El injusto descrédito del realismo español en Literatura tiene su principal fuente en la ignorancia, y luego, en confundir el realismo con el costumbrismo chato, que nunca ha sido realista. No podemos olvidar que el realismo responde al supuesto – enunciado ya en la Poética, de Aristóteles – de que la obra de arte es el resultado de una imitación/mímêsis de la naturaleza/phýsis, y que los autores franceses lo definieron como el espejo narrativo que recoge las parcelas pungentes de la sociedad contemporánea. Esto es, si la realidad es delirante y el mundo está lleno de absurdos, y el escritor es un buen espejo narrativo imparcial, en su obra cabrían los delirios, los absurdos y los hircocervos. El placer de las imaginaciones inverosímiles se funda a menudo en realidades más verdaderas que el placer por lo verosímil en un discurso sin anacolutos. La verosimilitud no suele ser real.
El primer gran representante del “realismo” español es probablemente Pedro Antonio de Alarcón ( 1833-1891 ), “una naturaleza problemática”, según su propio paisano Ángel Ganivet; lo que hace que su obra sea una ventana abierta a una realidad mirada desde unos ojos incoherentes, con obsesiones problemáticas, con manías y con delirios caballerescos. Las manías ideológicas y morales hicieron, por ejemplo, que su preciosa novelita, El Escándalo, quizás la novela española con más sutileza moral del siglo XIX, todo un tratado de teodicea, fuera corregida obsesivamente en cada nueva edición en un afán de intensificar así los acentos de una antropodicea penetrada por la teodicea. Hombre de talento teatral y escenográfico, Alarcón incorpora a su universo narrativo muchos elementos propios del texto dramático, como la repentización brillante de lo no previsto. El don de saber contar una historia, con un increíble y sabio juego de sujetos diegéticos/metadiegéticos, homodiegéticos/heterodiegéticos, y de saber dosificar, con las técnicas adecuadas, los ritmos de la narración, reservarán siempre para Alarcón un lugar inmortal en la Literatura española. Su visión de la vida conservadora, muy conservadora, lo ha apartado de la lectura escolar y universitaria en las épocas en que a los españoles nos toca ir de progres, y, en las otras, en las oscurísimas épocas retrógradas, como durante el malfamado franquismo, lo admirábamos y leíamos mucho. Estaba presente su novelaría en la popular colección “libro rtv”, por cinco duros el ejemplar, y, antes, nuestro gran cine de los años 40 y 50, representó bastantes cuentos y relatos cortos alarconianos; nada realistas, por cierto. Tenemos incluso muchas citas de él, de índole católico-moral, que han sido incorporadas a movimientos de la iglesia católica, como el propio Opus Dei.
Pues bien, de entre la novelería de Alarcón, hoy podríamos destacar, por su actualidad, la citada El Escándalo, en la que una historia oficial falsa del Estado es la espoleta que produce el desencadenamiento de una tragedia con un enorme trasfondo de dilemas morales. El padre del protagonista, general Fernández de Lara, habiendo sido un héroe de verdad en las estrictas esferas del valor y del patriotismo, lo convirtió la “historia oficial” en un redomado traidor enterrado en una hopa de ignominia. Ahora bien, la traición no tiene tamaño, y tan traidor es el adúltero como el que vende todo un ejército, el que entrega una casa como el que entrega una ciudad. La familia no es menos respetable que la patria, y en este sentido Fabián Conde, el protagonista, tiene que reconocer que si su padre no fue nunca traidor a la patria ni a su gobierno legítimo, sí lo fue a su mujer y madre de Fabián, y que la rehabilitación del título de conde y demás honores sólo le supusieron dinero y vanidad, pero no la restauración de un padre probo. Siempre podemos pensar que el Estado, el dios en la tierra, si nos castiga, nos mata o nos mete en la cárcel por error, nos purifica también de otros pecados. Por algo siempre se ha querido ver como una especie de representante de Dios. Podemos no ser culpables de lo que se nos acusa un día, pero sí lo somos de otros pecados en que no hemos sido pillados. Dios también puede castigarnos por el mal que hicimos cuando somos inocentes de lo que los hombres nos acusan y castigan.
