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TRIBUNA

Wu wei y política

jueves 17 de octubre de 2024, 20:02h

No hace mucho tiempo el maduro filósofo y pensador José Luis Rodríguez Zapatero, convertido poco menos que en un Francis Fukuyama español, propuso una especie de fin de la historia al que denominó enfáticamente “diálogo de civilizaciones”, gracias al cual la historia de los enfrentamientos entre las culturas de los hemisferios tocaría a su fin, y de este modo la razón profética se convertiría en razón dialógica liderada por el Partido Socialista Obrero Español. Semejante postulación, sin embargo, no hacía sino mostrar su colosal desconocimiento del mundo oriental, donde las cosas se solucionan por sí solas conforme al laissez faire, laissez passer, le monde va de lui même.

Según el Tao, la vida no es problemática, se acabaron las preocupaciones y las contradicciones antagónicas. Ni mucho menos absurda, la existencia es dinamismo con una energía subyacente; los problemas le vienen al ser humano por dar valor absoluto a lo que no es la vida, sobre todo a las palabras y a los conceptos: “el propósito de las palabras es trasmitir ideas. Cuando las ideas se han comprendido, las palabras se olvidan. ¿Dónde puedo encontrar un hombre que haya olvidado las palabras? Con ese me gustaría hablar”(1). Es la posición taoísta.

En efecto, la filosofía taoísta concibe la vida como algo que debemos realizar sin intelectualizar. Como en el liberalismo de Adam Smith, la vida misma se autorregula, no hay que ordenarla, ella sola se rehace y supera de sus supuestas crisis, pues las contradicciones son aparentes y se resuelven intrínsecamente en una realidad superior, el Tao, en el cual no hay mal que por bien no venga. La naturaleza del Camino que rige a la naturaleza todo lo pone en orden, no hay que ir al psiquiatra, que con su intervención sobre el paciente desvía el orden del ser, incluso cuando el psiquiatra es partidario de su propia no intervención.

El oriental no pierde mucho tiempo en pensar, se entrega al vivir, a la inocencia de lo real predicada por Nietzsche desde otro ángulo. De todos modos, vivir sin intelectualizar para de este modo descubrir la armonía cósmica ¿acaso no es ya una forma de intelectualizar, a la que se añade una enorme fe en la bondad de lo existente? Por lo demás, ¿es seguro que el chino es más realista y menos idealista que el occidental?

En la perspectiva xinológica del cosmos el hombre no es el rey de la creación ni la mujer la reina, ya que no existe una separación entre un orden humano y otro no humano, sea celeste, natural o animal. Cada elemento del sistema sólo puede realizarse si no se aísla y encuentra las raíces comunes que le unen a lo que es No-yo. Este panteísmo humaniza a la naturaleza y naturaliza al hombre, línea esta que se encuentra presente en las filosofías y en las terapias transpersonales, las cuales parecen querer hacer un psicoanálisis a la naturaleza entera para dar con la pieza desajustada en el hombre necesitado de cura.

El taoísmo es, pues, una auténtica Crítica de la razón pura kantiana, una dialéctica trascendental según la cual la verdad no se puede buscar como un objeto fuera de uno mismo, sino descubriéndola cuando hayamos sido capaces de eliminar todo el andamiaje conceptual que habíamos montado para explicarla. O sea, una aptitud metacognitiva, e incluso metapolítica, pues el fundamento de la política tiene que ser no-político. Fundar una política en algo que sólo tuviera elementos políticos sería no haber llegado a un verdadero fundamento. Todo gobernante y cada pueblo deberían tener la capacidad de criticar y revisar continuamente sus esquemas teóricos y práxicos, ya que –como decíamos- hay en el taoísmo una realidad invisible que rige el cosmos de forma inerrante.

Dicho de otro modo, la No-Acción puede ser acción unas veces, no acción otras; al modo de la dialéctica hegeliana, el ser y el no ser resultan indisolubles y la contradicción es la regla de lo verdadero en última determinación. La verdadera No-Acción implica un equilibrio entre tolerancia y control, pero no siempre en partes iguales, ya que en una situación concreta puede tratarse de una tolerancia máxima y en otras de un control máximo. Reconozcamos que la cosa no es nada fácil, y que los gobiernos de los países chinos no tienen en absoluto aspecto de flexibilidad, sino más bien de imperialismo y ultranacionalismo fóbico.

De este modo, el gobernante taoísta no pertenecerá a ningún partido, a veces será liberal y otras veces conservador, siendo su papel el mantenimiento de la armonía social. No hay formulas gubernativas fijas, es necesario descubrir cómo lograr el No-ser oculto en el ser para alcanzar una política armónica y sabia. Sin embargo, si tal situación se diera en Occidente, merecería el desprecio del político denostado como chaquetero o tránsfuga.

Claro que el taoísta redargüirá no sin razón que los amantes del “progreso” ilustrado a través de la utopía científica racional y de todo tipo de ideologías no podrán aceptar esta filosofía taoísta y seguirán pensando que no hace falta ningún Tao para construir un mundo cada vez mejor y más feliz. Pero, de momento, y basados en la propia experiencia de la humanidad, no está nada claro que desde los tiempos del Tao Te Ching hayamos progresado mucho en el camino de esta felicidad ni de este Paraíso en la Tierra, como lo propusieron el marxismo o el positivismo.

Quizá en la jungla complicada y difícil de la vida socio-política actual, el taoísmo podría parecer superficial, simplista, y hasta una estupidez, a lo que el Tao Te Ching responde: “el hombre ruin oye el Tao y se ríe ruidosamente de él. Si no se riera, no podría ser el Tao”(2). Pues “constituye una señal de la grandeza de un verdadero ser humano el nunca reírse de nadie con desprecio. Quien así lo hace no ha entendido que se está riendo de sí mismo, porque lo que él llama otro no es más que la cara oculta de su propio sí mismo. Para el gobernante, que debería ser el modelo de quien piensa en profundidad, el camino del Tao es saber criticarse a sí mismo continuamente sin confundir el camino con las señales, a veces equívocas y confusas, en el camino de la Verdad”(3).

Tengo la suerte de haber intercambiado correspondencia con el ayer sacerdote católico y hoy taoísta José Ramón Álvarez, cuya traducción del Tao Te Ching es para mí la mejor de las múltiples realizadas hasta el presente. Como ha podido entender el lector por mis apostillas críticas, no estoy de acuerdo con sus posiciones, pero sin ellas el Occidente perdería mucho de su valor aún por descubrir y desarrollar, envuelto como lo está en una loca carrera de sinrazones a las que presenta como constructivas y futuradoras en medio de un ecocidio y un nuclearismo irreversibles llevados adelante por gobernantes descerebrados cuyos nombres ni siquiera merece la pena ser escritos por no ensuciar la página.

1.Tao Te Ching. Ediciones Catay, Taiwan, 2016, cap. 27, 11.

2. Tao Te Ching. Ediciones Catay, Taiwan, 2016, cap.41.

3. Álvarez, J-R: La no-acción taoísta. In “Encuentros en Catay”, nº 37, 2024, pp. , pp. 47-56.

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