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TRIBUNA

El Tostado

viernes 08 de noviembre de 2024, 19:12h
Actualizado el: 08 de noviembre de 2024, 20:27h

Escribes más que el Tostado, pares más que una coneja, me dicen como si me hubieran descubierto en pleno adulterio. Alonso Fernández de Madrigal, el Tostado (1410-1455), fue académico, escritor y obispo de Ávila, en cuya catedral se halla enterrado con suntuoso sepulcro a la vez retablo y altar. Curiosamente estudió en la Universidad de Salamanca y además -como yo mismo más de cinco siglos después- en el Colegio Mayor de San Bartolomé, regentando luego las cátedras de Artes, de Filosofía moral, de Poesía y de Biblia, pues sabía latín, griego y hebreo, un kit cultural envidiable no siendo un docto sumiso, sino que en época peligrosa e inquisitorial se atrevió a oponerse a la superioridad del dictatus Papae en lo relativo a la hermenéutica bíblica como criterio de autoridad. Dedicó también a la reina el Libro de las paradoxas inspirado en otra obra de Cicerón, sobre las contradicciones que encuentra en las denominaciones usadas en la Biblia, que resuelve aplicando los cuatro sentidos de la hermenéutica escolástica medieval: sobre Jesucristo como león; como cordero; como serpiente; y como águila. Su ingente obra latina ocupó quince grandes volúmenes en la edición veneciana publicada entre 1507 y 1530, que he tenido la suerte de ojearla una tarde entera y parte de la noche sentado en sus aposentos.

Mi culpa supera (humildemente o no) en extensión veinte veces la suya, si bien es verdad que el Tostado vivió como Mounier tan sólo 45 años. Seguramente sentía como yo mismo, al poner punto final a un escrito, por modesto que fuere, que es mi deber regalarlo, mi complacencia revivirlo, mi pasión compasionarlo, y mi asombro esperanzarlo sabiendo al mismo tiempo que todo está por hacer. En la corte de los faraones, farolero, tú que vas un poquito alumbrao, deja el siguiente farol apagao.

Una lectora me escribe: “al leerle parece un escritor mayor, una persona que quiere acompañar y dejar el legado de su sabiduría, sus libros son para acompañar a maestros, a sanitarios, a sacerdotes, a luchadores. Por eso hay que leerle despacio, descansando de vez en cuando”. Este juicio me retrata bastante; quien lo ha emitido parece conocer mi alma. Sin embargo, autores semejantes cansamos a la gente acostumbrada a lo rápido, por lo cual nunca seremos bestsellers: un gran clásico es un hombre del que se puede hacer el elogio sin haberlo leído. Mis libros valen más de lo que se está dispuesto a pagar por ellos, aunque siempre haya alguien que pueda hacerlo un poco peor y venderlo un poco más barato. Pero es bueno un gran número de lectores, es mejor un cierto número de relectores, eso al menos consuela. Al fin y al cabo mis libros tienen los mismos enemigos que el hombre: el fuego, la humedad, los bichos, el tiempo y su propio contenido.

En realidad, no hay viento favorable para el escritor ni para el lector si ambos no saben a dónde van; de querer saber a creer que se sabe va la distancia de lo trágico a lo cómico y, metidos en esto último, lo importante no es saber, sino tener el número del que sabe, un hombre inteligente sabe ser tan inteligente como para contratar gente más inteligente y escribir a mansalva. Hoy todo es aprenda ruso en una semana, razón por la cual un error es tanto más peligroso cuanto mayor sea la verdad que contiene, siendo la universidad el espejo donde se refleja la derrota de nuestro sistema cultural. Asno eres y asno has de ser, Sancho. Mucho dinero y poca educación, la peor combinación. Aunque la sabiduría consiste en no rebasar el límite, en Academia no siempre otorga el inteligente que calla, a veces simplemente no quiere discutir con cántaros vacíos y ruidosos.

