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Una amante …

Montse Fernández Crespo
viernes 21 de noviembre de 2008, 22:00h
Siempre espera. Nunca plantea.
Prepara citas, con entrega. Va de compras, estrena.
No la está permitido quejarse de las ausencias, de la carencia.
Aprender. Conocer los gustos del contrario. Esforzarse para darlo todo en unas horas.
Cálida, acogedora. Se la espera vital, por naturaleza.
Prohibida cualquier tipo de exigencia. No es merecedora.
No extrañar. No manifestar necesidad, ni penuria, ni urgencia.
Atenta a las señales. Interpretar con inconsciencia.
De belleza incómoda. Suave, húmeda y despierta
Su cuerpo es magia. Piel suave, las uñas cortas.
Psicóloga. De escucha atenta. Apacigua tormentos de alcoba.
Gran conversadora. Ingeniosa. Que sorprenda.
Inventa cuentos, historias rotas.
Guarda secretos. Lo que sucede esconde en su cabeza.
El corazón en la puerta. Racional en su estancia. Emocional en las otras.
Si se enamora, calla, no estorba.
Cuadra su agenda para asegurar la coincidencia.
Si surge la oportunidad, acude, sin pretextos.
No elude. Diseña estrategias.
Intuye, sagaz, más no lanza propuestas. Atiende. Suma al tiempo lo que le queda.
Con cierto grado de romanticismo. Que de vanidad envuelva a los que llegan.
Y por supuesto, no se enfada. Todo lo soporta.
Si siente melancolía, calla y aguarda. Enjuga lágrimas secas.
Lo celos quedan prohibidos. Las emociones sólo en la cabeza.
Discreta. Conoce nombres y viviendas ajenas.
Puede imaginar futuros inciertos. Planea aventuras en islas desiertas.
Derrocha estímulos. Un envío, una canción, una nota.
Aviva constantemente. Evita el hastío.
Forzada a crecer para no precipitarse en el olvido.

Y cuando la abandonan, aceptar que su vida, la que queda, retorna…
…. Y espera. Y mientras tanto, abre capítulos. Recuerda. Añora. Desea.

PD. Sin embargo, cuando el hombre hubo terminado, y poco tardó, y yacía muy, muy quieto, retrocediendo hacia el silencio, hacia una extraña e inmóvil distancia, hacia un punto situado mucho más allá de la percepción de Connie, ésta sintió que su corazón se echaba a llorar. Sentía que el hombre se alejaba, menguaba y la dejaba a ella allí como un guijarro en la playa. El hombre se retiraba, el espíritu del hombre la abandonaba. Y ella lo sabía. (D. H. Lawrence, El amante de Lady Chatterley)
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