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Memorias

Manuel Gutiérrez Aragón: Vida y maravillas

domingo 20 de octubre de 2024, 19:07h
Manuel Gutiérrez Aragón: Vida y maravillas

Anagrama. Barcelona, 2024. 360 páginas. 20, 90 €. Libro electrónico: 11, 99 €.

Por Carmen R. Santos

Un sugerente collage de la diseñadora gráfica Eva Mutter en la portada de Vida y maravillas nos invita a sumergirnos en las memorias de Manuel Gutiérrez Aragón (Torrelavega, Cantabria, 1942). Quien es uno de los directores de cine más relevantes de la cinematografía española, vuelve la vista atrás, repasa su trayectoria vital y profesional, remontándose a su infancia. La de un niño enfermizo, a quien todos miman: “Imagínense ustedes un niño tendido en una cama, rodeado de la atención de familiares, visitantes y sirvientas. El niño tiene una mancha en el pulmón y necesita cuidados”. El pequeño, en “esa isla de natillas y penicilina que es su cama de enfermo”, vivió experiencias y sobre todo, través de los libros y las historias que le contaban, aprendió a fabular, descubrió el poder de la ficción.

Su afición a la lectura continuó y de adolescente visita asiduamente la Biblioteca Municipal de Torrelavega, donde a veces no era fácil conseguir el libro buscado, especialmente los de Unamuno y Baroja: “El ayudante de bibliotecario desconfiaba de tu capacidad, de tus intenciones, de si estabas moralmente preparado”. Pero, finalmente, logra hacerse con un ejemplar de la novela barojiana Camino de perfección, que fue decisiva para él: “No solo tuve acceso a la literatura, sino a más cosas. Se me abrió el mundo y, además, gocé de las imágenes escritas, de la voz de los diálogos”. Y confiesa: “¿Sentí el sabor y el gusto de la narración? Sí, pero algo más. Algo parecido a cuando descubrí que uno mismo se podía producir el placer del sexo”. Y, junto a Baroja, Unamuno y Azorín, una tríada, cuyos personajes de sus novelas de iniciación, señala, “constituyen mi propio aprendizaje, claro está, pero tanto por la admiración literaria que me producían como por mi rechazo de sus débiles protagonistas, a los que no quería parecerme de ninguna manera”.

Y con esa divisa comienza su andadura, que cuenta en detalle. Se traslada a Madrid y se matricula en la Escuela de Cine. Allí tiene como profesores, entre otros, a Carlos Saura, Basilio Martín Patiño, Luis García Berlanga y José Luis Borau, con quien tiempo después colaboraría en el guion de Furtivos, al igual que lo haría con otros directores como Jaime Camino en Las largas vacaciones del 36, y con José Luis García Sánchez en Las truchas. Milita en el Partido Comunista, que después abandonaría al ser este legalizado, y entra en contacto con Juan Antonio Bardem, frecuentando asimismo a otros cineastas, críticos escritores y directores de escena como, entre otros, Vicente Aranda, Fernando Fernán Gómez, Juan Marsé, Camilo José Cela, Adolfo Marsillach, Chicho Sánchez Ferlosio, Jaime Gil de Biedma y Rafael Azcona que colaboró con él en alguna ocasión como guionista.

Sobre todos ellos emite una opinión sin cortapisas, igual que ocurre con actores y actrices (José Luis López Vázquez, Ángela Molina, Juan Luis Gallardo, Ana Belén…) y con políticos: Felipe González, José María Aznar, Mariano Rajoy. Pedro Sánchez…, a los que caracteriza como si fueran actores. Por ejemplo, sobre Pedro Sánchez afirma: “Es un actor versátil. Más versátil que actor. Es guapo, pero misteriosamente no es fotogénico; la cámara es como un aparato de radiología que atraviesa el cuerpo y retrata algo más que los atributos físicos. Pedro Sánchez es, como mucho, un actor secundario de telenovela venezolana”.

Porque Manuel Gutiérrez Aragón en sus memorias, donde, naturalmente se refiere también a la época en que se desarrolla cada una de las etapas de su vida, demuestra que es un espíritu libre que no se ciñe a consignas. Recuerda que sus camaradas de la redacción de Nuestro Cine consideraban a John Ford “la esencia del mal, un destilado del machismo y de la glorificación militarista propia de la agresividad norteamericana”. Sin embargo, comenta: “Bueno, seguramente es verdad, pero me sigue gustando Ford y sus películas nunca parecen envejecer. ¿Se puede juzgar hoy la Ilíada como un canto al expansionismo griego?”.

En 2008, tras rodar Todos estamos invitados, decide apartarse del cine, en el que tiene en su haber importantes filmes como La mitad del cielo, Demonios en el jardín, La noche más hermosa y Maravillas, entre otros títulos. Según explica, han variado mucho las cosas: “Me di cuenta de que cualquier proyecto […] tendría que pasar por el filtro de las televisiones, que eran quienes pagaban el producto. […] Había que negociar el contenido del guion, el reparto de actores y casi todo lo demás durante largo tiempo. Variaban, de pronto, sus propios criterios, no se podía estar seguro ni de lo que querían. Yo no tendría paciencia”.

Empieza entonces una carrera como novelista, que se inicia con buen pie, pues su primera novela La vida antes de marzo, se alza con el Premio Herralde. A esta le siguen: Gloria mía, Cuando el frío llegue al corazón, El ojo del cielo y Rodaje, junto al libro de relatos Oriente, y el ensayo A los actores. Y ahora, el cineasta, novelista y también académico -que ingresó en la Docta Casa con el discurso “En busca de la escritura fílmica” nos ofrece estas memorias tan interesantes como entretenidas, repletas de jugosas anécdotas.

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