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TRIBUNA

La nueva transversalidad, un alerta para todos

viernes 29 de noviembre de 2024, 20:21h

“No sé con qué armas se peleará en la tercera guerra mundial, pero la cuarta, estoy seguro, será con piedras y garrotes”

Albert Einstein

La vida es dinámica, nunca se detiene y cada día de esta contemporánea modernidad nos asombra más; a veces sin dejar de aterrarnos. Lo que favorece a unos, es regla indefectible, perjudica a otros y el conflicto está latente a la vuelta de cualquier esquina en cada rincón del mundo. Pero hay límites que el pensamiento democrático debe tener en cuenta, aunque la historia se repite y el “eterno retorno” que subrayó Schopenhauer sigue presente y renovándose con singular continuidad. Las antinomias siempre existieron y deben ser tenidas en cuenta. En el siglo diecinueve, más concretamente en la Francia de 1789, durante el inicio de la revolución francesa, para posteriormente extenderse a gran parte de los sistemas políticos del mundo, se produjo una bipolarización; es decir, un enfrentamiento entre poderes que a partir de allí se definieron como izquierdas y derechas. En cuanto a los valores de trabajo, libertad, mérito, justicia social, que por naturaleza del hombre son transversales, a pesar de que el sentido común busca conciliarlos o enfrentarlos, se muestran variables según quien los utiliza, y nunca quedan aislados de la práctica política naturalmente egoísta.

Ante el fracaso de una descalabrada izquierda, la derecha; en este caso una extrema derecha, ha resurgido tomado las riendas en varios países y hoy, en el mundo de la política, estamos ante realidades nuevas que sólo las grandes potencias, por interés propio, se empeñan en ignorar.

El próximo periodo de gobierno que aguarda a los Estados Unidos, una de las primeras potencias no es de fácil lectura. El proteccionismo y la paz ecuménicas aparecen como sus principales banderas; pero tampoco lo es aquí, en esta remota Argentina del extremo sur donde, salvando por supuesto las inconmensurables distancias que nos diferencian (sobre todo por ser nosotros un país subdesarrollado o en vías de desarrollo para usar un eufemismo menos certero), bajo el comando de un impulsivo presidente con ambiciones de liderazgo mundial, convencido de sus obsesivas ilusiones bastante ensoñadas, con un programa de ajustes financieros todavía retaceado y probablemente inviables, que viene obligando a la mayoría de los ciudadanos a resignarse ante un presente áspero en su día a día, pero con la promesa de corregir las corruptas calamidades económicas y financieras, desmontando buena parte del Estado, al que califica de caduco, definitivamente inoperante, provocador del padecimiento de los argentinos medio, que se resiste a soportar cambios en su modo de vida y rechazando una suma de agresiones autoritarias que se personalizan en el mismo capitán de la nave, que agrede gratuitamente a diestra y siniestra a dirigentes y periodistas.

Antes de apurarnos a decir que lo que se promete es una falacia por las contradicciones intrínsecas que sobrelleva, ya que anarquismo capitalismo, además de una estafa, es una ilusión inconciliable y una variante imposible teñida de superficial progresismo, que debería interpelarse (sin eufemismos) como otra fórmula de embaucar a la gente mediante una hipocresía en curso que se ha echado a rodar bajo la vieja proclama de “defensa del pueblo” mientras se profundizan los caminos para oprimirlo. Y, como todos sabemos en los tiempos que corren las auditorías morales han pasado a formar parte de un pasado irrecuperable y, lo que es peor, sin destino posible.

Empecemos por el triunfo de Donald Trump que enfrenta al mundo a un asunto de formidables e impredecibles consecuencias y de muy incierta o imposible resolución. En primer lugar porque el electo presidente norteamericano está rodeado de fanáticos e inepto como él, que con mera euforia celebran una victoria solapadamente revanchista; aunque no menos entusiastas: “Yo soy vuestra venganza”, les ha dicho Trump a sus seguidores.

Egocentrista y arrogante, como como su par argentino, con menos candidez que prepotencia, cree haber alcanzado el limbo de la historia simplemente por tener del otro lado un fracasado y decadente progresismo local (llámese Partido Republicano), insuficiente y en franca retirada que, de lo único que se culpa es de haber perdido en esas pírricas batallas un poder ilusorio. Pero para Trump, como sucedió antes con Milei, suena la hora del escarmiento y la metáfora de la motosierra de la humillación se agranda; un peligro a su vez para la paz mundial, aunque él se define como un pacifista en oposición al esquema republicano.

Otro punto imposible de no mencionar es la dignidad herida de otros protagonistas inmovilizados ante este desconcierto; aunque se trata de una cualidad todavía soñada -por eso no puede cuantificarse-, deja ver que es una ofensa física y moral que no resuelven las opciones electorales, porque más allá del marketing de cualquier corporación política que la contiene sin interesarle demasiado la verdad continúa apostando a una moneda que está en el aire.

En idéntico sendero nadie ignora que el padecimiento social es siempre consecuencia de la desproporción entre la riqueza de sectores cada vez más concentrados y la pobreza relativa de las clases asalariadas. Entre esas enormidades es una ínfima riqueza lo que queda para repartir entre la mayoría. Según estadísticas, los dueños de apenas un 1 por ciento, se apropian de lo que correspondería al 99; lo cual significa un fracaso distributivo legitimado por la democracia ante un sistema económico para nada equitativo. Esa extendida humillación polarizada se distrae ahora con adicción a la tecnología, los trabajos precarios y el consumo basura, que se difunde por a lo largo y a lo ancho del Planeta. Así, hasta que llega la hora de votar con la ilusión vana de cambiar las cosas.

Para los próximos cuatro años, en los Estados Unidos y en la Argentina, ambos países con la dignidad maltrecha, se resignan a gobernantes mediocres que desde lo económico y financiero prometen sanarla aún a costa del exterminio de la salud y la cultura; el caso argentino desmontando el Estado para que el capital privado restablezca el equilibrio perdido. Por consiguiente, los progresismos de estas dos orillas del Océano debería interpelarse acerca de su propia forma de engañar, asumiendo la hipocresía de la corrección política, que proclama defender al pueblo mientras se lo oprime con programas distributivos inviables. Quizá se necesite una auditoría moral para enderezar este insuficiente destino; pero eso, quién no lo sabes, es una utopía.

Hay una moneda en el aire que nos inquieta a todos y nadie imagina dónde habrá de caer. En fin, la dura realidad de un mundo moderno que no revela qué forma adoptará aunque se lo ve agotado o, más concretamente escéptico y cada día más sometido a falsos profetas. Mientras tanto hay dos cruentas guerras en curso que penden sobre nuestras cabezas y nos aterran aunque lo disimulemos con festejos deportivos.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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