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TRIBUNA

Detención

viernes 25 de octubre de 2024, 19:00h

Aunque haya visitado en más de media docena de ocasiones cárceles del sudeste asiático sigo virgen como recluso. No tengo denuncia alguna –ni siquiera la Balfagón se atreve– cuando la claustrofobia podría volver a brotar dentro de una celda si yo estuviera entre los treinta encarcelados allí incrustados, incluso si uno fuera austriaco y pudiera preguntarle sobre asuntos comunes, tratando de apaciguar mi agonía.

Esta entradilla es para dejar claro que todas mis inclinaciones de cualquier tipo siguen siendo bien vistas no sólo por la policía local sino por mis propios vecinos, e incluso, mis padres. Pero bueno, que ayer me endosaron a la hija de mi ex, de nueve años de edad, para que la llevara a comer a un centro comercial, que por sus visitantes, se merecería otra historia escrita. Pero ahora nos vamos a centrar en las de un calvo con melenas, en pantalón corto y con chanclas, que con andares desgarbados buscaba un restaurante donde comer junto a una niña en la que claramente se podía apreciar que no era de mi misma etnia. El aire acondicionado, como no podía ser de otra forma en países en vías de desarrollo, arrollaba al más pintado.

Siempre me ha llamado la atención la gente con inclinaciones sexuales hacia menores. Desconozco qué se les puede pasar por la cabeza, pero debe quedar claro que además de la prisión alguien que ve atractiva a una niña –o a un niño– de nueve años necesita tratamiento médico urgente. Y no sólo a través de una cárcel donde a los siete años reencontrarse con la libertad igual de enfermo y erecto.

Todo esto lo digo porque mientras pedíamos la comida, la cajera se coscó de que entre la niña y yo no es que no hubiera relación alguna de parentesco –y mucho menos paterno-filial–, sino que ante sus propios ojos había quedado claro que no podíamos casi comunicarnos: ella no habla inglés, salvo lo que le dicen algunos de sus dibujos animados favoritos a través de frases hechas, mientras yo aún menos controlo la lengua indonesia: el bahasa.

Al final pedimos pollo teriyaki, una tortilla de queso y arroz hervido; para ella un batido de chocolate y para mí agua mineral. Que yendo hacia la mesa que nos asignaron comencé a realizarme muchas preguntas. Primero, ¿cómo se comporta un pedófilo? ¿Acude acaso a los centros comerciales, quién sabe si a los parques cercanos, a secuestrar niñas para invitarlas a comer? Y la segunda: quién me decía a mí que alguien no levantaría la mano y haría el clásico comentario al de seguridad por eso de ir sumando puntos ante la sociedad: ¿qué hace este extranjero de porte extraño con una pequeña nativa si no se pueden comunicar, y por lo tanto, a buen seguro no es el padre?

Los seguratas –en general, policías fracasados–, podrían haber desatado la tormenta perfecta en un país, Indonesia, donde como en casi toda Asia el racismo impera. Y cazar a un enfermo blanco de metro noventa dando rienda suelta a sus enfermedades mentales más profundas haría salir en las noticias a aquella cajera que ya me miraba con un ojo abierto y el otro cerrado, cercana a su medalla de oro pública sin olimpiada, como chivata de un sistema que prefiere premiarte por un cuarto de hora antes que por toda una vida.

Me imaginaba luego tratando de explicar a gente uniformada –como si hubiera una fiesta de disfraces– y que no habla inglés que, en realidad, su madre me pidió que la llevara al centro comercial, cuando la mamá y yo no estamos legalizados –y en Indonesia, país muy conservador, esta es otra de las claves que no se ve bien, cuando en algunas zonas es directamente ilegal–, que en este país y cuando alguien al que se le presupone de otra religión –aquí los matrimonios tienen que ser de ambos practicando el mismo credo– mantener relaciones con una local sin estar casados además de pecado, es delito. Y más vestido de aquella manera, calvo y con melenas; el prototipo de terrorista televisivo en los mítines de Trump.

Ante la cadena de posibilidades que podrían haber convertido aquella tarde en una detención asumí, primero, que si hubiera sido realmente un pederasta me habría salido con la mía –pagué la cuenta y nos marchamos como si nada–; y que no debía llamar tanto la atención como para que, al menos, alguien se hiciera la pregunta de qué relación manteníamos la niña y yo. A su vez, me preocupé pensando si en realidad la hija de mi pareja fuera también la mía y que un tipo como yo la hubiera sacado del parque y la hubiera invitado a comer sin levantar la más mínima sospecha. “Cariño, la tortilla de queso está buenísima; luego te invito a un helado”, le habría comentado mientras la agarraba del antebrazo.

Demasiadas preguntas cuando vives en una ciudad insolente –Denpasar–, con tráfico rodado insufrible, donde el estrés es directamente proporcional a la paz que a doce kilómetros sienten los turistas que se quedan traspuestos ante la puesta de sol con la única intención de fotografiarla y subirla a sus redes sociales con los mismos agarrando el sol entre el pulgar y el índice.

La vida es un estado en donde el único ser sobre la faz de la tierra que sabe que en algún momento de su existencia morirá es el hombre. Y no porque lo sepamos al nacer, sino porque nos informan de ello sobre la marcha. Porque tan listos no debemos ser. Y para el resto de seres que deambulan por este planeta, mi enhorabuena, porque viven en la gloria de un día a día fabuloso, desconociendo final alguno.

Afortunadamente no sabemos leer el futuro. Pero sí pensamos, al menos, en las consecuencias de una cadena de infortunios. Y en aquel centro comercial yo sudé la gota gorda entre un desvocado aire acondicionado.

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