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TRIBUNA

En tierra de lobos

Juan José Vijuesca
miércoles 27 de noviembre de 2024, 18:38h

¡Cuán engañada tienen sus señorías a su propia alma, si es que la poseen! Mentiras continuadas bajo el nombre de chanchullos y tropelías. Y así, hasta nuestros días, pues el tiempo ha florecido en bellaquerías a cara descubierta y maléficos actos de grosería, tantos que al pobre se le estigmatiza azotándole hasta el último céntimo de su carestía.

Vengo a referirme a quienes ostentan cargo de Estado, léase Pedro Sánchez y sus acólitos, que han convertido España en un lugar cada vez más acostumbrado a lo corrosivo por la procacidad reinante. Llena está la poltrona de mendaces que repican como gorgojos idéntico relato traído por un maestro de ceremonias, más entregado al gozo imperial que al rigor de sus desdichas. Es lo que tiene quien aspira a ser señor de todo a costa de cualquier codicia o engendro. Mala cosa para quien pretenda que su alma sea bien tratada, pues de esta clase de personajes solo caben artimañas, quebrantos y patrañas.

De esta guisa se desfloran los días y el camino hacia la coherencia se vuelve contra el peregrino, que no es otro que uno mismo. Aquí estamos, abusando de la honradez que traemos de antiguo y de ello se valen los inmorales, los creadores del nuevo mundo e incluso hasta los mentirosos de nuevo cuño. Don Pedro se abanica sus perifollos, mientras que su corte de anejos inseparables aplaude y corteja con donaire la malsana costumbre de enaltecer a su caudillo, que, como es sabido, reparte premios y satisfacciones a domicilio.

Esta costumbre de hacer poder a costa del pueblo convierte en honras las reprobaciones populares, cuyos verbos en rebeldía hacia el personaje toman la calle por hastío. Mas no se inquieten, que todo está previsto y bajo control; nadie dimite ni siquiera por premiar al pudor como especie humana, pero es que en España aún se estila el derecho de pernada, bien sea vestido de corto como de sotana. Lo único que nos queda es la legalidad de encomendarse a la madre naturaleza para que nos guíe y proteja. Y de ello se desprende el inicio de cuanto expongo, al insistir en el verdadero culto que profesan sus señorías cuando acorraladas se hallan por presunta podredumbre de esto o aquello otro.

Mas no se provean de entusiasmo excesivo, pues estos diosecillos gozan de sus ingenios y nunca dan puntadas sin hilo. Capaces son de amordazar a la democracia, que a fin de cuentas nada les importamos, y menos aún si sus mentiras son ciertas y sirven para promesas a modo de complacencia, es decir, simples embelecos de poca textura y nulo sustento. Después, si te he visto, no me acuerdo, porque de eso se sirven los válidos de la ‘bulocracia’ que tan buen rédito les deja. Pero vean ustedes cuánta habilidad tienen los testaferros para cambiar lo blanco por negro; crean cortinas de humo, convirtiendo lo real en imposible para llevarnos a su ilegal término. Por eso, nunca debemos infravalorar la capacidad de este Ejecutivo para tomarnos por imbéciles y repulsivos.

El fracaso en política es sinónimo de repudio; más añadiendo algo de sustancia, la corrupción viene a ser como el perejil de todas las salsas. Sabor de juicio final, que en clave política las naturalezas muertas cobran vida, sin alma, pero convertidas en farallón de la muerte a cualquier precio. Y es que, como digo, nada importamos a quienes juegan al monopolio del poder, en donde la nada es absoluta y hace las veces de cementerio. Y en ese mundo de vanidad se contempla con avidez la desgracia ajena, sin importarles la desdicha ni la pena. Honras de hipocresía y tributo en el olvido del deber, más solo queda el luto del corazón mientras las almas se abren paso entre dóciles víctimas en donde la vida cobra sentido de lo eterno.

No esperemos de tanta mugre ni un solo gesto de penitencia que no sea el rictus protocolario, que cinco minutos después huyen de la pena negra para entrar en lo descarnado de su codicia y bienestar. Nada más que eso, tratándose de nosotros, que a la postre somos el pueblo que salva al pueblo. Es la vida misma, a veces en blanco y negro y otras en color, pero no por el cristal con el cual se mire mejor, sino por los gobiernos que oprimen, que nos quitan libertad, que nos convierten en saduceos de una sola manera de pensar y a la vez nos esquilman en mala hora, convirtiéndonos en víctimas de sus propias deshonras.

¡Qué grotesco resulta todo esto!

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