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TRIBUNA

La hora de la verdad

martes 05 de noviembre de 2024, 19:20h

La respuesta de los gestores de la cosa pública al enorme desastre producido en Valencia por las lluvias ha dado lugar a reacciones coléricas o iracundas. Fácilmente comprensibles. Es esa facilidad la que pudiera objetárseles porque despierta la sospecha que acompaña a todo lo fácil. Los más violentos o exaltados conocemos bien esos abscesos de irritación y de asco.

Conozco bien la aversión que produce no ya la incompetencia sino el cálculo mal escondido tras cada movimiento de auxilio, la exigencia del burócrata preocupado por la fórmula o el expediente ante el prójimo que se ahoga. Conozco el rechazo inmediato frente a la mendacidad del informante que distorsiona los fenómenos que observa, ya sea de modo inadvertido o intencionado. Conozco la náusea como respuesta inmediata e involuntaria a los gestos, sumisos a la lógica de mercado, del que busca incrementar audiencia o mejorar su posición en el cambalache electoral. Esa angustia física es, quizás, el gesto evidente de una mínima salud moral.

De natural exaltado, he acabado siendo un esforzado defensor de la parsimonia. Tengo que reconocer que la lentitud como sistema o la sobriedad en los movimientos pueden producir úlcera o dispepsia. Conviene, por tanto, dar salida a la tensión contenida, pero me limito a recomendar que se haga siempre con severa tranquilidad.

En el desgobierno informativo en que vivimos resulta difícil aceptar la validez de ningún dato, tanto menos cuando su registro sea reciente. Por lo demás, cualquier dato está siempre construido por el observador y sujeto a interpretación. Ni siquiera podemos asumir con certeza las cifras de fallecidos o desaparecidos, ni el registro de la magnitud de las lluvias, que parece ser menor que la recibida en grandes catástrofes pasadas, en 1957 o en 1982. Sabido esto, será bueno desconfiar de las aseveraciones más rotundas: voceros del cambio climático que se visten de sacerdotes de la Ciencia (siempre singular y mayúscula) pero también de sus antagonistas más directos que apelan a la misma fe. Entre asertos y confirmaciones nos moveremos con la precaución del escéptico.

Otra cosa es el hedor a descomposición en las calles o las avenidas de un lodo que ha enterrado en vida a nuestros semejantes, la inerme fragilidad de los ancianos, la solicitud de auxilio desde las ventanas, la impotencia frente a merodeadores y saqueadores indecentes que no han de confundirse con los que toman, allí donde lo encuentran, lo necesario para su subsistencia. La diferencia estriba en la presencia personal e inmediata del prójimo, en la condición sensorial y palpable del dolor en el rostro o la angustia en el gesto asustado, en el temblor de las manos o en las lágrimas que no retiene el dique de la dignidad bien aprendida. Por eso nos conmueve la acción directa del paisano, tras el vecino inmediato, las voces que cantan juntas mientras trabajan en el doloroso desescombro.

Los que acusan de populismo a quiénes trabajan codo con codo o elevan su voz al unísono ignoran la potencia antigua de la dimensión antropológica de nuestra vida, que no ha podido abolir tanta ingeniería humana. A esa distancia, la mentira pierde su fuerza y el tortuoso comentarista que quisiera poner a su servicio un gesto o una imagen corre el riesgo de perder la vida convenientemente apaleado. “Sólo el pueblo salva al pueblo” es una consigna que quieren estigmatizar los burócratas de una democracia de poblaciones o de muchedumbres administradas. Democracia sin pueblo, sin patria, sin nación, para expertos en multitudes de individuos o gestores de magnitudes, que se reservan la verdadera interpretación de los datos que ellos mismos declaran.

Ante los muertos y los desamparados brilla sin distorsión la luz de la verdad. Sólo alejándonos por interposición de discursos y pantallas puede oscurecerse la potencia de la realidad. Pensemos con severa tranquilidad cómo podemos, si es que podemos, deshacernos del yugo mendaz de técnicos y administradores y construir la vida común de los que cantan juntos porque trabajan juntos, los únicos que ofrecen su mano mutuamente cuando nos llega el agua al cuello. ¿Sería posible una política que defienda el bien común, frente a los amigos tanto de lo público, cuanto de lo privado? Sólo así podríamos deshacernos de estos grandísimos… Dios bendiga a los que trabajan juntos y se abrazan, compartiendo su dolor, cada mañana.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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