La novela tiene una delicada y minuciosa estructura, como de reloj suizo. El narrador omnisciente sólo existe en el primer capítulo, en el que el protagonista, Fabián, actúa pero no cuenta nada. Cuando llega a la celda del padre jesuita Manrique comienza a narrar la historia en una confesión que durará toda la noche sin rastro del primer narrador. En realidad, hay una gran originalidad en el sentido novelesco de este buen discípulo de Loyola ( previamente, ya en el primer capítulo, el narrador nos ha informado de que los jesuitas estaban todavía expulsados de España ): el padre Manrique, ente el que se confiesa Fabián, que pierde simpatía en tanto la novela avanza, representa la conciencia moral del propio lector, que va enjuiciando la moralidad de los actos de Fabián antes de que sean calificados, confirmando nuestros barruntos morales, por el viejo jesuita, un carácter perfectamente construido. Poco después aparece el personaje de Gutiérrez, quien a su vez inicia otra historia que nos presenta otros personajes, y cuando termina la historia de Gutiérrez, recomienza la historia que Fabián cuenta a su confesor, e introduce a dos personajes fundamentales en la novela, Diego y Lázaro, quienes por distintas razones les ocurre lo mismo que a Fabián: sus orígenes están vinculados a un misterio y a una deshonra. La amistad de estos tres personajes es muy compleja, y ellos mismos son de un interés psicológico tan grande que nos parece una obra dostoyevskiana por la impecable construcción psicológica de los mismos. Un trío de amigos que se idolatran y a la vez tienen rencores formidables entre sí. Psicológicamente hablando, si Diego domina y da combustible a sus pasiones a Fabián, el protagonista, que es todo un punto filipino de cuidado, Lázaro domina a los dos por su integridad moral. Como verdadero hijo de su padre – “a quien a los suyos sale a nadie yerra” -, la vida hipócrita de Fabián nos subleva; no para de mentir, de satisfacer su baja voracidad, y hacer el mal a quienes le quieren de verdad. Sus enredos egoístas tanto con Matilde – su sincera amante – como con la sobrina de ésta, la adolescente Gabriela – la virgen buena y prudente – nos los describen como un verdadero malvado, como un pozo de egocentrismo.
- Tú nos has matado a las dos – le dirá con razón la pecadora Matilde, pero mucho más noble que el conde lujurioso.
La epistolografía también está muy presente en la estructura novelística, como forma de construir y subrayar los caracteres y su evolución. Cartas de Gabriela, Diego, Fabián, la víbora encizañadora Gregoria…Eran los tiempos en que Dostoyevski escribía Pobres Gentes, y las obras epistolográficas de Madame de Sévigné, Diderot, Choderlos de Laclos o Horace Walpole eran todo un gran referente literario.
El problema ético que se desarrolla en esta gran novela hará imperecedera esta obra. Estriba en que muchos de los denuestos que dice Diego a su amigo/enemigo Fabián son ciertos a los ojos materiales, pero mentiras a los ojos del espíritu. Diríase que es justa aquí la injusticia. Gregoria es la clave de bóveda de todo este intríngulis moral. Puede ser, por una parte, instrumento del diablo, vestida de virtud, para aplicar un terrible castigo al mejor amigo de su marido, Fabián, porque se encuentra arrepentido en sincera resipiscencia de sus muchos pecados, pero también esta vana cursi ( toda cursilería proviene de la malignidad ) es instrumento de Dios para que sufra el justo castigo en la tierra y se purifique. Quizás Gregoria sea el personaje mejor construido de la novela, un carácter decididamente teatral que evolucionará en nuestros días, en el teatro de vanguardia, en las madres cenagosas del gran Francisco Nieva.
En definitiva, nos encontramos ante una gran novela que esconde una sabiduría moral que quizás ya sea ininteligible en nuestra época, pero que apelará siempre a aquellas conciencias rectas que toman en serio las consecuencias graves y eternas del obrar mal.