País plural este de España, si tan sólo nos limitamos a los iberos, primeros pobladores de la península ibérica, se distribuyeron en cuarenta pueblos, casi siempre a trancazos entre sí, tanto que les salían ampollas con solo mirarse: indicetes (Ampurdán), ceretanos (Cerdeña), berguistanos (Berga), ausetanos (Ausonia, Vich), Layetanos (Barcelona a Gerona), cosetanos (Tarragona), Laceranos (La Segarra, hasta Urgel), ilergetes (Léridaa), ilercaones (Tortosa), edetanos (de Zaragoza hasta Valencia), vascones (desde el Moncayo hasta el Pirineo), várdulos (Guipuzcoa), carietes (idem), berones (Álava), autrigones (Vizcaya), cántabros (Santander y su montaña), astures (Asturias hasta Zamora, Astorga), galaicos (Galicia y Portugal hasta el Duero), vácceos (Palencia), arévacos (norte del Guadarrama), oretanos (entre el Tajo y el Guadiana, Toledo), verotes (Salamanca, cordillera carpetovetónica), lusitanos (desde Cáceres hasta Lisboa), betures (Badajoz), celtas (Évora y Bejar), cynetes o cuneos (Algarbe), turdetanos (Sevilla), túrdulos (Córdoba hasta Granada), bástulos (Málaga hasta Almería), mentesanes (Jaén), astetanos (de Almería a Murcia), contestanos (desde Cartagena hasta Alicante), celtíberos ( Montes Ibéricos) subdivididos en lobetanos y dittanos (Júcar), belos (Tajo), lusones (Calatayud), pelendones (Numancia), turmógides (Burgos).
Con la lista de treinta y cuatro reyes visigodos también tuvimos que apechugar los niños de mi generación, amén de la imponente secuencia de walíes o emires, desde el moro Muza (712) hasta Abdalá (887), diez califas de Córdoba y reinos de Taifas (1031). Reyes los hemos tenido por racimos desde don Pelayo y Favila hasta el rey Felipe IV y lo que siga, si es que sigue, cada uno de ellos grandes patriotas, pues “el patriotismo es el amor racional a la patria; así entendido, es una virtud y un deber comprendido en el cuarto precepto del Decálogo”, de ahí el “por Dios, por la Patria y el Rey”.
Parece que la gente se identifica con sus rectores, e incluso se mata por ellos pese a sus desengaños permanentes, a la vista de lo cual me pregunto desorientado: ¿por qué aplaudir a Ticio o a Cayo si ambos dicen lo mismo? Aplaudiosear se ha vuelto torero, se aplaude en las iglesias sacando en andas al vitoreado, se aplaude en los actos académicos con palmada floja (en los países nórdicos con los nudillos sobre la mesa, olé tu alegría), y se aplaude/pita a un mismo tiempo. Creo ser algo experto en identificar la compleja relación entre carraspeos que anteceden a aplausos, y aplausos que preceden a los carraspeos, y hasta contados tengo los pliegues de las vestiduras y la arquitectura de las manos que los émulos de Demóstenes y de Cicerón, maestros en el arte de oratoria, han exhibido en sus manieristas retóricas con que llenan teatros, plazas de toros y estadios desplazándose en jets privados, enriqueciéndose como Creso, máquinas que enrojecen y trepidan sin moverse del suelo al que dejan sembrado de desmayados.
Pese a tantos ofertósofos, los sufrimientos del pueblo siguen siendo más numerosos que el número de las estrellas: “¿cómo puede ser que tantos hombres, tantos burgos, tantas ciudades, tantas naciones soporten alguna vez un tirano que no tiene otro poder que el que ellos le dan. Ver a un millón de hombres miserablemente con el cuello bajo el yugo, no obligados por una fuerza mayor, sino encantados y fascinados por el mero nombre de uno, del que no deben ni temer su poder, pues está solo, ni amar sus cualidades, pues es con ellos inhumano y salvaje”.
Si no me creen a mí, escuchen por favor a Miguel Delibes, de cuya bonhomía pocos dudan: “al promulgarse la ley de Fraga, un periodista me preguntó si la consideraba un avance, mi respuesta fue de pata de banco: ‘antes te obligaban a escribir lo que no sentías, ahora se conforman con prohibirte que escribas lo que sientes; algo hemos ganado’. El mensaje censorio de aquella primera etapa de la postguerra civil fue tan meticuloso que cuesta trabajo imaginar un aparato inquisitorial más coactivo, cerrado y maquiavélico. De la Delegación Nacional de Prensa llegaban a diario consignas no sólo de lo que era ineludible publicar, sino también a la forma en que debería hacerse y a lo que de ninguna manera debería ser publicado. La Delegación no sólo determinaba los temas que debería comentarse en editoriales o artículos firmados, sino cuántos habían de ser éstos y cuántos aquéllos, así como su disposición en el periódico (plana, columna, etc). En el año 43 se ordena: ‘este periódico publicará en los próximos quince días nueve artículos firmados por sus mejores colaboradores, en la primera plana, comentando el discurso pronunciado por S.E. el Jefe del Estado el día 1º de octubre ante el Consejo Nacional. El discurso quedará dividido para estos fines en diversos apartados que se detallan a continuación, debiendo ajustarse cada articulista al tema correspondiente y con sujeción a la orientación fundamental dada por el Generalísimo. Deberá comentarse el sentido del discurso con referencias e ilustraciones adecuadas al tema, eligiendo las frases fundamentales pero si agobiar el artículo con numerosas o largas transcripciones del propio discurso. Que el comentario tenga aire original y que no se limite a subrayar frases con tono de compromiso periodístico. Ante un discurso del señor Girón de diciembre de 1941, la Vicesecretaría de Educación Popular hace saber: que la inserción del discurso es, por supuesto, obligatoria pero ha de publicarse en negrita o cursiva y con distintos titulillos. Puede empezar el discurso en primera plana, a cuatro columnas por los menos, para pasa la información a otra cualquiera de las páginas del periódico. Publíquese también la fotografía… Ante la posible contingencia del fallecimiento de don José Ortega y Gasset, y en el supuesto de que así ocurra, ese diario dará la noticia con una titulación máxima de dos columnas y la inclusión si se quiere de un solo artículo encomiástico, sin olvidar en él los errores religiosos y políticos del mismo y, en todo caso, eliminando siempre la denominación de ‘maestro’” .
Estos chistes que relata el propio Delibes sólo pueden tragarse con mucho humor. Un español regresa a España y charla con un familiar. “¿Y por aquí cómo estáis?”, pregunta. “No nos podemos quejar”, le responde. “Entonces, bien ¿no?”, dice. “No, no: que no nos podemos quejar”. -¿Cómo llaman a la carretera de El Pardo? -La feria. -¿Por qué? -Porque al final está el tiovivo. -Buen día, vengo a Juancarlear esta carta. -¿Cómo que Juancarlear?, le responde el empleado. -Querrá decir “franquear”. -Ya me parecía a mí que las cosas no iban a cambiar tanto como esperábamos…
Algunos conservan pese a todo la dignidad, como este premio nobel de literatura de 1915, que murió el año en que yo nací: “trabajamos por la humanidad entera. No conocemos nacionalidades. Conocemos una nación universal, y es la nación de la gente que sufre, lucha y cae para levantarse otra vez, regando con su propia sangre y sudor ese tortuoso camino. Luchamos por la unión de todos los hombres, y por eso levantamos sobre esas horribles batallas la alianza, ¡el Pensamiento perenne, firme, siempre eterno!”.