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TRIBUNA

Bajo dudosas promesas y nadando contra la corriente

miércoles 23 de octubre de 2024, 18:24h

“Nadar contra corriente” es una expresión popular que señala cuando alguien debe esforzarse por lograr lo que desea aunque esto implique ir a contrapelo de todo lo que pareciera ser la norma. Es, en otras palabras, un propósito (o, mejor dicho, un despropósito), que se suele dar a pesar de circunstancias adversas, muy afín en este caso para ser aplicado a los outsiders de una decadente política en manos de una Nueva Derecha que detenta el poder en la Argentina y en unos pocos países del mundo; pero que sorprende cada día más, aunque los puntos de comparación entre unos y otros sean acaso insuficientes para ser usados como elementos comparativos. Las excepciones, en todo caso, pueden ser las de Georgia Meloni (la Primera Ministra de Italia, que flota todo el tiempo en el doble discurso), o el caso del húngaro Viktor Orbán que, al parecer, ha llegado al límite de su popularidad y cae en las encuestas como está sucediendo con Javier Milei en la Argentina. Las personalidades extravagantes y atigradas de estos paradigmas les impiden detener luego la máquina incesante de generar enemigos y gastar casi todas sus fuerzas en demolerlos con desmesurados y ofensivo insultos. Actitud que los vuelve imposible para alcanzar alianzas consistentes con sus opositores políticos.

Despojándonos de sentimientos, simpatías o convicciones y sopesando fríamente estas batallas del poder, uno se pregunta si el mero fanatismo puede ser una posibilidad de seguir vigentes o está al borde mismo de la inconsistencia en medio de una debacle que cada día se desintegra más sin dejar de perjudicar a las mayorías con brutales ajustes. Actitud destructiva o autodestructiva, con una extraña inconciencia del riesgo que representan los conflictos abiertos en distintos frentes, que concluyen con inquietantes enfrentamientos entre propios y ajenos en un sendero de permanente confrontación como sucede con esta particular Argentina donde prevalecen los desaciertos y los disparates.

Todo depende de las fichas apostadas a un programa económico excluyente y pretendidamente moralizador que atenta contra el bolsillo de los ciudadanos. Ya que de nada sirve que el presidente Javier Milei acaricie el sueño de un reinado que le permita gobernar a su gusto y como paradigma universal, si esto no se traduce en resultados contundentes y espectaculares de la economía local, y que más o menos equivalga a permitir un atisbo de prosperidad.

Esta forma de gobernar nos retrotrae tristemente a los regímenes fascistas que son, por encima de todo, una forma de gobierno autoritaria y celebratorios de la muerte. Aunque no todos los regímenes autoritarios sean fascistas, el autoritarismo es una de sus principales características. Se hizo famoso y paradigmático un hecho que se produjo en España durante la dictadura de Franco, cuando se respiraba un clima de desmesurada agresividad política. Sucedió en el ámbito universitario hacia 1936 en circunstancias que el general falangista Millán Astray vociferó en un acto de la Universidad de Salamanca, interrumpiendo un discurso del filósofo Miguel de Unamuno: “¡Muera la inteligencia…! ¡Viva la muerte!”. Don Miguel, ya indignado por otros discursos anteriores le respondió ante el estupor de los presentes: “Estáis esperando mis palabras. Me conocéis bien, y sabéis que soy incapaz de permanecer en silencio. A veces, quedarse callado equivale a mentir. (...). Pero ahora acabo de oír el necrófilo e insensato grito “Viva la muerte” y esta ridícula paradoja me parece repelente (...) Me atormenta pensar que el general Millán Astray pudiera dictar las normas de la psicología de las masas careciendo de la grandeza espiritual de Cervantes (...). Es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo cómo se multiplican los inválidos a su alrededor (...). Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaríais algo que os falta: razón y derecho en la lucha”.

La audiencia quedó sorprendida y se puso aún más agresiva, esta vez contra el rector, que pasó, de un instante a otro a convertirse en un traidor, en tanto que el general Millán Astray empezó a golpear la mesa de las autoridades y a interrumpir a Unamuno, pidiendo la palabra a gritos, mientras su guardia ponía a punto las ametralladoras por si fuera necesario usarlas.

