El error al que pueden inducirnos los títulos de los libros es posible justificarlo de dos maneras. La primera y obvia, porque es irresistible dejarnos llevar por lo que nos dicen y la compra se acaba haciendo guiados a ciegas, sin leer las contracubiertas o querer averiguar más de quienes los escribieron. La segunda, por lo mismo y recibiendo la ayuda de la fotografía o pintura o composición que aparece en la cubierta. A todos nos ha pasado. Está bien que ocurra. Significa que desde la editorial se han esforzado con el marketing.
Si a lo anterior le sumamos que es el primer libro que leemos de su autoría, más riesgo se corre de estar expuestos a una decepción que puede intensificarse de no ser en absoluto de nuestro agrado su contenido. La sensación de pasmo nos invade, y aun así, uno puede elegir entre seguir leyendo por si dicho estado cambia —o no—, o abandonar toda esperanza.
Con el último libro de poemas de Juan Antonio Masoliver Ródenas se rompe ese pacto entre el lector y el autor desde la primera página. En el jardín del poema, que recoge visiones y recuerdos de la infancia en El Masnou, todas entonadas desde la evocación de un ‘idílico jardín sosegado y protegido’ que invita a la evocación y reencuentro con los deseos, temores, y demás etcétera de los ayeres tornadizos, según nos atrapa el texto de contracubierta —importante anzuelo—, debilita cualquier apetencia y cambia la miel en los labios, puesta por tan llamativa prescripción, por lo melifluo y rebosante de una subida de azúcar. Nada cuesta admitir, y sería sorprendente que alguien defendiera lo contrario, que es uno de los libros de poemas menos conseguidos en lo que llevamos de año, aun escapándose otros que no hayan obtenido el amparo y beneficio editorial con el que éste cuenta.
La infancia, a pesar de la intención rilkeana y seguramente sólo funcionando en sus versos, no es un paraíso que merezca un rescate y glorificación desde la perspectiva adulta. Considerarla patria conlleva un emponzoñamiento nostálgico del que es muy difícil curarse, además de una carga de cursilería y puerilidad de la que esta colección de poemas supone una notable y ruborizante muestra. Ya lo apuntaba, en el primer poema se asesta el golpe: ‘Y amo tanto a mi pueblo/ que cojo un tren que me lleve/ de Ocata a Ocata’, cuyo verso siguiente dice ‘Bebo una horchata’. Ante ese derroche de originalidad de rima, lo mejor es sentarse y dejarse llevar. Unos poemas más adelante: ‘Vi tanto amor/ aquella noche/ que todavía ahora,/ a plena luz del día,/ vivo en la oscuridad.’ ‘Mi corazón está/ tan ajeno a mí/ que no he podido encontrarlo.’ Dos más, hacia la mitad y final del libro respectivamente: ‘No la llamaban botijo/ por el estrepitoso volumen de su culo/ ni por la saliva de su boca/ al hablar,/ ella que hablaba mucho,/ ni por haber nacido en Argentona./ Botijo pese a sus manos de pianista,/ su cintura de princesa de cine,/ su voz de ruiseñor en primavera,/ frondosos el cabello y el pubis./ La llamaban así/ porque éste era su apellido.’ ‘Esto no es un poema,/ me dice,/ ni tú eres tú./ Me has dejado sola./ Deja de escribir/ y cuélgate de un árbol/ como Judas,/ por traicionarme a mí/ y a la poesía.’
Impactante. La sucesión de tópicos mal aprovechados, de sencilleces diáfanas pretendidas que no son más que imágenes burdas o zafias —esa insistencia en pubis frondosos o meones, a santo de qué o cómo de mal usados—, la reiteración del recurso que aclara que esto es un poema o que todo acaba en tal, lo lacrimógeno gratuito, son demasiados contras para un trabajo tan, afortunadamente, poco extenso pero tan bien editado, factor que no sé si escuece o intenta redimir. En cualquier caso, conviene recordar lo que decía aquella frase latina: ‘O callas o di algo que sea mejor que el silencio.’