El otro día volé desde Bali a Bangkok, que como todo el mundo piensa, están cerca la una de la otra. La geografía siempre ha sido ese saber cogido por alfileres que hasta en el trivial pursuit dispone de su quesito azul. Yo me recuerdo aprendiendo de memoria en mi tierna infancia todas las capitales del mundo para, años después, y al viajar por el planeta, darme cuenta de que todo aquello fue sólo fanfarria.
Quería decirles que el vuelo entre Bali –hemisferio sur, justo encima de Australia–, y Bangkok –en pleno sudeste asiático–, duró cuatro horas y cuarto cuando por razones terroristas nos tuvieron media horita dentro del avión antes de que despegara –la azafata comentó que el aeropuerto de Denpasar estaba colapsado– cuando el problema de volar no son sólo las horas enclaustrado sino todo el tiempo que debes utilizar para el viaje tanto por delante como por detrás. Y paso a explicarles con precisión de cirujano.
Vivo en Denpasar, capital de la isla balinesa, que ofrece tal insolencia en su tráfico rodado que los que optamos por la prevención salimos de casa tres horas y media antes. O sea, si el vuelo debió haber salido a las 15:30, yo me monté en el coche a las 12:00, cuando el aeropuerto dista de mi casa, según Google, en sólo 23 kilómetros.
Evidentemente, y con la lección bien aprendida de otros viajes, llegué a las 13:30, justo a tiempo de darles mi maleta y recoger mi tarjeta de embarque que me asignaba, por haber llegado casi el último, un asiento entre el pasillo y la ventanilla: mido metro noventa y voy mucho al baño. Después, ya saben, que si muestra la bolsa de mano a los de seguridad, que si saca el portátil, que si vacíate los bolsillos, que si pasa a través del arco de seguridad: ¡Dios, olvidé la moneda!; hasta que tras atravesar semejante berenjenal te sometes a otra prueba de fuego: el control de pasaportes.
Como aún no debo dinero al gobierno indonesio ni he cometido delito alguno, me sellaron rápido, permitiéndome esperar el citado vuelo dentro de ese cajón de sastre que son las terminales aeroportuarias, auténticos centros comerciales para violentos capitalistas. Y luego, al avión.
Tras esas cuatro horas y cuarto de vuelo más la media hora ignorados en la pista de despegue tocamos tierra en Bangkok, que para el que no lo sepa sólo se parece en un asunto clave a Denpasar, la capital de Bali: también su tráfico rodado es insultante. Además, era viernes y acababa de anochecer, y se mezclaban muchachada ávida de juerga, familias con ganas de escapadas de fin de semana y tipos como yo, que acababan de aterrizar en una de las nuevas capitales del mundo.
Ya en la parada de taxis de Don Mueang –que así se llama su viejo aeropuerto–, una turba de chinos y otra del resto del mundo esperábamos nuestro turno: hora y veinte minutos hasta que sonó mi número: el 081. Cuando al fin me asignaron taxista, otra hora y media, ya que bien entrada la noche de viernes, Bangkok, y como les decía, era un auténtico hervidero. Por lo que, en realidad, llegué a mi hotel, sumando horas, casi nueve horas después. Sí, casi nueve horas después de cerrar la maleta y besar a los tres gatos.
Y esa es la razón por la que tras ingerir alimentos y beberme dos Asahi caí rendido en la cama.
Pero la moraleja de toda esta historia, que a algunos les sonará, es que viajar es árido. Complejo. Cansino. Y que si con veinte años nada te afecta con cincuenta te molesta hasta que te recuerden que debes colocarte el cinturón durante el vuelo. “Se esperan turbulencias”, dijeron por megafonía.
Al día siguiente, como no podía ser de otro modo, me compré otro billete: esta vez a Chiang Rai. Porque sarna con gusto no pica.