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TRIBUNA

Elogio de la plasticidad

martes 22 de octubre de 2024, 20:43h

Recuerdo cuando de niño la maestra de la guardería extendía en una gran mesa bolas de plastilina para que hiciéramos con ellas lo que quisiéramos. Una única norma bastaba: que la empleáramos para modelar una figura, real o imaginada. Era el momento de mayor alegría de aquellos días, cuando no había timbres, deberes, ni teníamos que salir al encerado a anotar lo que nos dictaba el instructor. Era el momento cuando todos nos reuníamos con nuestra bola de plastilina, a veces verde, otras gris, pero nunca blanca. El blanco no existía, para nosotros, ni siquiera en nuestras camisetas que coloreaban aquella estancia presidida por la tabla de madera que servía de mesa. ¿Qué hay de todo aquello bajo las actuales políticas educativas competenciales? ¿Cómo es que los niños y niñas de nuestros días ya no reciben los cuentos de sus padres ni la libertad de ver a sus maestras dejándoles a sus anchas para que construyan lo que les plazca con algo de plastilina? La realidad ha dejado de ser maleable, flexible, jabonosa y, en su lugar, se ha convertido en un poderoso sistema de dictados y códigos que solo esperan ser codificados para generar nuevos dictados y códigos. El problema esencial no es la invasión de las nuevas tecnologías, o la suplantación de la inteligencia natural por la Inteligencia Artificial. Si este fuera el problema, bastaría con cercar fuertemente el espacio humano para crear campos de juego y de esparcimiento del espíritu.

El problema no es que estemos siendo invadidos, sino que, desde hace ya algún tiempo, nos hemos convertido en invasores de nosotros mismos. Los nuevos planes educativos, auspiciados por la idea empresarial de que la eficiencia y la rapidez son valores altamente rentables, y que se puede sacar mucho partido de ellos, exigen a los niños y niñas de nuestros días que sepan leer a los cinco años, cursar ciencias de la naturaleza o historia natural en un idioma extranjero a partir de los seis, ser expertos en lenguajes digitales a partir de los ocho, apostando por modelos que fomentan la competencia, la utilidad y la obediencia de quienes, al final, sólo saben responder a esos dictados y códigos autoimpuestos. Alarma, en este sentido, el arrinconamiento de asignaturas que hacen pensar y sentir, como la Filosofía, las Lenguas Clásicas, o las Bellas artes, y preocupa que nuestros jóvenes crezcan sin saber que la verdadera riqueza del ser humano no está mediada ni mediatizada, sino que va con ellos a la espera de que salga alumbrando el paso. Como recuerda el escritor Gustavo Martín Garzo, en su magnífico ensayo Elogio de la fragilidad, “lo que necesita un niño a los cinco años no es saber leer sino escuchar música y cuentos, conocer su cuerpo y jugar con él, encontrar palabras y figuras que le ayuden a entender lo que siente y a encontrar su lugar entre los demás. La educación ha dado la espalda al complejo mundo de sus afectos y apuesta cada vez más por un individuo adaptado, pragmático, obediente a los códigos de su entorno social.”

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