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TRIBUNA

Excusas de tomo y lomo

Juan José Vijuesca
miércoles 30 de octubre de 2024, 19:06h

Todo el mundo lo sabía. Todo el mundo lo ignoraba. Todo el mundo lo tapaba y aquí nunca pasaba nada. Lo del “solo sí es sí”, Errejón se lo saltaba. A real y media manta, que el que no corre espanta y a decir de su entorno, yo me lo guiso, yo me lo como, que mientras callo, hasta dos veces cantará el gallo. Al final llega el espanto, el asombro, la excusa fabricada, los gestos bien controlados, la callada por respuesta, el poder de lo oculto y el famoso decir: “Yo solo sé, que no sé nada”.

Unos por pillar de aquí y de allá, otras por sofocar calenturas. Parecía cándido y purpúreo el elemento; más en cosa de misoginia, ir al pairo de lo que dices mientras haces lo contrario, es pecado de entendimiento. Más no siendo este venial, por aquello de no medir a igual hombre que a mujer, ahora todos sufren ataques de amnesia al no reconocer ni al personaje ni tampoco a su aquel, pues teniendo los dos una sola identidad, mientras el uno lo es para el feminismo, el otro se encarga del sexo enojado, también conocido como persona dada al sado.

Lo más extraño de la felonía es tratar al causante de presunto. ¿De qué? —me pregunto, si al final se cambia el discurso y todos lo sabían, que a medida que afloran sospechas y enrevesadas teorías salen a relucir indecencias y extrañas compañías. Convertir arbitrios en fornicios, haciendo tan venerables obras del vicio a costa de nuestros bolsillos, más todo ello tiene aspecto de timo indecente y preocupa que sus vuecencias de un tiempo a esta parte esto sea práctica frecuente.

Más como no soy honorable juez de Tribunales, ni presido, por consiguiente, estrados de justicia, otorgo al señor Errejón, el beneficio de la duda y la presunción de inocencia, hasta que se demuestre lo contrario, por ser este un país civilizado y gozar de Constitución con su art. 24.2. Más debo condenar y condeno a cuantos aquellos y aquellas, que sabiendo del dual comportamiento del susodicho, dejaron en silencios cómplices este gravísimo acontecimiento. Sí, señorías, utilizan ustedes eufemismos tan pueriles como “debimos” “no sabíamos” y otros tantos rodeos nada creíbles con tal de salvar poltronas y escurrir el bulto con excusas burlonas. Malos epítetos, por cierto; en tiempos incómodos como estos, conviene el retracto por proximidad del Adviento, eso sí, previa descarga de tantas mentiras y tan extraños argumentos.

Cabe recordar aquello no tan lejano como lo fuera el “pico” de Rubiales, cuando trovadoras y juglares tomaron las calles al unísono de una batucada, como sería de ley volverlo a hacer ahora y siempre, pues la ideología, si es asexuada, no caben sospechas ni en izquierdas ni en derechas. Caiga quien caiga, venga de donde venga, pues aquello de sola y borracha queda bien, como eslogan de todo a cien, y más vale denunciar que callar; salir a la calle en tropel cuando el presunto va de radical contra el machismo, bien en palabrería y desfiles, para después atacar a las mujeres con malas artes y enfermos placeres.

Eso sí, Sumar ha fijado la solución, creando un curso obligatorio de formación en régimen interno en favor del feminismo para todos sus cargos directivos por haber fallado el mecanismo de prevención y para que esto no vuelva a pasar. Y a uno, en su calidad de contribuyente ingenuo, le asaltan delirios de extrañeza profunda, pues estas medidas de respeto eran impartidas como asignatura en época de colegio de párvulos allá por los años 50 bajo el nombre de “Tratado de Reglas de Urbanidad”. Y sesenta y cuatro años más tarde llegó Podemos, dando a entender que España estaba anclada en el heteropatriarcado, el neoliberalismo y la casta política. Vinieron con un vergel bajo el brazo, entendidos en clásicos griegos y romanos, poco menos que a enseñarnos el nuevo mundo que ellos habían inventado, y hete ahí que ahora, después de diez años de ejercicio, más deshaciendo que haciendo, la escuela grecorromana necesita acudir a cursos de formación para saber que es una agresión sexual y cuando está mal, muy mal o extremadamente mal.

En fin, que una cosa es predicar, y otra dar trigo. Así pues, que dimita alguien por nulidad de cargos porque estamos hasta el higo… (Con perdón, por aquello de la buena educación).

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