La cúpula de Barceló y la envidia española
sábado 22 de noviembre de 2008, 00:29h
Los 20 millones de euros que ha costado la polémica cúpula de Miquel Barceló en la sede de las Naciones Unidas en Ginebra han dado más que hablar que el hecho de que España puede enorgullecerse de haber aportado una obra de arte emblemática a un organismo internacional. Puede objetarse que la obra del escultor mallorquín no vale semejante cantidad de dinero, pero entonces entraríamos en la eterna discusión de cuánto vale el arte. Incluso puede entenderse que haya quién considere que al montaje de Barceló –que algunos han bautizado en tono de chanza como “El gran gotelé”- no se le puede considerar una obra de arte. Pero entonces entraríamos en el terreno de qué es el arte y tendríamos que remontarnos a las vanguardias de principios del siglo XX para argumentar la discusión. Sin embargo, ninguna de estas cuestiones son en realidad el centro de la polémica que ha surgido en torno a este asunto.
Los más críticos con la obra han puesto el grito en el cielo porque el medio millón de los euros con los que se ha sufragado se han tomado de los fondos estatales destinados a la ayuda al desarrollo. Algún medio ha caído en la demagogia de comparar una foto dos niños moribundos de África con la de la cúpula, señalando que con ese dinero podrían haberse salvado. Sin entrar tampoco en la otra eterna cuestión de hasta dónde pueden aportar los Gobiernos para solucionar los problemas del tercer mundo, lo cierto es que si midiéramos nuestras decisiones por ese rasero, no podríamos llevar a cabo ninguna acción porque, reconozcámoslo, en distintas medidas, el derroche es el pan nuestro de cada día. De todas formas, tampoco ahí radica la cuestión.
Lo que subyace en la polémica es una vez más el tristemente tópico pecado de la envidia español. Perdemos el tiempo en ensañarnos con el dinero que se gasta tal o cuál político en un coche o en la reforma de su despacho, cuando lo cierto es que estos gastos son nimiedades en comparación con otros asuntos que sí son un auténtico coladero de euros públicos. Por ejemplo, nadie se atreve a levantar la voz y señalar el enorme gasto económico –sin contar el desgaste de imagen de cara al exterior- que supone para el erario público, el empeño de cada Gobierno autonómico en establecer pseudo embajadas en el extranjero para promocionarse en campañas que a nadie interesan y, lo que es peor, que nadie entiende. Resulta más sencillo descargar nuestras iras y nuestras envidias en detalles fáciles de comprender y más aún de criticar, que embarcarnos en una denuncia sesuda, razonada, que se defienda con argumentos que vayan más allá de la crítica de la alcahueta envidiosa.