Durante tres días (22-24) de octubre pasado se ha celebrado en la ciudad rusa de Kazañ – la capital de la República Autónoma de Tatarstán – la XVI Cumbre del BRICS, una asociación de los países emergentes, creada hace 15 años, por cuatro países: BRASIL, RUSIA, INDIA Y CHINA, con la posterior incorporación de la África del Sur. Las iniciales de estos cinco países, finalmente, dieron el nombre (acrónimo) de “BRICS” a ese foro político y económico, nacido, según sus creadores, como alternativa al G7, integrado por los países más desarrollados del mundo.
Con el tiempo, más y más países en vías de desarrollo, o como se los denominaban entonces los países del “tercer mundo”, se acercaban al BRICS, ampliando su núcleo principal y formando también un grupo de los miembros “asociados”.
Algunos de estos países habían experimentado durante estos 15 años unos importantes progresos económicos que les servían de una carta de presentación para asociarse con aquellos miembros que ya estaban formando el BRICS. La cumbre de Kazañ resultó ser a la que más países habían asistido, siendo Rusia el país anfitrión y el principal promotor y organizador de este evento internacional.
El proyecto “BRICS” desde un principio fue ideado por Putin, quien después de la desaparición de la URSS, que había tenido una enorme influencia económica, política e ideológica entre la inmensa mayoría de los países tercermundistas, pensaba recuperarla, ya que su antecesor, el primer presidente de la “nueva” Rusia democrática, Boris Yeltsin, había abandonado la política “soviética“ orientada al dominio en el “tercer mundo” con el fin de enfrentarlo con el “primer mundo” formado por las democracias occidentales. .
Si vemos qué países forman parte o aspiran a ser en un futuro miembros del actual BRICS (a la cumbre en Kazañ habían venido los representantes de los 36 países, y unos 30 de ellos, según Putin, habían expresado su deseo de integrase al Club), nos daremos cuenta de que casi todo son prácticamente los mismos que en su momento, en la época de la influencia soviética, pertenecían a los países “no alineados” o de “la liberación nacional”, en Asía, África, Oriente, América Latina. Son Brasil, China, Egipto, Emiratos Árabes, Etiopia, India, Irán, Sudáfrica, Argelia, Bolivia, Cuba, Indonesia, Nigeria, Tailandia, Uganda, Turquía, Vietnam… Y, curiosamente, prácticamente todos (menos China), siguen siendo los países “en vías de desarrollo”, y ninguno había alcanzado durante el tiempo transcurrido el nivel de vida, de libertades y del bienestar social que tienen los países democráticos occidentales, así llamado “el primer mundo”.
Y ¿Por qué? – preguntará el lector.
Por varios motivos. Y uno de ellos, quizás el principal, es que todos estos países, salvo una rara excepción, son los países con unos regímenes totalitarios, dictatoriales, autoritarios, autocráticos, con altísimo nivel de corrupción y el pisoteo de los derechos humanos, lo que frena enormemente el desarrollo económico de estos países.
Hay que recordar que aquella política de la URSS de agrupar a todos los países del “tercer mundo” para enfrentarlos con el mundo occidental, capitaneado por los EE.UU, fracasó por completo. Muchos países en vías de desarrollo, viendo que el seguimiento del modelo socialista soviético no los llevaba a un desarrollo de verdad, sino a un estancamiento económico, al hambre y a una pobreza crónica, han preferido dar la vuelta a sus políticas pro-soviéticas y acercarse al próspero y pujante mundo occidental. Para ello estaban entablando con los países “capitalistas” unas relaciones comerciales y de cooperación, intentando, en lo posible, ir copiando el modelo económico occidental, basado en la economía libre de mercado.
Esto les obligaba a realizar unas reformas liberalizadoras en sus métodos y formas de producción e, incluso, en sus autoritarios sistemas políticos, introduciendo ciertos elementos de las estructuras democráticas occidentales. Se alejaron de la órbita soviética países como China (una de las primeras), India, México, Brasil, Egipto y algunos más.
