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TRIBUNA

El silencio de las termitas

jueves 14 de noviembre de 2024, 19:53h

Es difícil imaginar una atmósfera más enrarecida, pero en España va a llegar el momento en que tengamos que respirar amoníaco. Es la política de guerra civil que no admite matices ni explicaciones. Es buscar cadáveres con la convicción de que serán arrojados sobre nosotros, porque la ira mueve las palas que quitan el barro que los sepultó o la ayuda se ofrece condicionada por negociaciones empercudidas.

Estamos en medio del juego diabólico de la propaganda que cuenta hoy con recursos incomparables. Nada es lo que parece: rostros lívidos que esconden una mueca de desprecio, figuras del agotamiento que no ocultan una intención criminal. Sólo es verdad la muerte y la miseria extrema, el miedo de los indefensos al asalto violento o al robo, sólo es verdad la soledad del superviviente o el dolor del que ha visto borrarse el horizonte y tiene que sufrir hoy esta asquerosa pululación de larvas.

Al horror ante el marasmo destructivo le sigue el rumor de las termitas que amenazan la supervivencia. Un constante murmullo con el que han de convivir heridos y arruinados, el constante aserrar de las pequeñas mandíbulas de una legión de homúnculos de la política.

Hubo hace ya algún tiempo quienes encontraban no una virtud, sino el fundamento de toda virtud en un cierto ensanchamiento del alma. Se llamaba magnanimidad a la nobleza de una actitud que permitía conceder sobre lo exigido, dar sin pedir y olvidar la medida de la propia responsabilidad ofreciendo el rostro si hiciera falta. Afrontar el desprecio y el asco reconociendo la improbable culpa, en favor del perdón que permite entregarse al prójimo y acoger sus manos entre las tuyas. Hoy nos gobiernan pusilánimes y disminuidos, incapaces y torcidos. Son menesterosos que se llenan la andorga de fatuidades y buscan el reconocimiento de un falso aplauso, bien abonado por agencias a su servicio. Desde quienes encuentran ocasión en las calles cubiertas de barro, en las que yacen cadáveres insepultos, hasta los que anteponen negocios políticos a la ruina de los gobernados.

Magnates diminutos con gestos de estreñido, señoritos del inframundo, miasmas parlamentarias y vociferantes a sueldo, ménades puritanas que deforman la gramática e ignoran la llaga ardiente de las familias devastadas. Griterío del termitero. Dormirás a la intemperie, cuando el frío de la madrugada cala los huesos, pero no dejarás de oír las vocecitas enfurecidas de los justicieros implacables, que piden la cabeza del antagonista y se señalan el pecho con actitud indignada. El pecho en el que habita la larva de la insidia y el odio al mundo.

Se visten del prójimo e impostan teatralmente una actitud popular, pero les delata siempre el hedor que desprende su piel tornasolada por bálsamos cosméticos y uncida de pomadas y lociones. Los delicados dedos de sus señorías no sirven para el trabajo, ni para el abrazo. Son manitas de lechón que aprietan botones, obedientes a sus respectivas tiranías o a los señores de su bandería. Unos engolan la voz erigiéndose en profetas de la mentira, otros fingen el llanto o se rasgan sus vestiduras parlamentarias con gestos trágicos mal ensayados en sus recámaras, donde les orientan consejeros de la mendacidad y otros expertos en imagen.

Sólo el silencio en el trabajo o el canto colectivo, que aúna el ritmo y comunica las almas que mueven los brazos, hará posible asumir el dolor inmenso de los que han perdido a tantos. Sólo el pueblo salva al pueblo. Y silencio, absoluto silencio en el termitero.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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