El enigma Lukoil
sábado 22 de noviembre de 2008, 21:28h
El intento de Gazprom por adquirir Repsol YPF, que siempre fue sospechosamente incierto a tenor de su capacidad financiera, ha dado lugar a la entrada de otra empresa petrolera rusa, esta privada. Se trata, claro está, de Lukoil, que ha levantado no poco revuelo en la política como en el mundo de la economía.
En principio nada cabe oponer al deseo de una empresa privada foránea de invertir en una española. En primer lugar porque es una decisión de sus legítimos dueños, que son los accionistas. En segundo lugar, porque afortunadamente vivimos en una economía abierta global y las fronteras se han caído para los capitales como debieran caerse asimismo para múltiples otras cosas. El rancio nacionalismo económico del que el Partido Popular está dando muestra nos recuerda a qué nivel se rebaja en ocasiones la política española. Va siendo hora que los políticos hispanohablantes entiendan que la mejor defensa que pueden hacer de sus ciudadanos es garantizar el funcionamiento de un mercado libre, con seguridad jurídica, reglas iguales para todos y sin injerencias ni arbitrariedades del ejecutivo: ni en el caso de ENDESA, ayer; ni en el de Repsol, hoy. Para comprobar que Repsol YPF podría beneficiarse de la entrada de este nuevo socio sólo tenemos que fijarnos en que, nada más saberse oficialmente las conversaciones de alguno de sus accionistas, el precio de las acciones subió. Ese refrendo es el que vale.
No obstante, sería aventurado decir que no hay ningún problema en la posible operación. Lukos es una empresa privada, sí, pero Rusia apenas es un Estado de Derecho con normas fijas y predecibles y resultados azarosos e imprevisibles. El poder del Kremlin está cerca de ser absoluto. La democracia rusa no está madura y el apabullante apoyo de la sociedad hacia Putin y su sucesor da carta de legitimación a casi cualquier atropello. Es innegable que apenas se puede concebir una gran empresa petrolera independiente del Gobierno.
Un Gobierno, además, que como ha demostrado en el pasado, considera la energía y, por tanto las empresas que la explotan, como meros instrumentos dentro de una estrategia geopolítica. No hablamos, pues, de compañías buscando obtener los máximos beneficios, abasteciendo aquello que el mercado pide al coste más bajo posible. Esa lógica, la del mercado, tiene como último fin las necesidades de la sociedad. Pero, si verdaderamente Lukoil, a pesar de su status privado, es una pieza de ajedrez en el tablero ruso, los consumidores españoles pasaríamos de ser el fin último a un medio más al servicio del Kremlin. Y ese resultado no estaba en el guión: cuando los ciudadanos españoles y sus gobiernos decidieron privatizar las grandes empresas estatales, la idea no era cambiar el estado español por otro extranjero.