La envergadura de las medidas liberalizadoras, según cada país, fue distinta. China siguió el patrón político autoritario comunista, con el único partido comunista en el poder. México profundizaba en el sistema democrático representativo multipartidista. También Brasil y, en cierto modo, India.
Hay que subrayar que EE.UU y sus aliados europeos ofrecieron unas considerables ayudas a los países que habían elegido el camino capitalista y no socialista para su desarrollo económico e industrial. Les suministraban las tecnologías avanzadas, hicieron grandes inversiones en sus economías, desplazaron fábricas enteras desde sus propios territorios a los suyos. Las relaciones resultaron beneficiosas para todas las partes.
Los occidentales estaban produciendo en los países terceros con unos costes menores que en sus fábricas matrices, aprovechando la mano de obra más barata y otras ventajas que les proporcionaban autoridades locales del “ultramar”. A cambio, en los países en vías de desarrollo se organizaban sus “propias” industrias, se creaban puestos de trabajo, se formaban empresarios y la élite económica e industrial propias, el mercado interior se llenaba de los artículos y productos que antes no existían y los que había que importar, gastando las pocas divisas que se encontraban en las arcas estatales. Por otro lado, la producción a base de las modernas tecnologías, proporcionadas por los socios occidentales, permitía a estos países exportar sus fabricados, obteniendo las divisas para utilizarlas en la adquisición de la maquinaria y de las mercancías que escaseaban en sus propios países.
Esta colaboración entre los países occidentales y los de “en vías de desarrollo” han permitido a los segundos crecer económicamente muy considerablemente. Desde los años 90 (del siglo pasado), cuando había empezado esta colaboración entre los países occidentales y los del tercer mundo (hoy llamados “países emergentes” o el “Sur Global”), el PIB del Sur Global creció del 19% del PIB mundial de entonces al 42% del PIB mundial actual (datos al año 2022).
Pero en un determinado momento, hace aproximadamente 10 años, los países occidentales, llamados actualmente el “Norte Global”, empezaron a sentir los efectos negativos de esta cooperación. El Norte Global, trasladando sus núcleos de producción hacia los países emergentes, reducía los puestos de trabajo en sus propios países lo que estaba creando las tensiones sociales. Los bajos costes de producción en los países emergentes, que fue un gran atractivo para los empresarios occidentales a la hora de instalar sus fábricas en el Sur Global, empezaban a ser ya no tan atractivos por el crecimiento de los gastos del transporte (las tensiones en las rutas marítimas a causa de los conflictos locales, de la piratería internacional y de otros peligros a la libre navegación) de los productos fabricados en los países como China hacia los países occidentales que los consumían.
Además, algunos productos se dejaron de producirse por completo en el Norte Global por haber sido trasladada su producción al Sur Global, lo que estaba creando una enorme dependencia del Norte Global del Sur Global, que en el momento de una crisis se convertía en un tema de la “seguridad” de abastecimiento para el Norte Global. Justo lo que ocurrió durante la pandemia del COVID-19, cuando se descubrió que los países occidentales no tenían suficiente capacidad de producir las mascarillas y todo tipo de productos y aparatos médico-sanitarios, ya que toda su producción fue desplazada a los países del Sur Global, principalmente a China.
Por otro lado, los países del Sur Global empezaron a practicar una competencia desleal con los del Norte Global, subvencionando sus producciones y manipulando los cambios de sus divisas nacionales frente al dólar norteamericano, a fin de abaratar sus exportaciones, lo que perjudicaba a los productores de los mismos productos en el Norte Global. El primero quien había lanzado la voz de alarma y empezó a tomar medidas de “protección” fue el presidente norteamericano Donald Trump durante su primer mandato (2016 – 2020).
