el rey don Juan Carlos I, seguirá entonces la tradición de su propio padre de traicionar también a su padre, y en ese caso será merecedor de que su hija, la princesa Leonor, lo traicione también a él, siguiendo así el ya muy marcado ejemplo familiar, toda una herencia política y moral. Y toda la entera monarquía carecerá del más mínimo sentido, incluso para un pueblo que, como el nuestro, está acostumbrado a ser gobernado sin sentido común. Si Felipe VI no es el propugnáculo de su padre acortará la vida de esta monarquía. No sufre mancha alguna lo precioso de la púrpura real. Los errores de los que ya fueron advierten a los que son.
Por otro lado, el propio sistema político debería defender al Rey y no convertirlo en chivo expiatorio, pues que éste, al fin y al cabo, como golfo de perfil menor, lo simboliza aminorando su horror. Como en el cuerpo humano, así en el del Reino está en todo él y en cada una de sus partes entera el alma de la majestad. Desgraciadamente el honor ha estado siempre en la opinión ajena, y hoy esa opinión la fabrican los medios de comunicación de espaldas a la verdad y asalariados del poder. Pero el honor de los súbditos con cualquier cosa se mancha; el de los reyes corre unido con el beneficio público, y desde este punto de vista Juan Carlos I ha sido uno de los grandes reyes de España. En definitiva, Señor, toda la ciencia política consiste en saber conocer los temporales y valerse de ellos; porque a veces más presto conduce al puerto la tempestad que la bonanza. Un rey malo puede ser corregido de muchos ministros buenos; pero nunca muchos ministros malos de un príncipe bueno.