Es así como en la Argentina este forzado movimiento, llamado la “Libertad Avanza”, inventado por un economista pretendidamente revulsivo, con ansias de amalgamar las controvertidas palabras “liberalismo y anarquismo”, cuyo propósito final es la destrucción del Estado, encarna una nueva y esforzada clase de ideología, contradictoria por todos los costados, que podemos definir como un autoritario populismo de derecha con praxis gramsciana y pretendido fundamentalismo de mercado. Aunque la coalición de los aliados (y para horror de Milei), siga siendo una suerte de “dime con quién te asocias y te diré quién eres”, fallido intento mayoritario de restauración republicana al que acompañan confusos liberales, desarrollistas, socialdemócratas, radicales, librepensadores y -por qué no ya que todo cabe en la Viña del Señor-, algunos peronistas con pretensiones disparatadamente institucionales; en este caso subyugados por la expectativa de una pericia macroeconómica, bajo el agotado “gradualismo”, que también mantiene sus riesgos, no habiendo funcionado en su implementación puntual, y dando pruebas de la escasa prosperidad alcanzada con esas caducas metodologías que abren las manos y esperan que los frutos caigan del cielo.

También sería bueno tener en cuenta -algo muy paradójico, por supuesto- que ocurre en este particular contexto internacional que nos toca vivir, donde el nuevo derechismo, en nombre de Occidente y en ocasiones bajo el uso de la palabra “liberal”, comienza a socavar precisamente a las genuinas democracias liberales, otra contradicción flagrante entre los restauradores de siempre y los saboteadores de ocasión.

Si bien vivimos una contemporaneidad descontrolada donde lo que interesa es la magnitud financiera por encima de las cualidades humanas y productivas, y donde la buena educación y la salud del planeta importan menos que la rentabilidad económica, se debe tener prudencia con el uso de las palabras, ya que la violencia verbal es el camino más directo hacia la violencia física. El trato personal es, por consiguiente, el fundamento de toda buena educación. Asunto que no acontece en la Argentina donde, desde su cargo de Presidente, el frenético Milei, ofende a mansalva sin respetar siquiera a los muertos (tal el caso del ex Ministro de Salud, que se acaba de sumar a los más) olvidando que está al frente del Gobierno de un país democrático. Impulsivo, por no llamarlo maleducado, haciendo alarde de un lenguaje soez y ofensivo que raya con lo brutal y arrabalero, Milei parece olvidar que debe ser parco en su lenguaje y en su comportamiento. Sobre todo en un país donde resuenan los ecos de un drama global, que repercutió en la Argentina con terribles atentados y una carga de pasado por delante que sigue pesando en manos de expertos manipuladores, adoradores del mercado como si fuera una deidad y cuyos colosos son los Musk y los Trump, celebridades de una época agresiva y desenfrenada.

Dentro de ese neoliberalismo corrosivo, Milei se ha parapetado como un rugiente león (con colmillos de leche), que intenta lucir un cetro, que cada día le resta seguidores y le queda grande, aunque hace alarde de una retórica de fauces menos feroces que ridículamente populista. Asunto inquietante que resucita al viejo Frankenstein disfrazado de Prometeo y revive ahora a la doctora Kirchner, que se presenta como una nueva franquicia de la política, con actores negativos que se niegan a secundarla, resultando imposible de imaginar cómo volverán al escenario conmoviendo a las masas con idénticos, gastados y consabidos trucos.

Cuando se llega hasta el final, por este camino de ruinas, empedrado de abismos, se advierte la carencia de personas con cierto prestigio y algo de credibilidad, que ralean en la Argentina cada vez más y hacen recordar la importancia menos de determinados ideales constructivos que de liderazgos incongruentes, aunque quizá todavía emblemáticos. En la Argentina, curiosamente nadie es excluido ni se quema como se dice en lenguaje popular; ni aún el más inflamable o explosivo. Detalles de la política de un país que cada día se enreda más en su propio lazo de decadencia.

Esto hace que la violencia verbal, sus errores y disparatadas políticas asombrosamente antisociales, se vean vigentes sobre una mesa donde todo vale y hasta la ex vice-presidenta Kirchner sean, hoy por hoy, una de las que manejan el caos desde la oposición; además de ser patéticos desfachatados que exhiben un disfraz convincente en un triste baile de incongruentes y harapientos. En fin, no es nada alentador el oscuro panorama que se presenta; pero todo es posible en esta Argentina donde se viene repitiendo la misma historia del eterno retorno, cada vez más desaforado y con máscaras cuarteadas, impresentables siempre, aún con la cara descubierta.

En un país fuera de control, que sigue cayendo por una pendiente de despropósitos, interesan las magnitudes más que las cualidades y la rentabilidad más que las personas. La pobreza, la salud y la educación quedan, cada vez más relegadas. La lógica del capital financiero y de las corporaciones ha desatado una carrera imparable en la que no compiten rezagados y donde el progreso se mide por estadísticas, con una noción ingenua o evasiva ante los hechos arrasadores. La incógnita, sin embargo, es si eso alcanzará para refundar la nueva Argentina que con tanta arrogancia prometieron quienes ahora gobiernan.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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