La cacareada reforma fiscal aprobada en el Congreso no es más que una leyenda, un bulo, una escenificación más del Gobierno progresista que nunca fue. Porque del pacto entre el PSOE y Sumar al texto final que ha superado su primer trámite en el Hemiciclo hay un largo trecho. Los “socios” de la derecha vasca y catalana, PNV y Junts, por ejemplo, han introducido unas modificaciones que frenan en parte el hachazo fiscal a las energéticas. La pretensión de seguir esquilmando a las empresas que crean riqueza en España ha quedado muy matizada. Porque el impuesto no se aplicará con la contundencia que pretendían los partidos de izquierda.
Las empresas del sector en estas regiones obtendrán beneficios a través de los incentivos para la descarbonización, un truco de prestidigitador de los fontaneros de Sánchez para pretender que mantienen el impuesto, mientras que lo compensan por otro lado.
Mientras tanto, los socios a la izquierda del Gobierno se dejan engañar, aunque finjan indignación y negociaciones ‘in extremis’. Saben bien que su única oportunidad de prosperar está en quedarse al abrigo de la generosidad ‘sanchista’, que les regará de dinero público, prebendas y privilegios mientras les siga necesitando, y tragan con todo.
Por el mismo motivo, los impuestazos a los bienes de lujo, el diesel y los pisos turísticos también han decaído. Se mantiene el de la Banca, uno de los sectores más castigados por el 'sanchismo', a pesar de la capacidad que ha mostrado para ofrecer soluciones para la sociedad civil en crisis como la de la covid o la de la dana.
Como siempre, Pedro Sánchez ha cedido a todas las exigencias de sus socios de investidura con tal de aprobar la maldita reforma. Pues más que un plan económico, el presidente sólo atiende a un plan para enrocarse en el poder. Y necesitaba una victoria parlamentaria jaleada por sus voceros y los medios de comunicación adictos para amortiguar la deteriorada imagen de un Gobierno y un PSOE acorralado por los casos de corrupción que se investigan en los tribunales. Más aún, después de la bomba lanzada por Aldama desde la Audiencia Nacional.
Pero, ese efecto propagandístico es el único fruto que obtendrá el Gobierno de la chapucera reforma fiscal. La economía, sin embargo, sufrirá las consecuencias de unas medidas que supondrán una nueva muestra de la inseguridad jurídica a la que se enfrentan las empresas españolas.
De nuevo, Pedro Sánchez recurre “pan para hoy y hambre para mañana”. Gracias a la aprobación en el Congreso de la descafeinada reforma fiscal, hoy sigue atornillado a su poltrona en La Moncloa. Y mañana, España pagará con creces el batiburrillo de medidas contradictorias y perjudiciales para el bienestar de los españoles.