Pensar, leer, escribir, es el trabajo más difícil que existe, razón por la cual hay tan pocas personas que lo practiquen, pero actuar según se piensa es aún más difícil. Sea como fuere, hay mucho que saber, es poco el vivir, y no se vive si no se sabe vivir. La sabiduría sabe lo que sabe con profundidad y comprende con profundidad lo que no se sabe: saber que se sabe lo que se sabe y que no se sabe lo que no se sabe, he aquí el verdadero saber. Aunque la ciencia no nos haya enseñado aún si la locura es o no lo más sublime de la inteligencia, la claridad es al menos el ornamento de los pensamientos profundos. Salvador Seguí, el Noi del Sucre, que no pasó de la escuela primaria, lo tenía muy claro: “hay que leer mucho y discutir más para que, cuando llegue el momento de traducir en realidades todas estas cosas, nos encuentren suficientemente preparados. Mientras no se eduque al pueblo no se podrá hablar de verdadera emancipación, y sostener lo contrario es engañarse o engañar a los demás… Para mí los pensadores grandes han sido Aristóteles, Descartes, Kant, Nietzsche, Montaigne, Rousseau, Gracián”. Y esto lo decía un pintor de brocha gorda que permaneció largas temporadas en la cárcel. El suyo no fue un caso único; a las nueve de la noche se reunían los obreros hasta altas horas de madrugada en sindicatos y ateneos para cursos, clases, redacción de folletos, gestiones contables. Cuando León Felipe salió al viento y a la mar, arrojado de la casa paterna, escribió: “hermano... tuya es la hacienda.../ La casa, el caballo y la pistola/ Mía es la voz antigua de la tierra/ Tú te quedas con todo/ Y me dejas desnudo y errante por el mundo/ Mas yo te dejo mudo, ¡mudo!/ ¿Y cómo vas a recoger el trigo/ y a alimentar el fuego/ si yo me llevo la canción?”.

Así que, para no desfallecer hay que mantener en alto el gladio del humor y seguir en la brecha: a) Todo escritor que diga que ha sido comido por un lobo es un mentiroso; fuera de eso, no hay más que una manera de descubrir si un escritor es o no honesto, preguntándoselo: si dice que sí, no lo es. La mejor política es decir siempre la verdad, a no ser que seamos unos mentirosos excepcionalmente buenos. Y, como creo lo que invento, no me parece que miento. b) Nuestros libros son un completo éxito, pero los lectores se aburren; excelentes nuestras obras, pero un desastre los lectores. Nuestros decorados son hermosos, pero los actores se ponen delante; nuestra ópera es tan buena, que no necesita ni actores, y menos aún que otro le ponga música. c) Lo que pasa es que tenemos tan mala suerte como escritores, que si comprásemos un cementerio las gentes dejarían de morirse. Ni siquiera los condones son completamente seguros; un escritor y sin embargo amigo nuestro llevaba uno puesto y le atropelló allí mismo un autobús. Por compensación, algo mejoramos en la clase de golf: cada vez le damos a menos espectadores. d) Aunque todos los editores rechazasen nuestros excelentes libros, seguiríamos escribiendo para la posterioridad, así no cometeríamos el error equivocado. e) Una contemplación tan intensa de nuestro propio ingenio podría socavar nuestra salud, así que a tuerto o a derecho, nuestra casa hasta el techo. f) Cuando dudo severamente de la máxima de Plinio el Viejo “no hay libro tan malo que no tenga algo bueno”, solemnizo ante el espejo: “¿pero cómo me puede hacer Dios esto a mí, después de todo lo que yo he hecho por Él?” Y si la declamación falla, entonces proclamo: “¡Yo soy un buen escritor, porque Dios no hace tonterías!”. g) A veces la poca vista nos juega malas pasadas: si alguno de los ocupantes de las filas del fondo no puede oír nuestra conferencia, de nada sirve que levante la mano, porque también somos miopes y estamos haciendo la dieta del pomelo, como de todo, menos pomelos. h) La cosa no mejora con tres. Dos plumíferos que se reúnen para escribir un libro son igual que tres personas que se reúnen para tener un bebé, uno de ellos sobra. i) Estos son nuestros principios y, ya sabe, si no le gustan tenemos otros. j) Para llegar a diez nos falta otro, pero no debe ser demasiado importante porque se nos ha olvidado. Por si acaso, el secreto de mantenerse joven es vivir con honestidad, comer lentamente, y mentir respecto de la edad. Para los fumadores empedernidos también tengo receta: no me importa que fume en esta habitación, si a usted tampoco le importa que le vomite encima. Y a seguir.

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