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NI TRUMP NI HARRIS

miércoles 06 de noviembre de 2024, 11:46h
“Jamás votaré a un político como Trump. Es un energúmeno. Pero tampoco puedo votar a una mujer...

“Jamás votaré a un político como Trump. Es un energúmeno. Pero tampoco puedo votar a una mujer mediocre de insufrible sonrisa permanente”, me dijo el pasado domingo desde Nueva York, William Spencer, Gillermín para los amigos españoles. Es un estadounidense medio, hombre de negocios de exportación e importación, inteligente y moderado, admirador rendido de Juan Carlos I.

La democracia en Estados Unidos ha producido, nada menos que para la elección presidencial, a dos personas para muchos rechazables. Donald Trump está acusado por la Justicia, es intemperante y agresivo y ha llegado a afirmar que los inmigrantes se comen las mascotas de los estadounidenses, perros, gatos, tortugas y pájaros.

La pobre Kamala Harris ha sido una vicepresidenta inexistente No ha hecho casi nada y la circunstancia de la ancianidad sobrevenida de Biden la ha colocado en el disparadero. Durante tres meses se ha dedicado a sonreír, a vestirse de presidenta y a dar saltitos de alegría.

El problema es que Estados Unidos sigue siendo la primera potencia del planeta, tanto militar como económicamente, y que la presidencia de esa nación incide no sólo sobre el tercer mundo, sino también sobre la Europa desarrollada. Confiemos en que las tablas hayan moderado a Trump y que no conduzca al mundo hasta los bordes del abismo. Para muchos estadounidenses, la moderación y la prudencia son incompatibles con la psicología trumpista. Pero la política modifica a veces de forma insospechada a los personajes. Aunque con esperanzas escasas, pienso que los líderes occidentales deben esforzarse por mantener a Donald Trump en los cauces internacionales de la paz y el sosiego, evitando que su egolatría los desborde. Son pocos los que creen en la modificación de conducta del reelegido presidente de los Estados Unidos de América. Pero habrá que aferrarse a la edad avanzada de Trump y al buen sentido del pueblo estadounidense que ha elegido entre dos males y lo ha hecho, en muchos casos, tapándose las narices para evitar el mal olor de experiencias pasadas.