No es infrecuente que el paso de la historia contribuya a modelar la lectura de un libro, a definir su tono. Nadie parece dispuesto a leer hoy, ya en la tercera década del siglo XXI, Lolita de Nabokov como una atormentada historia de amor, por dar un ejemplo algo obvio. En el caso de la última novela de David Leavitt, A resguardo, este efecto parece haber sido contemplado por el autor. Ambientada en los meses inmediatamente posteriores a las elecciones de 2016, que llevaron por primera vez a Trump al poder, esta novela ‒publicada en inglés en 2020‒ podría haber sido leída, ahora, en noviembre de 2024, bien como una comedia ligera sobre las exageradas precauciones y temores de un grupo de liberales neoyorquinos de clase media alta ante lo que auguran como un declive irremontable de la democracia; bien como un relato cargado de humor negro que muestra, con sardónica ironía, cómo los sombríos presagios de esos liberales completamente desconectados de la realidad de las clases populares terminan quedándose cortos. La segunda victoria de Trump ‒apabullante y rotunda, desprovista esta vez del consuelo pírrico que acaso significaba poder culpar de todo a las trampas del colegio electoral‒ fuerza sin duda la segunda de estas lecturas. Y el tono es oscuro, aun en los momentos más hilarantes de esta novela que se lee de un solo trago (sí, amargo).
A resguardo nos cuenta, pues, algunos meses de vida en un grupo de neoyorquinos relativamente bien posicionados, centrados en la figura de Eva Lundquist. Obsesionada con la decoración, y entrada ya en la cincuentena, Eva oficia de anfitriona, junto a su bonachón y rico marido Bruce, para una camarilla de personajes vagamente vinculados con el mundo de la cultura: Min, su más leal acólita, que ha puesto un pie en todas las revistas encargadas de definir el buen gusto y, por tanto, en qué deberían gastar su dinero las damas que, como Eva, gozan de una generosa cuenta corriente y mucho tiempo libre; y Jake, su discreto decorador, con el que ha forjado una relación cuasi familiar tras largos años de servicio. Entre otros variopintos individuos ‒exeditores airados, eternos escritores en ciernes, gais cultos y con buena conversación a los que Eva paga para que cocinen sus espléndidas cenas, y cuyos nombres nadie retiene con claridad‒ que se pierden en el atrezo de la vida burguesa.
La novela posee un ritmo fuertemente centrado en los diálogos, extensos y polifónicos, que confieren gran dinamicidad a la narrativa, en especial una vez que, quizá ya pasada la primera mitad del libro, la identidad de los personajes se ve más asentada y el tono de sus intervenciones se despoja de una primera careta algo caricaturesca. El libro recuerda, así, una comedia de Oscar Wilde, sazonada con las claves de nuestro siglo y al servicio de un conflicto que nos es más cercano: digamos, la importancia de tener un amigo liberal adinerado en tiempos de incertidumbre.
Eva Lundquist personifica a ese liberal progresista que ha hecho del miedo su seña de identidad, y cuya única iniciativa política será, en consecuencia, vociferar a los cuatro vientos su condición de víctima. Así, en un momento de arrebato, y convencida de que de un momento a otro se verán forzados a emprender la huida, Eva decide comprar un apartamento de Venecia. No es un capricho, es una necesidad. O al menos de eso intentará convencer a su escéptico marido, siempre dispuesto a reprimir sus deseos para complacer los ajenos, como buen liberal paternalista. El conflicto extenderá sus grietas hasta alcanzar los cimientos que, aparentemente, los mantenían a salvo de la supuesta locura en que se había sumido el país.
La obsesión de Eva y su círculo de amistades por la decoración es sintomática del criterio que, en general, rige la vida social de Eva: el decoro. No le gusta la gordura, ni los detalles escabrosos en las conversaciones, ni, por cierto, Trump o el trumpismo, por motivos que nunca llegan a diferenciarse del todo de un rechazo puramente estético. En los albores del fascismo, Walter Benjamin diagnosticó la nefasta estetización de la política, que se manifestaba en las histriónicas diatribas de Hitler y Mussolini, y de la que se hace eco Trump también en sus mítines, cuando, al margen de trivialidades como la verdad o la falsedad, apunta a tocar una hebra en las emociones del electorado. A resguardo sugiere, creo yo, otro modo en que dicha estetización se manifiesta, no ya como la estrategia comunicativa del líder, sino como un criterio interiorizado en el propio juicio político de los votantes, incluso de aquellos que, por sus circunstancias, han tenido ocasión de estar mejor informados.
Por cierto, si nos movemos entre el rechazo que acaso nos despierte el seguidor medio de Trump, con sus gritos, sus ropas coloridas y sus gorras cargadas de lemas mesiánico-nacionalistas, y el que nos puede despertar ese narcisismo del liberal de clase media alta, nos quedaremos en cierto impasse ideológico o político. Leavitt, sin embargo, construye gradualmente una salida. El atrezo humano que Eva se limita a aceptar o rechazar irá poco a poco pasando a primer plano: sujetos de un drama propio que, al tiempo que disuelve el tono humorístico del libro, nos saca de ese impasse, y nos devuelve, en cierto modo, la posibilidad de la empatía.