www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Pepinos y reciclaje

viernes 18 de octubre de 2024, 19:52h

Debo reconocer que la cosa comenzó mal, ya que la noche anterior me invitaron a cenar –de esas cenas copiosas que a estas edades no se entienden–, cuando para rebajar la ingesta –así me dijo mi contrincante– debíamos pimplarnos un gintonic. No sé los años que hacía que no cedía ante semejante copazo. Yo, que si bebo, sólo engullo cervezas y de vez en cuando, además de vino tinto si el momento lo merece, decidí doblar la rodilla, porque como iba invitado y se puso muy pesado acabé pidiendo uno, de no sé ni cuál marca, con tónica.

De pronto me trajeron, literalmente, una ensalada de pepino con algo del cóctel solicitado. Sé que esta broma lleva años siendo tratada por España a través de su población alcohólica. De hecho, ya ha quedado hasta obsoleta. Pero Bali, aquella isla paradisíaca que os creéis que sigue siendo el no va más, todavía va por aquí si hablamos de ginebras con tónicas. Y eso, que la copa era comestible.

Años atrás –hace más de una década–, estaba con mi amigo Jaime en alguna ciudad secundaria cerca de Shanghai –me suena Wenzhou–, cuando en una discoteca –qué tiempos aquellos– el gintonic traía dentro, y no exagero, dos metros y medio de una tira de pepino enroscada, que desenroscada y como les decía, parecía la lengua de un camaleón gigante. De aquella no reíamos; de la de ayer, ya no tanto.

Hoy me vine a Amed, una zona de Bali lejos del bullicio turístico, con playa de arena y piedras negras bajo un inmenso volcán, cuando al ver que mi habitación de hotel aún no estaba preparada, y por eso de hacer tiempo, me fui a dar un masaje justo en frente. Recalco que en uno de esos masajes tremendamente modernos donde las masajistas van vestidas con uniforme, copadas por flores de frangipani, y el servicio se da al aire libre, con varias fuentes entregando agua a nuestros oídos mediante un sonido que lo mismo te hace dormir que despertarte pensando que estás en casa y te has dejado el grifo abierto.

El masaje fue digno. Tanto fue así que debí quedarme dormido –tras dos horas de conducción desde Denpasar a Amed gracias a una motocicleta, lo cual también cansa–. Pero cuando me di la vuelta para que terminara de embadurnarme en aceite, la señorita me puso sobre los ojos una toallita húmeda, por eso de no ver nada y sólo imaginarlo, no sin antes haber posado sobre mis cuencas dos rodajas de pepino. Pepino, cómo si no. Le pregunté que a qué se debía tamaño detalle vegetariano, por mera curiosidad, y ella me dijo que no sólo era bueno para el cutis, sino que relajaba y hasta sus secreciones convenían a mis ojos. Tantos años con gafas y ahora resulta que mi preceguera podría haber menguado endiñándome jugo de pepino sobre mis ojos color miel cada mañana.

Todavía despierto, e imaginándome por dónde iba la moza rozando mis músculos, caí en la cuenta de que, en realidad, para un hombre de cincuenta años, y si es cierta la leyenda esa del pepino y sus poderes, habría sido mejor que, analizando la menor curvatura de mi erección –el tiempo acaba deteriorándolo todo–, me lo hubiera puesto a modo de pañoleta rodeando mi glande. Pero claro, romper el fuego con esa petición habría sido harto complejo. Y bueno, que volví a quedarme dormido hasta que me tocó el hombro y me dijo, tras retirar la toallita y las dos rodajas de pepino, que todo había acabado.

Los que conozcan este tipo de negocios sabrán que antes de pagar, te sientan en una salita perfectamente equipada y acondicionada donde te traen un sugerente té o un vasito de agua saborizada mientras te preguntan si en efectivo o con tarjeta. Juro que frente a mí una señora con exceso de peso, europea –sospecho–, acababa de pagar, cuando al ir a hacerlo yo vi que el refrigerio consistía en un vaso de diseño relleno de agua y… ¡dos rodajitas de pepino! ¡Dios! ¡De nuevo!

Esta vez ni pregunté. Pero justo cuando iba a beberme semejante brebaje imaginé que otro de los problemas de este siglo –el reciclaje– estaba a punto de meter en mi cuerpo a través de mi sediento gaznate las patas de gallo de la señora que acababa de irse. Lo imaginé: sí. Rotundamente. Supuse, por experiencia propia años atrás en el mundo de la hostelería, una pizarra entre bambalinas donde las muchachas aprenden a mejorar la cuenta de resultados de la empresa: tras retirar las rodajas de pepino de los clientes volver a colocarlas dentro del agua para hidratarlas; ese agua valdrá luego con un chorrito de lima y unos cubos de hielo como detalle para el cliente antes de que se vaya y mientras abona su cuenta.

Al salir, sediento, busqué un supermercado donde adquirir una botella de litro y medio de agua, la cual me bebí en dos segundos. Que tanto pepino ya era demasiado sospechoso.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (12)    No(1)

+
3 comentarios