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TRIBUNA

Paletos

miércoles 13 de noviembre de 2024, 18:47h

El pueblo americano, desobediente y maleducado como tantos pueblos, ha faltado el respeto a Taylor Swift y a Beyoncé. Ha rechazado a nuestra Kamala Harris, nos ha privado de sus risotadas dentonas – un poco a lo Isabel Pantoja-, de su talento genialoide, de ese salero que subrayaba sus intervenciones, conciso y agudo, entre Chesterton y Oscar Wilde. Ellos se lo pierden. Es doloroso que muchos latinos, bastantes mujeres y no pocos negros hayan dado la espalda a este sagaz y simpático prodigio de señora. No es sólo ignorancia, hay maldad: gente de bajos ingresos y estudios limitados, piensan que todo está muy caro y prefieren pagar menos impuestos. Tamaña injusticia ha sublevado y ensombrecido a nuestras televisiones, a todas. Les sobra la razón. Es duro aceptar que un anciano engreído se revuelva enrabietado cuando recibe un balazo en la oreja y anime a los suyos a luchar. Y encima gane. Qué lejos ese comportamiento endiosado del coraje cauteloso del mandatario español, cuando esquivó el palo de una escoba, reculó conejamente, el semblante ennoblecido por una sonrisa compasiva, y tuvo la delicadeza de tranquilizarnos de un modo lacónico y bizarro: “Yo estoy bien”. Suspiro de alivio; ni un ligero aviso de lumbalgia, gracias a Dios.

Pese al aturdimiento que provoca ser tratado de una manera cruel por quienes decidiste, víctima de un candor desenfadado y una precipitación notoria, que esos cabrones eran los tuyos, quiero pensar que Kamala se recupera sin prisas del desdichado revolcón. En este caso, de “gracias a Dios” nada, que ella trata a la divinidad con esa distante desenvoltura propia de las personas dueñas de una inteligencia superior y una visión tan ilustrada como ilustradora. Gracias a los dineros abundantes y altruistas de sus patrocinadores, por descontado; faltaría más, las penas con pan son menos.

Dentro de la rica variedad de nuestras televisiones se impone un denominador común: buscar la causa que explique tan gigantesca ingratitud por parte de los desfavorecidos. Los llamas a divertirse, a bailar alegremente, a empatizar. ¿Qué han hecho? Mosquearse y votar al otro. Un montón de analistas, preocupados y ansiosos por ayudar, se afanan con voluntad encomiable y humor agrio y justiciero. Aferrados a una sencillez hermosa pero errónea, suponen que si alguien escucha las canciones de Taylor Swift – y se las sabe todas, como nuestro comunicativo ministro de transportes- votará lo que le ordene el idolillo musical. No entienden que los pobres, con independencia del color de su piel, son de natural rencoroso: no les basta con ver disfrutar a las estrellas de Hollywood; mezquinos e insaciables, quieren algo para ellos. A mi entender sería un error atacar la moralidad del presidente electo. Desde la fachosfera pueden aducir que su hermano y su esposa no están imputados, y sacar a colación las picardías ingenuas de algunos de nuestros gobernantes más atrevidos y hedonistas. Hagan el favor de no confiar en los fachas, son muy puntillosos y están a la que salta. Cierto que la predecible nueva política exterior de los americanos será muy dañina: no descartemos que busque finalizar la guerra de Ucrania y amenace esa delicia intercultural concebida por los Ayatolas en Irán. Sin embargo, el objetivo no debería ser tumbar a Trump- desgraciadamente no está en nuestras manos- sino sostener a Kamala y aliviar la congoja de tantos excelentes comunicadores, de pronto huraños y desorientados. No podemos prescindir de la señora Harris, como si la Muchacha Maravilla se hubiese convertido en una muñecona desquiciada. No podemos cerrarle las puertas de nuestra muy abierta sociedad sólo por ser una perdedora y porque el populacho de nuevo ha dado pruebas de mal rollo. Y debemos recuperar el tono de las televisiones: sus informativos jugosos, imparciales y razonados, sus programas de entretenimiento, que nos instruyen además de distraernos, su publicidad colorida y copiosa, que viene a serenar el espíritu más atribulado.

Para levantar el árbol caído y sustraer a nuestros tertulianos de su pesimismo y estupor, propongo humildemente concederle el Premio Naranja a la señora Harris. Es algo fino, cariñoso, lo estrenó el actor José Luis López Vázquez. Un galardón para gente guay, por más que luego lo detentase Camilo Cela. Reconozco que la señora Von der Leyen lo merece asimismo, si bien Kamala es asunto prioritario. Nuestra Úrsula luce crecientemente entontecida, pero conserva su trabajo. A nuestra Kamala le va a durar el sofoco. Bajaba risueña del Olimpo a echarnos una mano y los mortales la han corrido a gorrazos. Necesita un desagravio ya. Los opinadores adalides de la operación saldrán debidamente restaurados, asomarán menos mohínos, acaso tan joviales como de costumbre. En cuanto a la criatura, sé que es poca cosa; lo mínimo para compensarla por la arrogancia y los desaires de tanto paleto.

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