Irène Némirovsky amó la normalidad, el mismo estar en el mundo que hoy parece incomodar al movimiento más somnoliento que haya pergeñado la humanidad, el wok. Némirovsky quería dos cosas en su vida: pasar los días tranquila, junto con su familia, y seguir escribiendo nuevos libros, que era su pasión. Pero al ser humano le arde la serenidad entre nuestras manos. Somos como esos monos pesados de Gibraltar o de India, que al menor descuido roban de las mochilas de los amables visitantes o chillan, agresivos y territoriales, al perro que acompaña al humano sólo porque es pequeño y pueden aspirar a agredirlo. El lector conoce muy bien, seguramente, la suerte de Francia y de los franceses entre 1940 y 1944. La de Némirovsky terminó en un campo de exterminio nazi en 1942, aterida por el tifus y la tristeza de ver a su mundo caer.
Es posible afirmar hoy que Némirovsky amó la vida anodina, normal y, para ciertas gentes, vulgar gracias a su correspondencia. El corpus de sus intercambios epistolares no fue pensado para ser leído por las masas. La autora de origen ucraniano –aunque de lengua francesa desde su infancia– escribió con la sincera confianza de quien sólo aguarda una respuesta a líneas a menudo apresuradas. Por eso es tan enriquecedora la lectura de las cartas de la autora de novelas como David Golder (1929), la obra que le llevó a la fama, o la inacabada Suite francesa. Porque quien escribe sin esperar nada a cambio recibe, si es que le llega algún día cierta atención popular, el mérito que su honestidad bien merece.
En Cartas de una vida, Salamandra ha publicado una amplia recopilación de la correspondencia de la autora franco-ucraniana y en torno a su figura. En este trabajo se han organizado las cartas de Némirovsky en cinco partes: “Despreocupación (1913-1925)”, “Fama (1929-1939)”, “Incertidumbre (1939-1941)”, “Angustia (1941-1942)” y “Pesadilla (1942-1945)”. Esta división me parece sumamente acertada. Némirovsky conoció desde su niñez lo que era huir. Huyó a Finlandia hasta llegar, después, a Francia, cuando su familia sufrió la persecución bolchevique. En Francia estudió, se enamoró y se casó; fundó su familia, tuvo dos hijas, su carrera literaria parecía imparable. Hasta que llegaron la guerra y el ejército alemán, el desastre de Dunkerque, la improvisada entrada triunfal de un destacamento de avanzada nazi al encontrarse, para su sorpresa, a la ciudad de París completamente desprotegida.
La rendición final de la República Francesa, con un único acierto: hacerlo antes de que los alemanes tomasen el control de todo el país para negociar un estado títere, la Francia de Vichy, donde entre sus infinitas oscuridades también hubo lugar para la luz, como los aduaneros franceses que facilitaban la fuga de judíos en la estación aragonesa de Canfranc con la elogiosa complicidad de los españoles. Cuando los nazis se dieron cuenta de esta eventualidad, la Gestapo tomó el control de la mitad francesa de la estación.
Volviendo a Némirovsky, su correspondencia refleja muy bien sus inquietudes, aspiraciones y su vida cotidiana. Hasta 1939, la vida de la autora fue en creciente florecimiento. Entre ellas, pueden encontrarse cartas con su gran editor, Bernard Grasset, con el reconocido escritor Gaston Chérau, con otras personalidades de la época, pero también con el Estado por cuestiones de tributos, asuntos domésticos, cartas entre amistades y un largo etcétera. La correspondencia de Némirovsky rebosa de una cotidianeidad atemporal. ¿Cómo no reconocerse en las negociaciones pecuniarias y de contratos con editoriales o ante un gesto tan habitual entre los juntaletras como supone reclamar un par de números o ejemplares de la revista en la que han salido publicados nuestros textos?
Cada periodo recogido en este libro muestra la evolución tanto de las circunstancias del país como de las condiciones de vida de la autora hasta su detención y deportación definitivas en 1942. Sigue habiendo correspondencia hasta 1945, pero ya sobre los asuntos concernientes a la escritora francesa. De todos los fragmentos que podría señalar me han parecido reseñables, por su ternura, un poema que le dirigieron sus dos hijas, Denise y Élisabeth, desde su refugio en la pequeña localidad de Issy-l’Évêque, en 1941, por su cumpleaños: «Querida mamá, te adoramos,/ y en este tu hermoso día/ querríamos hacerte don/ del botín que Salomón/ juntó en sus regias conquistas.// Por desgracia, en este momento/ el corazón es rico y el dinero escaso./ En lugar de esos valiosos regalos/ recibe, pues, mamá querida,/ un presente aún más raro:/ ¡los dulces besos de tus hijas!».
De la familia de Irène Némirovsky únicamente sobrevivieron sus dos hijas gracias a la complicidad y a la piedad de amistades y vecinos. Ambas mujeres fueron las encargadas de custodiar la obra de la autora, que ahora comienza a estudiarse con creciente celo, distinguida con la mención Mort pour la France. Pero ya saben ustedes que los reconocimientos póstumos, cuando han implicado un sacrificio a manos de la crueldad, se los lleva el viento. Cartas de una vida nos recuerda la fragilidad de la existencia y la estupidez del ser humano, sembrando diferencias, creando ridículos conflictos y, finalmente, atentando contra sus iguales. La edición, preciosa y preciada, corre a cuenta de Olivier Philipponnat, con traducción de José Antonio Soriano. Les invito a adentrarse en esta joya.