Vamos para la quincena desde que el tifón y la lluvia se llevaron a los valencianos por delante. Si hubo aviso de la AEMET –que lo hubo–, para los dos era, para el Gobierno central y el autonómico, para entrambos, y a conocimiento de cualquier ciudadano todo ha llegado demasiado tarde, demasiado rápido y demasiado fácil e inopinado. Porque desde que vimos a los primeros ahogados estuvimos contando muertos, y a la tierra que sufrió a su clase política la miramos con compasión y prevención, porque cuando las barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a salvo de una dana. Moriremos o nos matarán los políticos, la burocracia, la incuria, los impuestos o la mediocridad de los profesionales que tienen que velar por la seguridad ciudadana. Todos sabemos ya que nadie nos protege y esa pesadumbre nos va a acompañar a partir de ahora. Al menos 214 vidas, decenas de anegados y enterrados en el lodo, pueblos enteros devastados y el Levante entero en pie de guerra, con toda la razón, mientras busca y les da santa sepultura a sus familiares.
La cadena de incompetencia impidió que familias enteras, niños y mayores, se pusiesen a salvo, porque los valencianos no sabían nada y la muerte les pilló por sorpresa. De manera que, desde hace unos días, asentamos este desamparo desde el día primero de la dana. Se engaña el que piense que hubiesen actuado de manera distinta en otra región de España, porque con la moneda de los cargos electos hemos todos de pagar esta imprudencia. Negarlo es absurdo y, consentirlo, imprudencia, rendición y resignación. Nos negamos el discurso de la democracia a nosotros mismos al elegir a los antigobernantes y ahora queremos quitarles alcurnias arrojándoles barro durante la visita del médico, cuando les hemos dado permiso con nuestro voto que instalen la enfermedad, la parálisis y la neglicencia entre nosotros.
La ola de solidaridad de los españoles ha conmovido al mundo entero, cuando Valencia y las regiones afectadas fueron abandonadas a su suerte. La sociedad gobernada ha estado muy por encima de sus ufanos gobernantes. Por eso el ciudadano solo espera al político, a la autoridad (in)competente, en Paiporta para darle de su jarabe democrático, porque el día de la catástrofe, cuando las alertas rojas meteorológicas se acumulaban desde el amanecer, ellos estaban por ahí, con su descarada preocupación, con algún SMS entre la vicepresidenta nacional, el presidente regional y la consejera catastrófica: vamos a enviarnos unos whastsapp mientras se hunden los valencianos, que es el contraste entre el político que vive en la inopia y el contribuyente que muere por pagarles un almuerzo con sobremesa en un restaurante y por ahí. La dana que llegó con el Día de los Fieles Difuntos adquirió pleno ensemble, una explosión de realidad que nos despertó de un dulce letargo del espejismo democrático y constitucional, porque tras este baile cómico de máscaras, la naturaleza se ha cobrado su tributo macabro sin terminar de dispersar altiveces ni arrogancias, la venganza contra gobernantes ineptos que no dimiten con el sacrificio poblacional.
La pandemia sacó a la palestra las costuras sociales de la España evolucionada y digital, y tras cuatro años, reconstruida la farsa teatral del “juntos saldremos más fuertes”, vuelve el auto sacramental de la Muerte con un suceso espeluznante que apenas puede contener la profunda crisis política que afrontamos cada día en España gracias a nuestras instituciones y nuestros gobernantes. Cuando en el lecho de muerte el vicario de Villanueva instaba a Francisco de Quevedo para que subsanase un olvido que había en su testamento, pues no había consignado suficientemente dinero para que su entierro fuese lujoso y con asistencia de músicos, el poeta respondió: “La música páguela quien la oyere”, y se dispuso a morir al punto. Es vergonzosa la querella política cuando Valencia espera una limosna. Y los papeles para las indemnizaciones de las Españas burócratas y eternas, donde se pierde el rastro de la compensación del Estado. Remedios que nos vienen sin remedio, porque no oséis levantar la mano contra los que mandan. Mientras, sus señorías siguen con el estribillo del “y tú más”. Los valencianos los vieron de cerca en Paiporta y les dan miedo de tan políticos que son.