Toda esta política de desinversión por parte de los países occidentales (“inshoring” o “reshoring”, como la llaman economistas) resultó ser un golpe muy sensible para los países del Sur Global. Se ponía en peligro la tan provechosa para ellos la colaboración con los países occidentales. Por tanto, la reacción de la gran mayoría de ellos fue buscar cierta defensa “colectiva”, agrupándose en una alianza económica, tipo BRICS, para oponerse conjuntamente al Norte Global y su respectiva alianza el G7, creando su propia divisa, su propio sistema de transferencia de dinero (tipo el SWIFT actual), hasta declarar la guerra comercial al Norte Global si este no rectifique y no deje de invertir más en las economías del Sur Global.
Para Putin, este “enfriamiento” en la cooperación económica entre el Occidente y los países del tercer mundo le ha venido muy bien, ya que le ofrecía una buena ocasión para agrupar a todos estos países “enfadados” en un “Club de las parias de la tierra” para enfrentarlo de nuevo con el Occidente y sacar de ello un provecho político y económico, como en su momento lo estaba haciendo la URSS, comprando lealtades y ayudando a los países del tercer mundo en su lucha contra los “explotadores imperialistas capitalistas mundiales”.
La pregunta es: ¿Puede realmente el BRICS actual en un futuro llegar a un crecimiento y la fuerza económica capaces de competir e, incluso, superar a los países industriales del G7, como pronostican algunos expertos y analistas, repitiendo los postulados propagandísticos del Kremlin?
Vamos a analizar brevemente qué representa económicamente hoy en día BRIKS y cuáles son sus perspectivas.
En primer lugar “engaña” la grandilocuente cifra de unos 36-38 países que se proclaman socios, de una u otra forma, del BRICS. Porque del mencionado porcentaje del 42% del PIB mundial que corresponde actualmente al Sur Global, la parte leonina pertenece a solo DOS países: China (71%) e India (12,5%), o sea, el 84% de todo el PIB de BRICS. El restante 16% lo reparten más de 30 países. Incluso Rusia, con su 1,7% del PIB mundial, pinta muy poco, económicamente hablando. Para ella el BRICS es más que nada un instrumento político contra el Norte Global.
Otra característica común de los miembros del BRICS es que son países, a diferencia de los del G7, que no producen tecnologías puntas, sino que las importan de las grandes potencias occidentales, como EE.UU, Alemania, Gran Bretaña, Francia. Estos países, con sus universidades más prestigiosas, son unos centros de formación del personal más avanzado y cualificado del planeta, que atraen a los cerebros más privilegiados de otros países, incluso del tercer mundo, dándoles todas las facilidades para su formación y luego para el desarrollo de sus talentos en la ciencia, industria y otros sectores de la economía en los países más desarrollados.
Pocos de estos “cuadros” de la vanguardia tecnológica mundial eligen para su vida y trabajo a los países emergentes, la mayoría de los cuales, como ya se ha comentado, son unos regímenes totalitarios o autocráticos. Ellos prefieren a los países democráticos, con libertades y el respeto de los derechos humanos.
Por otro lado, para ser unos países punteros en la formación de la élite tecnocrática mundial, hace falta invertir grandes recursos en la enseñanza, investigación, desarrollo de los proyectos y de los inventos. Y muy pocos países, como ya los mencionados del G7, pueden permitirse este gasto tan elevado por falta de los medios, especialmente, en los países del tercer mundo.
Algunos países, como China, India, Arabia Saudí, Emiratos Árabes intentan crear sus propios centros de preparación y de captación de talentos, siendo unos países más ricos que los demás del Sur Global, y pueden destinar para estos fines fondos necesarios. Pero para alcanzar el nivel y la calidad, comparables con las instituciones norteamericanas y europeas, necesitarán mucho más tiempo, un empeño constante y unas grandes inversiones.
Por tanto, se puede predecir, con más o menos acierto, que los países emergentes seguirán dependiendo durante mucho tiempo del “consumo” de las tecnologías procedentes de los países más avanzados del G7, sin las cuales no podrán desarrollar sus economías. Esto les obligaría a jugar a dos bandos y no practicar una política de la ruptura y el enfrentamiento directo con el Norte Global, como lo pretende Putin y el presidente chino Xi Jinping, quien es el máximo líder en el BRICS, dado el peso económico de su país en esta organización.
