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TRIBUNA

Francisco Nieva, escenógrafo

Martín-Miguel Rubio Esteban
sábado 23 de noviembre de 2024, 19:35h

El día 12 del presente mes, en la Sala de Cristal de los Teatros del Canal, a la siete de la tarde, se celebró una mesa redonda sobre “Francisco Nieva escenógrafo”, sin duda en el marco de los múltiples homenajes que se están produciendo en torno a Nieva en razón del Primer Centenario de su nacimiento. Fue interesante oír al pintor José Pedreira, que compartió la vida con Nieva durante más de treinta años y fue su ayudante de dirección, y a la manchega, como Nieva, Rosa García Andújar, diseñadora de los vestuarios de las últimas grandes obras de Paco. Lo demás, lo que pasa siempre en España, oportunistas que aprovechan el momento de homenajear a quien conocen muy poco para llevarse unos euros o engordar su ego pobre. Pedreira nos contó una anécdota que no conocíamos: la madre de Paco Nieva, estupenda pianista, para decir a su hijo quién había llegado a su casa preguntando por él, y del que se había olvidado el nombre, dibujaba su rostro en cualquier papel.

El genio artístico de Nieva nació en casa. También nos hizo un magnífico resumen de la gran carrera escenográfica de Francisco Nieva, desde que comenzase como escenógrafo en el Cine de los años cuarenta con apenas dieciocho años para mantener a su familia, compuesta por su madre viuda, un hermano más pequeño, que llegaría a ser un genio de la música, y la chica que los ayudaba y que llegó a ser alguien de la familia, como otra hermana. El fue quien realizó el decorado de la película El Clavo (1944), dirigida por Rafael Gil sobre un relato de Pedro Antonio de Alarcón. Tenía sólo 20 años, y los decorados de la película son magníficos y misteriosos, como toda escenografía nievana. Lo aprendió todo entonces del gran escenógrafo Enrique Alarcón, bajo cuyo pilotaje trabajaba. Todavía hoy nos impresionan los decorados que hiciese con sólo 20 años, y cuyo significado vanguardista aún no había conquistado del todo Europa.

En los años cincuenta cruzó Los Pirineos para residir en Francia durante diez años, y casarse allí, y luego en Berlín, Venecia, Leningrado, Londres…levantando siempre la escenografía de las grandes óperas y ballets. Los grandes directores de ópera, como Falsenstein, no se atrevían a levantar ninguna obra sin el concurso del gran Nieva como escenógrafo.

Tras regresar a España se convirtió en seguida en el más grande escenógrafo del panorama nacional. Realizó los decorados y los figurines de El zapato de raso, de Paul Claudel, con versión de Antonio Gala, música de Arthur Honneger y dirección de José Luis Alonso. La obra se representó en el Teatro Español la noche del 27 de abril de 1965, y llamó la atención su imaginería plástica y vestuario. Esa noche nacía en España un estilo nuevo, lujoso, brillante, imaginativo y fastuoso de la escenografía. También se encargó en 1969, con enorme éxito, del apartado escenográfico del Tartufo, de Molière, con dirección de Adolfo Marsillach, que convertía al Opus Dei en diana de sus dardos – en Molière era el jansenismo -. El propio Fraga protegió a la obra contra la censura.

Y a partir de 1970 será sobre todo el escenógrafo de sus propias obras, con algunos paréntesis como la puesta en escena, en 1997, con García Navarro, de La vida breve, de Manuel de Falla, con libreto de Carlos Fernández Shaw. Y Rosa García Andújar, magnífica diseñadora de vestuario, mujer de corazón e intuitiva para entender a la perfección los signos y señales caracteriológicos de los personajes nievanos y su ternura honda, nos habló de cómo viste la piel del alma de tales personajes una vez que los sabe interpretar. Y también de la libertad que le daba el genial artista a la hora de desarrollar su singular interpretación de las figuras visibles en que debería encarnar los personajes.

Ahora bien, yo creo que cuando el dramaturgo muere, y su potestad de otorgar libertad en la interpretación de las figuras desaparece, entonces el figurinista teatral esta a obligado a levantar la creación visual de los personajes con un mayor rigor en la exacta interpretación de las palabras del texto dramático, según lo que el personaje dice, lo que le dicen, su papel, época, lugar, etc. Por otro lado, a diferencia de la mayor parte de los genios del teatro, Nieva dibujó con meticulosidad la apariencia que debían tener la mayor parte de sus personajes, tal como recogen los dibujos para la escena del Museo Nacional del Teatro, en Almagro. Tenemos los dibujos de los personajes de Catalina del demonio, el alcalde Cebedeo y el torero Maraúña, en Coronada y el toro, el Cabriconde, en El baile de los ardientes, el endemoniado Pacheco y Florestán, en Manuscrito encontrado en Zaragoza, todos los personajes para Tórtolas, crepúsculo y…telón, las monjas y Porrerito en El rayo colgado, vestidos de la servidumbre para cualquiera de sus obras, personajes que salen varias veces, como Mr. Bashabille o Mr. Wilde, etc. Si los textos dramáticos del maestro Nieva constituyen una obra inmortal, su talento escenográfico estaba a la misma altura.

La mayor parte de las escenografías nievanas nos presentan un escenario un tanto arcaico y misterioso, como la atmósfera de un cuento, casi incompatible con la electricidad y las carreteras. La escenografía nievana funciona como un señuelo de lo maravilloso y de un suceso literario extraordinario. Esta escenografía está al servicio de la turbación y el sacudimiento. Aquí la historia no es sólo lo que se cuenta, sino el casi siempre romántico decorado con que se cuenta, un decorado que se aviene bien con lo apátrida hostil, contrario siempre a lo cotidiano feo y normal. Tampoco podemos olvidar, en relación con el figurinismo de los personajes, la vinculación estrecha que tuvo Nieva con los títeres. No hay que olvidar que antes de que existiera el actor, tanto en la Historia del Teatro, como en la biografía de Francisco Nieva, ya existía el muñeco, el ídolo articulado, el títere, los amalgámata neuropasta, las pupae, los autómatas y las marionetas.

Nieva sustituye a los muñecos de su imaginación por actores. Finalmente, lo mismo que en las “Fabulae Atellanae”, donde la obra se monta con tipos característicos de este género literario, como Maccus, Pappus, Bucco o Dossenus, o en la Commedia dell´arte, como Polichinela, Nieva también tiene personajes fijos con una estilización de marionetas, como pueden ser los niños, como Porrerito y Tomás – este último en La carroza de plomo candente, las madres cenagosas, muy presentes en bastantes de sus obras, o la pareja unánime o personaje doble, que vemos en personajes como Tudaño y Malanga, los hermanos Barrabás, fray Sumiso y fray Arrepiso, La Roja y La Blanca, Cariciana y Locosueño, o las turbadoras siamesas que van en un coche de punto. Su espectacular Teatro del privado horror está lleno de autómatas, androides, bavastells, monstruos, mitología legendaria, sombras chinescas, endriagos y prodigios, que devienen del teatro popular y de la inmensa erudición teatral de Francisco Nieva, suficientes para que los futuros escenógrafos, figurinistas y decoradores tengan suficientes referencias para su inspiración. La belleza y los monstruos pertenecen en Nieva a la misma sacralidad.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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