Si alguien, de verdad, desea averiguar la verdadera expansión del imperio cultural/culinario español, que preste atención a esta columna. Porque no es que no sea oro todo lo que reluce, sino que en realidad, nuestra dieta mediterránea –realmente momentos de fiesta a espuertas que algunas veces acaban con comensales infartados–, vinos variados y tostadas con tomate restregado, escasamente traspasan nuestras fronteras, y cuando lo hacen, es de manera insignificante. Y por mucho que pensemos que el mundo está equivocado y nosotros tenemos el poder de la verdad, hoy día ni las tapas, ni la paella, ni el aceite de oliva, ni la monastrell, ni los fabulosos jereces dejan de ser, para el mundo, la cara b de un vinilo, que además, está algo rayado.
El otro día, en la terciaria ciudad tailandesa de Chiang Rai, donde el turista escasea en comparación con Málaga, Mallorca o Niza, me topé con uno de esos pub irlandeses, donde aparte de servir su clásica cerveza negra Guinness, también ejercen de punto de encuentro para extranjeros y chicas con atracciones entre occidentales y capitalistas. ¿Acaso se sirve allí tempranillo patrio o paellas de conejo? Para nada. A lo sumo, huevos con beicon, salchichas de siete tipos, hamburguesas sin fin, nachos previamente descongelados, y salsas y todas esos mejunjes que pervierten tanto al corazón como al paladar. Pero bueno, ese era el bar más animoso –o sea, el más exitoso– de una zona, junto a la estación de autobuses, plagada de turistas. Y como en Chiang Rai, en la inmensa mayoría de ciudades de este mundo que aún no saben ni qué es el ajoblanco ni mucho menos el Cabrales cuando un Burdeos acapara todas las listas de vino y un Rioja muy pocas veces.
Y entonces ahí me puse a pensar: ¿por qué no existen bares españoles como franquicias por el mundo, de esos con la tragaperras, el tapero repleto de ensaladilla rusa y torreznos y la tele a todo volumen, donde se sirven grandes menús cocinados como lo hacían nuestras abuelas y copas de vino tinto hasta el límite de la capacidad del vaso? Pues muy fácil: porque no le gusta a la gente. Y porque nuestra idea de vivir bien se desmorona al rebasar los Pirineos o pillarnos un barco a Tánger. Como si los supuestos superpoderes de la cocina española perdieran toda su fuerza al llegar a Luxemburgo.
Claro que lo que sí lleva décadas recorriendo el mundo desde que, al menos, yo comencé a ser persona, son cadenas de hamburgueserías americanas, bares irlandeses e ingleses donde uno se alcoholiza siempre sin temor a ser reprendido, además de pizzerías varias y espacios donde el sushi se vende a toneladas, cuando otro asunto muy a tener en cuenta es el de los hoteles de cinco estrellas –y de cuatro, y de tres– que en cientos de miles, pertenecen al status quo de la inmensa mayoría de países de este mundo. Porque otro de los grandes fracasos de la dieta mediterránea –que en realidad, no sigue ni el 20% de la propia población española, asociada al Telepizza y al Burger King mucho más que al cocido madrileño o al gazpacho–, es que el lujoso pan con tomate y aceite –pa amb tomàquet– no lo copian, siquiera, los de Teruel, provincia colindante, cuando en los desayunos de esas compañías que cotizan en bolsa sólo huevos revueltos o fritos sobre una plancha, además de judías con tomate sacadas de una lata o cruasanes que demuestran que cocina francesa, mal que nos pese, sí supo internacionalizarse. Que uno se pide un bocadillo en Arkansas, y en vez de tomate untado, lo que hay es mayonesa a mansalva, y de la pésima. Y sí, esas bocadillerías, como los McDonald’s, recorren el mundo entero, ganando dinero a mansalva en, por ejemplo, Paraguay, además de en todos y cada uno de los aeropuertos importantes de este mundo.
¿La paella y las tapas son conocidas fuera de España? Evidentemente. Como lo son los arenques noruegos o las patatas fritas con kétchup –sí, les aseguro que es la ración habitual en un bar irlandés–. Porque el mayor fracaso de la cocina española es su inmensa incapacidad para poder cruzar fronteras, ya sea en forma de moda o de franquicias. Porque no existen las arrocerías como sí las pizzerías; porque por cada bar de tapas hay setecientos –y sin exagerar– de sushi. Y porque, y por mucho que nos duela, un pub irlandés es mucho más importante que un bar de vinos patrios.
Durante mi pasado hostelero me di cuenta de que en los hoteles de cinco estrellas de cualquier país del mundo sus Chefs Ejecutivos rara vez eran españoles, cuando en su mayoría lo eran: alemanes, británicos, australianos, americanos, holandeses. Sí, como les cuento: países sin tradición gastronómica que sí saben dirigir un mamotreto repleto de puntos de venta. Si Daviz Muñoz es el mejor Chef del mundo –cosa que ni pongo en duda– no hay capacidad entre el inmenso pelotón de cocineros españoles para dirigir simples hoteles de multinacionales. Porque algo nos falla. Desde tiempos inmemoriales.
Y yo planteo, tras la crítica, una solución: dejar de mirarnos el ombligo y transformar lo que nos gusta en lo que les guste a ellos. Porque de otra manera sólo seremos la broma cada quince días de 90 millones de turistas que nos visitan, y que cuando regresan a sus casas si es que no han saltado a la piscina en Calviá desde un doceavo y han aterrizado junto al bordillo con la nuca, les suda las ingles el tempranillo, la arbequina, el palo cortado, la tortilla de patatas y la crema catalana.
Porque en realidad somos muchos menos de lo que nos creemos. Tristemente. Y hasta que no haya más marisquerías gallegas que pizzerías en Toronto o la tortilla de patatas sea obligatoria en cualquier menú del mundo, como lo es la ensalada de mozzarella o el fish ’n’ chips, no seremos más que la eterna promesa del Madrid (o del Barça) que con 32 años sigue de suplente en el Mallorca.
Porque España es el único país en el que convence más un bar clásico en un tanatorio que en el barrio tokiota de Ginza. Porque nuestro horizonte, en el fondo, es el pueblo de al lado.