Más aún, la propia China está altamente dependiente del comercio con los países occidentales, vendiéndoles sus productos y comprando las tecnologías punteras norteamericanas, inglesas, alemanas y de otros miembros del G7. La India, otro gran pilar del BRICS, también está interesada en mantener buenas relaciones comerciales con el Norte Global. Lo mismo Brasil y otros miembros del BRICS. Por tanto, a diferencia del G7, el BRICS difícilmente podrá tener una política económica común y bien consolidada, dada la enorme disparidad de los intereses económicos de sus socios.
Y no sólo económicos. Los miembros del BRICS forman un grupo de países muy poco homogéneo, con sistemas políticos, raíces culturales, religiosas y de otro tipo tan dispares – el abanico es amplísimo desde las democracias como India o Brasil hasta las dictaduras tan repugnantes como la comunista en Cuba y la teocrática en Irán –, que esto inevitablemente producirá grandes discrepancias dentro del propio bloque e impedirá las tomas de decisiones unánimes a la hora de la elaboración de una política común, tanto dentro como fuera del BRICS.
Hemos visto cómo en la reciente cumbre de la organización unos países vetaban a otros, algunos mandaron a las reuniones a sus máximos jefes, otros a los representantes de la segunda fila, hubo representantes que habían abandonado la cumbre sin esperar la celebración final de la misma y la presentación de un comunicado común sobre los resultados de las sesiones plenarias.
Y en cuanto a los resultados, ha habido mucho ruido, mucha propaganda y pocos logros concretos. Ni salió la decisión de crear su propia divisa, ni su propio sistema de pagos y transacciones comerciales. Todos los países del BRICS (menos Rusia, debido a las sanciones occidentales impuestas por su invasión militar en Ucrania) seguirán utilizando el sistema occidental SWIFT.
EL “Nuevo Banco de Desarrollo del BRICS” (que antes tenía el nombre de “Banco de Desarrollo del BRICS”) – creado en 2015 como una alternativa al Banco Mundial y al Fondo Monetario Internacional – ha tenido muy poca actividad durante los 9 años de su existencia. Posee de recursos más bien limitados y se caracteriza por fuertes rivalidades entre los socios a la hora de emitir los créditos y financiar los proyectos comunes. Un detalle peculiar: el banco está presidido por Dilma Rousseff, ex presidenta de Brasil, que tiene muy pocos conocimientos en temas bancarios y de la financiación internacional, acusada, cuando era presidenta de su país, de corrupción y del maquillaje de las cuentas fiscales estatales.
Como podemos ver, el BRICS está muy lejos de competir y de arrebatar a los países occidentales – agrupados en G7 y otros organismos internacionales – el dominio en la economía mundial, que es el objetivo principal de sus fundadores, especialmente de China, India y Rusia. Para Putin es también un refugio ante las sanciones económicas impuestas contra Rusia, por los países occidentales, como un castigo por su agresión contra Ucrania.
El BRICS, como ya he comentado, es una organización muy amorfa, frágil y con intereses contradictorios. Si los países occidentales que forman el Norte Global, prosigan una sabia y equilibrada política de ayuda y de cooperación económica con los países del Sur Global, potenciando al mismo tiempo en estos países unos cambios democráticos en sus sistemas políticos autocráticos y totalitarios, muchos de ellos podrían abandonar el BRICS y acercarse por completo al más productivo, más próspero y más rico el Norte Global.
Entonces, la suerte del BRICS, de esta “unión de los países totalitarios y de las parias de la economía mundial”, podría ser la misma – desaparecer por completo – como fue de aquel “movimiento de los países no alineados”, al cual la URSS, en los años 60 (del siglo pasado), había enfrentado con el mundo occidental en el marco de la Guerra Fría que se estaba librando entre dos Bloques.
Esto nos ayudaría evitar la nueva Guerra Fría, ahora entre el Norte Global y el Sur Global, que Putin está intentando de encender con la mecha de la “Guerra Caliente” en Ucrania.