Tenemos una vecina con marido y cuatro hijos que representa a las mil maravillas el refranero español gracias al “dar la mano y cogerse el brazo”. Un día fue requerida para una leve ayuda en base a unas manualidades, cuando a modo de contraprestación, le traje helado a los cuatro jabatos, para que desde ahí y atravesando el umbral de nuestra puerta sin pedir permiso en varias ocasiones, nos haya pedido desde fruta a la moto que yo conduzco.
Como la cosa iba yendo a más y mi pareja, nativa y practicante del mismo credo que la vecina –el animismo– no ponía freno al enjambre de confianza gratuita, he aprovechado sus ausencias por motivos laborales y/o familiares para marcar terreno. Y eso sí, hoy me he enterado de que me he vuelto a jugar mi libertad.
Lo primero que hice fue modificar dos asuntos básicos: mi vestimenta cuando estoy en casa, que pasó a ser simplemente un calzoncillo, y sobre todo, lo de salir de esa guisa siempre dentro de nuestras propiedades, paseándome en gayumbos como si tal cosa. Debe saberse que Indonesia es un país conservador, o sea, que es muy religioso. Y que aunque profeses otra religión, lo musulmán domina el día a día de los casi 290 millones de indonesios y subiendo.
Fueron dos días los que ya tardaba mi pareja en regresar, que en vez de preocuparme y ponerle a un detective privado, me volqué en terminar de controlar a los vecinos asumiendo que todo el monte era orégano y que salir directamente en pelotas a hacer como que leía un libro sería el punto y final a su acoso pedigüeño. Y eso hice. Con los huevos colganderos y el pene mañanero asumí que el que leyeran entre líneas sería mucho más eficiente que echarles una charla. Y claro, cuando me vieron de esa guisa se atrincheraron en casa cerrando hasta las ventanas: “el loco extranjero de la cabellera rancia está desnudo leyendo un libro, quién sabe si de cómo asesinar en masa”, debieron pensar.
Me había olvidado de todo cuando esta tarde escribía para mis terceros diarios. Y estaba en calzoncillos –dentro de casa–, cuando en esas regresó mi pareja con dos hombres –ya sabía yo que lo del detective tenía sentido; bueno, en realidad eran dos trabajadores que traían piedras para una próxima construcción–, cuando al verme semidesnudo y sólo bajo el umbral de la puerta, detuvo en seco el coche para tras apagar el motor –aún ni había aparcado– gritarme que me pusiera al menos un pantalón corto.
A la hora de la cena, ya sin vecinos ni trabajadores, me aseguró que en Indonesia sería comprensible que los vecinos hubieran fotografiado a un extranjero –resido a diez kilómetros del primer turista; soy el mono de la barriada– para dar parte a la policía por exhibicionismo. “¡¿Por ir en calzoncillos dentro de casa, bajo el marco de la puerta?!”, le dije; “Sí, exactamente”, me contestó.
Es la segunda vez que salvo un match point carcelario tras haber estado la semana pasada de picos pardos con su hija de nueve años en un centro comercial. Que me llegan a hacer esa foto en pelotas cuando leía el libro, y desde hoy sería una leyenda de la literatura: uno de esos esforzados reporteros que por luchar contracorriente, acaban encarcelados: el auténtico malditismo.
Y por cierto, los vecinos no es que hayan dejado de pedirnos cosas, es que cuando pasan cerca de nosotros miran hacia el suelo; nos ignoran. Misión cumplida.