Recuerdo con claridad entrañable la emoción que sentía cada vez que llegaban a mis manos un cómic de Mortadelo y Filemón o de Zipi y Zape. A menudo eran heredados de mis primos mayores. Unos cómics sucios y arrugados, con páginas arrancadas o rotas, pero qué más da. Los disfrutaba en un ritual casi sagrado con una linterna bajo las sábanas o mientras comía. Aún podría recitar de memoria alguna que otra escena, porque la magia del cómic me acompañaba a todas partes, incluso los sacaba a la calle o me los llevaba al pueblo, donde una tarde, en el viejo hórreo familiar, descubrí un pequeño tesoro.
Ese tesoro no era oro ni plata, pero en mi mente de niño era igual de valioso: unos cómics antiquísimos que habían pertenecido a mis primos más mayores. Ahí estaban los dibujos de Anacleto, agente secreto, la hilarante Familia Trapisonda, el eterno optimista Ángel Siseñor, puro dadá, y del costumbrista edificio de 13, Rue del Percebe, donde cada rincón era un chiste, pero también un trozo de verdad de su tiempo. Tebeos polvorientos, sin color y muy antiguos, pero la sola visión de esas viñetas desencadenaba en mí la fantasía. El cómic no era únicamente un pasatiempo, era un universo paralelo donde yo, desde un pequeño rincón del mundo, podía ser parte de las aventuras más disparatadas, y de ahí a los libros y de ahí a escribir alguno de ellos.
Pero hoy, si miro a mi alrededor, veo una realidad completamente distinta. Regalo a mis hijos un par de cómics que pensé podrían despertar en ellos la misma chispa que me encendió a mí de niño, y noto en ellos la indiferencia. Gracias, papá, pero poco más. Me doy cuenta de que no tienen el lenguaje del cómic, que no se molestan en descubrir esa narrativa visual tan única. En las escuelas el cómic va un poco de relleno, de pasatiempo. Somos nosotros como familias los que tenemos que encargarnos de que los pequeños lleven un bagaje óptimo de experiencias para la vida. Hay didáctica hasta en los charcos. Todavía estamos a tiempo: vamos a ello.
¿Dónde están los niños que, como yo, se perdían entre viñetas y onomatopeyas? Pues ya peinan canas, ya que parece que los cómics son territorio exclusivo de adultos que añoran su juventud o de aficionados que los aprecian como arte o cultura pop. Los más pequeños prefieren deslizar el dedo por una pantalla o enfrentarse a mundos virtuales que parecen haber reemplazado aquella forma analógica de soñar. Yo sigo prefiriendo aquellos tebeos desgastados a un Fortnite. En realidad hay tiempo para todo si no se malgasta.
Hago el paralelismo con la radio. De niño, la escuchaba sin descanso. Me encantaban esos programas deportivos clásicos o los magazines de la radio local del fin de semana. Ahora, cuando conduzco y la enciendo, es casi una provocación para mis hijos, que me piden apagarla o cambiarla por sus playlists de música. Para ellos, la radio es ruido, algo molesto, mientras que para mí sigue siendo una fuente infinita de información, entretenimiento y conexión con el mundo. ¿Qué ha cambiado? ¿Nos hemos vuelto incapaces de disfrutar de esos placeres sencillos o es que la imaginación ha perdido la batalla ante la inmediatez de las pantallas?
El cómic, al igual que la radio, exige una participación activa de la mente. No lo recibes todo hecho. El cómic es una invitación a completar los vacíos entre viñetas, a interpretar las expresiones y las situaciones. Esa era la magia del papel desgastado: lo que ocurría en mi cabeza era más importante aún que lo que estaba dibujado en el papel. Me temo que esa interacción creativa es algo que se está perdiendo. Hoy, nuestros hijos tienen un exceso de estímulos visuales en movimiento con ruiditos perfectamente estudiados para crear dependencia. Las historias se entregan listas para deglutir y ya he escuchado esta semana a una persona que estuvo chateando con otra respondiendo casi por completo con respuestas de ChatGPT. La máquina se adueña de todo y la imaginación, ese músculo poderoso, se está atrofiando.
La radio, al menos, se va regenerando mediante el podcast, pero también le pasa un poco como a la poesía, ya debe haber más podcasters que oyentes.
Si tienen peques al cargo, por favor, permítanles también soñar en papel y surfear la onda.