En Introducción a la China actual, Mario Esteban Rodríguez y Rafael Martín Rodríguez nos ofrecen una obra tan oportuna como sobresaliente desde el punto de vista del rigor científico, en la que abordan el pasado, presente y futuro del gigante asiático. La estructura en cuatro capítulos más un quinto relativo a posibles escenarios, resulta muy adecuada ya que ordena de manera precisa el contenido. Asimismo, el lector hallará abundantes fuentes primarias y secundarias que certifican el conocimiento por parte de los autores del complejo objeto de estudio encarado.
Sin caer ni en filias, ni en fobias, Esteban Rodríguez y Martín Rodríguez rechazan las numerosas imágenes estereotipadas que en la actualidad se multiplican cuando se analiza a China. Así, es recurrente que, aquellos países con los que mantiene una competencia cerrada asocien a China con un “dragón agresivo”. Una imagen errónea, como también lo es aquella que propone Pekín de sí mismo, identificándose con un “oso panda benigno” y haciendo una lectura positiva de su pasado imperial.
Con todo ello, lo que no admite duda es el cambio profundo que ha experimentado en los últimos años China, amenazando la hegemonía global de Estados Unidos. En este sentido, son muchas las voces que se han alzado indicando que ese protagonismo puede derivar en un orden internacional más injusto. Sin embargo, esta postura choca frontalmente con la sustentada por el Sur Global que ve en el modelo político y económico chino un espejo en el que mirarse.
¿Qué factores han posibilitado el ascenso de China? En este aspecto, los autores señalan una serie de ideas fuerzas que diseccionan con extensión a lo largo de la obra. Así, sobresale la creencia general, compartida por élites políticas y sociedad civil, que considera que la estabilidad supone el prerrequisito para el avance del país, una máxima que el PCCh ha instrumentalizado, dando como resultado un paternalismo tangible.
China muestra preferencia por la seguridad física y económica en detrimento de las libertades civiles. Además, destacan otros elementos, como la prioridad de lo colectivo frente a lo individual o la importancia de la familia y de la educación: “En este marco las autoridades justifican la limitación de ciertas libertades y derechos para sostener un orden social armónico, pues la libertad individual completa se traduce en violencia social” (p. 27).
Un elemento a destacar de la obra que tenemos entre manos radica en la excelente explicación, siguiendo un criterio cronológico, de la evolución de la política internacional de China tras 1949. Así, inicialmente se acercó a la URSS, con quien compartía ideología. No obstante, conforme avanzó la década de los 50, el distanciamiento con Moscú aumentó, poniendo en marcha Mao una política exterior más beligerante (teoría de los tres mundos), con la que impugnaba el orden bipolar de la guerra fría. En los 70s se produjo el acercamiento a Estados Unidos, camino en el que profundizó Deng Xiaoping guiado esencialmente por imperativos comerciales.
Con la desaparición del mundo bipolar, China quedó como el único bastión comunista del mundo, adoptando un perfil bajo en las relaciones internacionales, siguiendo los parámetros de la estrategia de los 24 caracteres trazada por Deng Xiaoping. Con todo ello, lo fundamental es que priorizó el escenario doméstico, consciente de las carencias que en el mismo existían, bajo un gobierno fuerte y centralizado como base para afrontar las presiones externas de tipo imperialista y los movimientos separatistas internos.
Los progresos han sido tangibles, de tal manera que, en los últimos 40 años, 800 millones de ciudadanos chinos han salido de la pobreza, observándose igualmente un mayor acceso a la educación y un incremento de la esperanza de vida. Con todo ello, esta afirmación es compatible, como subrayan los autores, con la existencia de una serie de retos a los que las autoridades deben respuesta eficaz en el corto plazo (la situación laboral de los jóvenes graduados, la poca presencia de la mujer en puestos directivos, la brecha económica que hay entre diferentes regiones o los déficits de protección social).
Asimismo, los cambios también se han sentido en sus relaciones exteriores. En este ámbito cobra trascendencia propia la figura de Xi Jinping y su apuesta por un mayor liderazgo internacional, desplegando para tal finalidad una nueva diplomacia que ha permitido al país pasar “de un paria internacional tras el aplastamiento del movimiento estudiantil de Tiananmen y el desmoronamiento del bloque soviético al segundo país más poderoso del planeta, solo por detrás de Estados Unidos” (p.160). En todo este entramado, la joya de la corona sería la “Nueva Ruta de la Seda”.
En definitiva, una obra de obligada consulta para quienes se dedican a las relaciones internacionales. Mario Esteban y Rafael Martín radiografían y explican con precisión la naturaleza del régimen chino, relacionando de manera óptima el escenario interno y externo, para de este modo trazar escenarios actuales con proyección hacia el largo plazo.