www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

El toro

sábado 02 de noviembre de 2024, 18:14h

Aunque los taurófilos me pongan a caer de un burro, ruego a las personas amantes de sus mascotas que respondan a esta sencilla pregunta: ¿prestarían ustedes a sus perritos para que les pusieran banderillas de fuego y muriesen derramando sangre por la boca?, ¿se irían luego a celebrar el estilo del matador y se lo comerían después de la faena del matarife?

El toreo es matar o morir. Algunos bóvidos que ponen el toreo entre las bellas artes carecen de compasión ética. Me duele la muerte del toro, pero infinitamente más la del torero, a lo cual contribuyen también ¿no lo habían pensado? quienes sacan una entrada para presenciar el feroz espectáculo. Me siento mal por el toro y mal por el torero, pero mal también por los aficionados que gozan con la siniestra muerte del diestro, algo que no hubiera acontecido si nadie hubiese comprado los boletos. Claro que decir esto sólo causará desagrado entre los que presenciaron la feroz testarada del noble bruto al que le están tocando los cojones. No quiero abrir el paso en la procesión de flagelantes, pero pido que cese al menos la fiesta. A los toros hay que ir más de luto que los personajes masculinos de Mingote en la playa.

En las disimétricas miradas del toro y del torero cabe fascinación, pero no respeto, ni benevolencia. La conexión entre torero y afición está en la toma de contacto con la muleta primero y el atavismo de la sangre después. Así se enseña la crueldad hasta el instante de la hora trágica. Describe bien esta situación aquella frase de Manuel Machado “¿gloria? La que me debes”: no de otro modo se marcha al otro mundo el toro arrastrao. Lo terrible sobre el albero es la explosión del aplauso y el flamear de los pañuelos pidiendo un trofeo, ese estallido de alegría que tiñe de sangre la arena.

Se dice que a más belleza menos dolor y a menos belleza más dolor. A mí no me parecen antinómicos; la fealdad es triste, pero la belleza puede ser cruel, y en ocasiones ambas coinciden, pues el dolor y el sufrimiento son patrimonio de los masoquistas. El toro es un animal precioso, y el toreo una oscura añoranza de los tiempos bárbaros; gallardía y entereza no son los dos atributos de la lidia. El aficionado al toreo quiere que todos los toreros triunfen en el ruedo, pero al mismo tiempo quieren que los morlacos salgan derrotados y arrastrados por las mulillas al corralón. A morir y a otra cosa.

Lo clásico, como dijo el torero Rafael el Gallo, es “lo que no se pué hacer mejor”, torería de lo insuperable, la mejor torería, arte químicamente puro. La muleta en la izquierda. La espada en la derecha. Adelante el engaño. Embarca la embestida, la templa, la mece, la ralentiza y después la fiera astuta mata a la fiera menos fiera. Parar, templar, mandar y cargar la suerte me suena al “preparados, listos, fuego” de cualquier paredón de inocentes en las guerras civiles. Destreza es una cosa, maestría otra. El verdugo contra el confesor. Diestro no puede ser un maestro porque la guillotina carece de todo arte. Aquí el arte de la destrucción huele a torero, “¿no se pué hacer mejor?”.

Esa inocencia con que un “virtuoso” y “maestro” de la matanza se acompasa con un adorno, un farol, un pase, un quiebro, un desplante, un capotazo, una filigrana del diestro ante la fiera colman ferocidad de la lidia sin plañideras. Todos llevamos dentro un toro de dudosa racionalidad. Queriendo vengar sobre el lomo ajeno el propio dolor de las banderillas, muchos maletillas presuntuosos no hacen más que ser toreados por el toro, sometidos a sus astas. Pero una cosa es torear y otra dar pases tremendistas una vez mutilados los pitones. Tamañas mamarrachadas tienen todo el aspecto de la calle Sal si puedes.

¿Hay que dar un empujoncito a la realidad, o esperar a que nos lo dé ella a la hora de echar el cierre, por mucho que lleve la marca España? “Soy español, ¿a qué quieres que te gane?”. Yo repito con el Dante: guarda e passa, mira y pasa. Pero es difícil mirar y no ver dentro de uno al torero narcisista idiota. Ojalá que dentro de poco las fotos de la tauromaquia sean un bochornoso reproche en el Museo de lo Indeseable.

Ese toro enamorado de la luna que abandona por la noche la maná es pintao de amapola y aceituna. Cada toro agota su especie. Quien mata a uno mata a todos. De todos los monumentos hispanos, sólo su silueta me gusta ver en las carreteras. Indúlteselos para siempre, lo merecen más que ciertos matarifes. En todo caso, me recuerdan a Salamanca por lo que paso a relatarles.

En sus comienzos se otorgaba el vitor como triunfo político o de poder, no por el logro de las tesis doctorales, pero en el siglo XVIII se suspendió este galardón “para impedir disputas” siendo así renovado por mi maestro de latín Antonio Tovar en 1953 y de este modo recuperando “la rememoración histórica de las glorias de Salamanca” para los doctores(1).

Allá por los 61 y 62 del pasado siglo me parecían fascinantes los Victores salmantinos con la fecha y el nombre de quienes habían obtenido sus memorables doctorados indelebles respetados por la lluvia y el sol de siglos, de los que un buen melancólico habría podido decir: si me muero, mi nombre quedará en las paredes de una de las universidades más antiguas del mundo. Aquellos símbolos de color carmesí inscritos en los claustros centenarios de sus distintas Escuelas y Facultades con variaciones en su tipografía y estampados en rojo sobre la mágica piedra dorada de Villamayor dando tono a la ciudad llamada Gelbstadt por los alemanes constituían el orgullo de sus gentes. Teresa de Jesús y Juan de la Cruz siguen custodiando la capilla del centenario edificio de la Universidad como doctores honoris causa, así como también el maestro Miguel de Unamuno. A la espalda de la exuberante fachada plateresca de la plaza de las Escuelas, privilegiado rincón de mi memoria, con la estatua hierática de Fray Luis de León presidiéndola, se aprecian todavía unos vitores desgastados similares en su tonalidad a las Cuevas de Altamira. Afeándolos, cómo no, el poder que inevitablemente ensucia con los chafarrinones de su gorda brocha los lugares más sagrados, estampó los victores de Francisco Tomás Valiente, Enrique Tierno Galván, Adolfo Suárez, Príncipes Felipe y Letizia, sólo falta el del general Millán Astray empeñado en fusilar a Unamuno. Afortunadamente el victor del vencedor Caudillo fue borrado hace años.

Pero aquellos doctores universitarios, que lograban sus tesis sin la impunidad con que hoy los otorgan la Universidad Camilo José de Cela y otras similares, celebraban en la Universidad de Salamanca la lectura de su tesis o la obtención de su plaza (¡taurina!) imprimiendo sus nombres en las paredes de los edificios universitarios con el acrónimo que simbolizaba su victoria, V.I.C.T.O.R. Lo importante era la satisfacción de verlos escritos sobre las fachadas de piedra de Villamayor, grana y oro, pese a la lluvia de abril y el sol de mayo, melena de campana y lanza de carro.

Pero maiora videbimus. Hoy le ha llegado su turno a las grafías en cualquier barrio de Salamanca a modo de vitores callejeros con lemas “a las víctimas de violencia de género y sus familias”, “a las mujeres que luchan por su igualdad”, o “a los transexuales que luchan para que se reconozcan quienes son”. Otra mala forma de entrar a matar.

1. El del general Franco fue especialmente elaborado, como no podía ser menos, con sangre de toro y arena del albero de la piel de toro de España, aunque no me encuentro en condiciones de afirmar si los tales vítores pertenecían a la ganadería charra de los Vitorinos. Como la fonética también está fatigada, pronuncio victor y no vitor, en homenaje a la C representada por una media luna en honor a Benedicto XIII, el papa Luna, gran defensor de la Universidad de Salamanca. este taurino país que bien hubiera podido llamarse Dog/torilandia.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (7)    No(4)

+
1 comentarios